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Ucrania
fue uno de los pilares económicos de la Unión Soviética, tanto por su elevada
producción agropecuaria como por la industrial, sin olvidar su importancia
logística. El derrumbe
de la URSS no destruyó el tejido productivo del país de los cosacos, pero sí los
engranajes —también los humanos—, rompiendo un factor imprescindible en una
economía rígidamente centralizada: el verticalismo.
La falta de dirección tuvo
efectos demoledores y de la planificación se pasó a la improvisación y a las
chapuzas de corte autárquico.
La
transición al capitalismo fue traumática para los ucranianos, exceptuados los miembros de la élite soviética y sus próximos, que controlaban casi todos
los medios de producción y los recursos naturales.
No
menos del 80% de ucranianos sufrieron graves apuros y, según reconocieron más
tarde fuentes del propio gobierno, durante el quinquenio 1991-95 seis de cada diez
familias pasaron hambre. La situación fue dramática en el rural. Decenas de
miles de familias sobrevivieron
gracias a lo que cultivaban y a los animales de granja que criaban.
Para colmo,
en 1991, meses después del fin del poder soviético y recién obtenida la
independencia, Kiev liberalizó los precios en un intento de poner en valor la
producción —sobre todo la agropecuaria— y combatir la escasez de bienes de
primera necesidad.
En
principio, las consecuencias fueron negativas, el papel moneda perdió valor y
el trueque se convirtió en norma; pero poco a poco, los comercios empezaron a
recuperar el pulso y las ofertas.
Reformas conflictivas
El
siguiente problema fue la inflación, inevitable cuando hay desorden económico, agravada
además por los numerosos ex cuadros soviéticos que conservaban el poder administrativo,
legislativo o judicial, y que se dedicaron a la rapiña de partidas enteras de
bienes de consumo, factorías, fincas, licencias, concesiones...
En
1993, Ucrania batió marcas: la inflación anual acumulada ese año fue del 102%. Aunque al año siguiente la carestía se atenuó, las tensiones inflacionistas no se superaron
hasta 1996, cuando se introdujo la divisa del nuevo Estado, el grivna.
Las
reformas estructurales fueron lentas y siempre conflictivas. La oleada de
privatizaciones, al igual que en Rusia, se caracterizó por la corrupción.
Además, tanto el gobierno como la mayoría de la población temían o consideraban
suicida todo cambio. Esa actitud aplazó mil y una reformas. A la postre, diez
años después de la independencia, en el 2001, el producto interior bruto (PIB)
equivalía al 55% del alcanzado en 1991.
En el
2002 se inició la recuperación y el crecimiento fue notable gracias a las
exportaciones —lo que se debió a los ventajosos precios de su industria, que
durante el período 2002-2007 tuvo un crecimiento medio anual del 10,5 %.
El
ejercicio del 2007 se cerró con un PIB nominal que rozó los 180.000 millones de
dólares. Pero al año siguiente, pese a que empezó bien, Ucrania ya acusó apuros
derivados de la crisis financiera desatada en EE UU y en otoño se vio obligada a
solicitar un crédito al FMI, que inyectó 16.500 millones de dólares para que
Kiev cubriera gastos básicos y cumpliera las amortizaciones de su deuda, escasa
en su cuantía —apenas 20.000 millones de
dólares— pero onerosa en términos relativos.
¿Qué
fue de la bonanza de los años precedentes? Muy sencillo: la presión fiscal era
similar a la de la España franquista: ridícula, y el Estado tenía las manos
agujereadas porque había privatizado empresas y servicios a precios de saldo.
Ucrania
posee una industria poderosa: fábricas de automóviles, ferrocarriles, aviones
(los Antonov), e incluso construye naves espaciales (Ucrania posee su propio
instituto de investigación espacial y participa en programas internacionales con
la Agencia Europea del Espacio de la UE. Prueba de su eficiencia en ese campo
es que durante el último decenio ha puesto en órbita seis satélites propios,
está considerada líder mundial en tecnología de misiles y es uno de los cinco
mayores productores mundiales de estos ingenios).
Prácticamente
todas las exportaciones ucranianas se venden en la Unión Europea y en países
del antiguo bloque soviético. En cuanto a importaciones, Ucrania acusa grave dependencia
de Rusia en el capítulo energético, de donde importa todo el petróleo y el 50%
del gas.
Por
Ucrania pasa en torno al 65% del gas que Rusia envía a Europa occidental, lo
que le otorga apoyos geopolíticos para que sus rifirrafes con Moscú no
estrangulen el abastecimiento a la Comunidad.
Débil demografía
A
partir de 1990, en gran medida a causa de los efectos desencadenados por el derrumbe de
la URSS, la demografía de Ucrania se convirtió en una de las más complejas del
mundo y de las que más han afectado y todavía afectan a la propia economía.
Pero el problema no se debió a que el territorio fuera multiétnico o
multirracial (el 78% de habitantes eran de etnia ucraniana), sino a una serie de
fuertes y paradójicos movimientos migratorios.
En
los primeros años noventa, al mismo tiempo que se estrenaba la por unos
anhelada y por otros
denostada independencia, Ucrania recibió un primer aluvión de inmigrantes que
sumó, aproximadamente, 1.150.000 personas, procedentes del resto de la extinta
URSS, la mayoría rusos. La oleada remitió, pero siguieron llegando inmigrantes y
en total —según estimaciones gubernamentales— durante el período 1991-2004
arribaron al país 2,2 millones de extranjeros.
Paradójicamente,
en paralelo, entre 1993 y el 2002 —cuando más cruda era la pobreza
postsoviética— abandonaron Ucrania 2,5 millones de personas, casi todas
nacionales y algo más del 60%, mujeres.
A
fecha de hoy, 15 de cada 100 residentes en Ucrania son nacidos en el extranjero
(es el país con la cuarta tasa de inmigrantes más alta del mundo), lo que ha
cambiado radicalmente el escenario existente hasta 1991, cuando casi el 95% de
habitantes eran ciudadanos ucranianos, al margen de que un 17% de ellos fueran de origen ruso y existieran minorías tártara (ancestral pobladora de Crimea),
bielorrusa, moldava, búlgara, polaca y gitana, entre otras.
Antes
de 1991, el 64% de la población residía en zonas urbanas, en tanto que hoy es casi 6 puntos superior. Por si fuera poco, al tiempo que sufría esos fuertes
movimientos migratorios, Ucrania ha sumado otros problemas: un aumento extraordinario
de la mortalidad (la
tasa actual es de 15 muertes por mil habitantes y año, en torno a la tercera
parte de ellos varones activos), la población femenina ha disminuido gravemente
(apenas el 45% del total) y, en consecuencia, la natalidad se ha desplomado.

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