08 febrero 2010

La crisis del Gobierno: La superficialidad se acaba pagando

Dicen que la pasada semana fue la más nefasta para los socialdemócratas desde que en el 2004 lograron regresar a La Moncloa. 
Sin duda, la acumulación de torpezas hace época: la ocurrencia de las pensiones, el proyecto de reforma laboral que nada aporta, el número de parados sobrepasa los 4 millones, la obamanía del presidente supera lo política y lo psiquiátricamente comprensible, el ataque de los especuladores en la Bolsa española…
Y según dicen, dirigentes socialistas de segundo y de tercer nivel han hecho llegar a la cúpula su deseo (o exigencia) de que el presidente reaccione para poner coto a la percepción social de que el Gobierno funciona mal o está desnortado.
Pero si se profundiza, es evidente que la semana negra del zapaterismo no es un fenómeno puntual.  
No se trata de un simple batacazo. La crisis gubernamental --pues así cabe describir la coyuntura-- es consecuencia de una cadena de decisiones en la que abundan las renuncias, que han ido a más tras la segunda victoria electoral de Rodríguez Zapatero (2008).
Ha ocurrido que durante los últimos días se ha hecho más evidente, si cabe, la superficialidad de Rodríguez Zapatero, ¡característica que algunos llegaron a presentar como una virtud!
El Ejecutivo practica el tacticismo desde hace tiempo, se vuelca en lo inmediato y, lo que es peor, se ha ido escorando más y más a la derecha, incurriendo en contradicciones graves, abonándose a recetas liberales y conservadoras y, por tanto, alimentando una tesis radicalmente lógica: Si de hacer política liberal-conservadora se trata, mejor será votar a partidos de centro-derecha o derecha. En cierto modo, ocurre que la recesión y sus efectos sociales dejan al desnudo la superficialidad. Así de simple.
Menos inteligencia, más palabrería
El líder del PSOE ha prescindido de casi todos los ingenieros (Narbona, Maragall, Cabrera, Albor, Solbes, Solana, Sevilla…) y se ha rodeado de demasiados políticos tanto o más simples que él (Aído, Corbacho, Pajín o la titular de Vivienda, que casi nadie sabe cómo se llama ni para qué sirve). Salvo cuatro adultos (con Pérez Rubalcaba al frente), la mayoría de los ministros acostumbran a asumir las ocurrencias del presidente, que cada vez son más frecuentes.
Dicen que los asesores de La Moncloa están cometiendo demasiados errores en materia de comunicación, que no saben vender lo que hace el Gobierno; pero, ¿acaso hay algo realmente sustancial que vender?...
Mucho ruido y pocas nueces
El Gobierno ha evitado hacer la necesaria reforma fiscal, pero está empeñado en forzar una reforma laboral; el Gobierno gasta vidas y medios en la guerra de Afganistán sin objetivos claros, salvo satisfacer a EE UU, pero permanece pasivo ante los atropellos que destruyen las ex colonias españolas (Sahara Occidental y Guinea Ecuatorial); o gran campaña contra el humo del tabaco, pero cobardía institucional ante el desmantelamiento del sistema público de sanidad en varias comunidades; la economía sumergida sigue al alza (ya equivale al 23 % del PIB), pero el Gobierno sigue cerrando los ojos; el sistema financiero incumple sus responsabilidades económicas, incluso con las empresas, pero Hacienda aporta ingentes fondos para corregir excesos sin imponer medidas correctoras ciertas…
La lista de entretenimientos mediáticos, de renuncias ideológicas y de políticas hechas de cara a la galería es cada vez más larga.
Si el PP fuera menos cainita y más europeo, el PSOE ya podría dar ahora por perdidas las próximas elecciones, salvo que el zapaterismo deje de sustituir al PSOE
CON ANTERIORIDAD, ahí van varios ejemplos de la cobardía política del zapaterismo:

1 comentario:

  1. Me pregunto, Félix, cuándo la izquierda europea dejará de dar bandazos, de caminar sin ton ni son por la senda de la incertidumbre. En España yo lo achaco al aburguesamiento de una generación comprometida que, quizá cansada o decepcionada, ha olvidado todos los esfuerzos de los sesenta y los setenta del pasado siglo por lograr la democracia.
    El silencio de las bases es clamoroso: ni afiliados ni simpatizantes van más allá de las charlas de solana o de café, contemplando el espectáculo como meros actores secundarios cuyo papel en la obra es irrelevante.

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