La tramitación de la ley de presupuestos del próximo año, que no ha concluido, unida a la decisión gubernamental de incrementar en un punto el impuesto sobre el valor añadido (IVA) han reavivado el debate nunca cerrado que concita la fiscalidad. Entre otros aspectos, la benigna presión fiscal que el Estado ejerce sobre las sociedades de inversión de capital variable (las sicav) ha enfrentado no sólo a izquierda y a la derecha, sino que además ha evidenciado que existen dos actitudes bien distintas a la hora de analizar ese y otros asuntos económicos: la de quienes hacen demagogia en un sentido u otro, en este caso a favor o en contra de las sicav, y la de quienes intentan racionalizar el asunto.
Las sicav constituyen uno más de los inventos diseñados por el sistema (los Estados) para evitar el apalancamiento del dinero y la deslocalización de capitales (emigración a paraísos fiscales, por ejemplo); pervesiones ambas que son legales y ampliamente practicadas, con el consiguiente daño a la economía real.
Resumiendo, el objetivo fundamental de las sicav es que las grandes fortunas inviertan, para lo que son incentivadas con un tratamiento fiscal harto beneficioso (1% sobre el rendimiento). Pero no invierten...
El texto que se reproduce en la imagen adjunta [pulsar sobre ella para ampliarla], publicado en La voz de Galicia, resume el por qué y el para qué de las sicav, así como las inhibiciones del Gobierno --tanto del actual como de los anteriores-- a la hora de ejercer el control que debiera.
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