23 septiembre 2006

Un relato que refleja el miedo y la resignación reinantes en Bagdad

Hace apenas una semana, un periodista iraquí de 54 años de edad cuya identidad no ha sido revelada para evitar consecuencias indeseadas, compareció en la oficina bagdadí de un periódico estadounidense y relató lo siguiente:
El otro día, domingo, estaba comprando verduras en mi querido barrio de Amariya, en la zona oeste de Bagdad, cuando oí el sonido de un AK-47 durante apenas tres segundos. Sonó cerca, pero no demasiado, así que continué con la compra.
Al girar a la derecha por la calle Munadhama, vi a un hombre tumbado en el suelo sobre un pequeño charco de sangre. No estaba muerto. La idea de parar para ayudarle o llevarle a un hospital pasó por mi cabeza, pero no me atreví.
Los coches pasaban y nadie paró. Los peatones y los dueños de las tiendas siguieron con lo que estaban haciendo, aparentando que nada había ocurrido.
No podía apartar la mirada del herido y me reproché no haberle prestado ayuda. Otras personas miraban desde lejos, tristes y compasivas, pero nada hicieron.
Fui a otra tienda y permanecí en ella unos cinco minutos, el tiempo de comprar tomates, cebollas y otros productos. Mientras tanto, el hombre se había podido incorporar y hacía señales a los conductores de los coches que pasaban. Pero ninguno paró. Entonces, apareció un Volkswagen blanco, uno de sus ocupantes salió con un arma en la mano, caminó hacia el hombre herido y le pegó tres tiros. Luego el coche blanco arrancó, dobló por una calle cercana y desapareció.
Nadie hizo nada. Nadie movió un dedo. La única reacción fue la de una mujer que estaba en la tienda de verduras, que dijo en voz baja: Que Dios le bendiga.
Volví a casa y no me atreví a contárselo a mi mujer. No quería que se asustara.
..
ENLACE al texto original, publicado en Los Ángeles times.

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