18 julio 2006

18 de julio: 1936-2006

Hoy hace 70 años que los sectores más retrógrados de la sociedad española, liderados por un grupo de generales golpistas, se alzaron en armas contra el gobierno legal y democrático de II República Española, desencadenando una guerra civil. Mucho se escribirá estos días sobre ese aniversario; pero sin menoscabo de todas las opiniones y consideraciones, quizá sea conveniente reproducir un texto suscrito por un colectivo de personas que sufrieron en sus carnes las consecuencias inmediatas de aquel golpe de Estado.
Cinco meses después de haberse iniciado la insurrección, con fecha 19 de noviembre de 1936, la Alianza de Intelectuales Antifascistas, comprometida con la defensa de la legalidad constitucional republicana, lanzó el siguiente manifiesto:
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Desde Madrid, presenciando la patológica crueldad de los fascistas, no sólo enemigos nuestros sino también vuestros, queremos denunciar ante vosotros, haceros testimonio de los últimos acontecimientos, asesinatos incalificables que lleva a cabo, consecuentemente con su ideología, el enemigo.
No se trata de lamentarnos en nombre de nuestro pueblo en armas, de nuestros heroicos milicianos, de los horrores de la guerra. Nuestros combatientes, con los dientes apretados, resisten silenciosamente y, con su gesto, son ya una exigencia de responsabilidades históricas a todos aquellos que, estando obligados a mantener una conducta, la eluden ahora cobardemente.
No nos quejamos de nada cuanto ocurre en los frentes de combate; entre otras razones, porque en los frentes de combate, nuestro indudable triunfo moral dirá claramente que no era necesaria la queja. Pero queremos haceros saber, para que nuestra palabra a su vez se proclame por todos los rincones del mundo, la calidad humana que lucha a cada uno de los lados que hoy se enfrentan en España. Queremos haceros saber en qué se emplean las bombas incendiarias meticulosamente preparadas en los laboratorios alemanes.
Y os decimos: todos los días arden manzanas enteras de casas madrileñas.
Todos los días, en las colas que forman las mujeres de las barriadas obreras para coger su pan, su carbón o su leche, los expertos aviadores alemanes e italianos pueden apuntarse nuevas victorias, ya que no alcanzadas en combate con nuestros aviones heroicos, a los que rehuyen, a costa de las vidas de esas mujeres y de esos niños. De esas mujeres y de esos niños que son hoy los únicos habitantes de esas barriadas obreras, pobres, ya que todos los hombres útiles se hallan en los frentes, y que parecen constituir objetivo especial de la aviación extranjera al servicio de la traición.
Os decimos el espectáculo siniestro de las noches en llamas, cruzadas por lívidas caras de ancianos y mujeres tratando puerilmente de salvar su jergón miserable, sus amarillos retratos familiares, para tener que llevarlos bajo los arcos umbríos de las bóvedas, a la humedad entumecida y harapienta de multitudes cobijadas, hacinadas terriblemente en los sótanos.
Os hablamos de las caravanas coléricas de mujeres despeinadas que pueblan, en la madrugada madrileña, las calles y las plazas, trasladando sus pobres objetos queridos sin una queja, sin un llanto, sino con un murmullo de insulto a los traidores, con un rumor de maldición a los canallas.
Os hablamos del Palacio de Liria que fue del Duque de Alba, ayer cuidadosamente custodiado por las milicias del Partido Comunista, con sus cuadros valiosos en los sótanos, y esta noche pasada en llamas.
Os hablamos del resentido despecho del señorito que ha debido ordenar su incendio con el mismo gesto plebeyo y chabacano del tradicional mía o de nadie.
Os hablamos de la trayectoria significativa, en línea recta, de una serie de bombas que comienza unas casas más arriba del hotel Savoy y termina, dejando un hueco casual y de seguro lamento en el Museo del Prado, en la Iglesia de los Jerónimos.
Os hablamos del boquete alemán que una bomba de doscientos kilos ha dejado unos metros antes del Museo del Prado, rompiendo sus cristales. La prensa de Burgos aún habla de provocación roja: de los incendios provocados en Madrid por los rojos para utilizarlos a su favor. No importa, nadie lo cree. Nadie que no ignore, en absoluto, intencionadamente, la serena condición de nuestros heroicos milicianos que cuidadosamente ayudan a trasladar mujeres y niños con el mismo respeto cariñoso con que salvan un cuadro o un libro importante que se los encomiende, pueden creerlo.
La verdad está con nosotros y no puede ser falseada. Está con nosotros y nadie puede dudar de ella porque al margen de toda propaganda, sinceramente, de corazón a corazón, como hablan los hombres en los momentos graves, os la decimos nosotros que somos poetas, escritores, artistas, y tenemos un alto sentido de nuestro oficio que se halla por encima de la propaganda, de la mentira útil, de la mentira jesuítica. Os la decimos nosotros los poetas, escritores y artistas, antes que nada y que por serlo no estamos sino al servicio del hombre, de lo más alto y noble del hombre, por encima de los partidos y de la propaganda interesada. Creedla.
Tenéis que creer en nuestra palabra si no habéis perdido vuestro corazón. Pero no equivocaros. Tened muy en cuenta que esto, todo esto, no significa lamentación jeremíaca sino enardecido y colérico anuncio de nuestro triunfo decisivo y final. Nuestras palabras no respiran otra atmósfera que la de nuestro pueblo y, como éste, no hacemos otra cosa que dirigirnos a la conciencia, a lo más profundo de vuestras conciencias, hombres honrados del mundo, para que vuestra airada protesta palpite en vuestro corazón con la misma fuerza que en el nuestro.

NOTA:
Este manifiesto fue suscrito por José Bergamín, Manuel Altolaguirre, Luis Cernuda, Miguel Prieto, Antonio Rodríguez Luna, Alberto Sánchez, Manuel Sánchez Arcas, Eugenio Imaz, Vicente Aleixandre, Miguel Hernández, Rodolfo Halfter, Bacarisse, Gabriel García Maroto, Vicente Salas Viu, Rafael Dieste, Arturo Souto, Antonio Aparicio, León Felipe, María Teresa León, Rafael Alberti, Felipe Camarero, Emilio Prados, Arturo Serrano Plaja, Antonio Machado, Ramón Menéndez Pidal, Pío del Río Hortega y Adolfo Salazar.
El texto fue publicado por primera vez en el periódico El sol.

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