23 octubre 2011

Ucrania aún llora a "papá Estado"

Ucrania fue uno de los pilares económicos de la Unión Soviética, tanto por su elevada producción agropecuaria como por la industrial, sin olvidar su importancia logística. El derrumbe de la URSS no destruyó el tejido productivo del país de los cosacos, pero sí los engranajes —también los humanos—, rompiendo un factor imprescindible en una economía rígidamente centralizada: el verticalismo.
La falta de dirección tuvo efectos demoledores y de la planificación se pasó a la improvisación y a las chapuzas de corte autárquico.
La transición al capitalismo fue traumática para los ucranianos, exceptuados los miembros de la élite soviética y sus próximos, que controlaban casi todos los medios de producción y los recursos naturales.
No menos del 80 % de ucranianos sufrieron graves apuros y, según reconocieron más tarde fuentes del propio gobierno, durante el quinquenio 1991-95 seis de cada diez familias pasaron hambre. La situación fue dramática en el rural. Decenas de miles de familias sobrevivieron gracias a lo que cultivaban y a los animales de granja que criaban. 
Para colmo, en 1991, meses después del fin del poder soviético y recién obtenida la independencia, Kiev liberalizó los precios en un intento de poner en valor la producción —sobre todo la agropecuaria— y combatir la escasez de bienes de primera necesidad.
En principio, las consecuencias fueron negativas, el papel moneda perdió valor y el trueque se convirtió en norma; pero poco a poco, los comercios empezaron a recuperar el pulso y las ofertas.
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Reproducción facsímile de la página, publicada en
el suplemento Mercados de La voz de Galicia
Reformas conflictivas
El siguiente problema fue la inflación, inevitable cuando hay desorden económico, agravada además por los numerosos ex cuadros soviéticos que conservaban el poder administrativo, legislativo o judicial, y que se dedicaron a la rapiña de partidas enteras de bienes de consumo, factorías, fincas, licencias, concesiones...
[NOTA muy importante: con la expresión "cuadros soviéticos" no se quiere dar a entender que eran personas de etnia rusa o rusófonas. Entre los cuadros dirigentes económicos y entre los cargos públicos "soviéticos" abundaban tanto las personas de etnia rusa o rusófonas y las ucranianas o ucraniohablantes, en proporción a sus tasas demográficas. Es más, en ciertas zonas del país también había cuadros o responsables económicos bielorrusos, en el noroeste; así como húngaros, eslovacos e incluso polacos y germano-orientales, en el oeste; y moldavos, en el suroeste] 
En 1993, Ucrania batió marcas: la inflación anual acumulada en el 93 fue del 102 %. Aunque al año siguiente la carestía se atenuó, las tensiones inflacionistas no se superaron hasta 1996, cuando se introdujo la divisa del nuevo Estado, el grivna.
Las reformas estructurales fueron lentas y siempre conflictivas. La oleada de privatizaciones, al igual que en Rusia, se caracterizó por el desorden y la improvisación y, por ende, abundó la corrupción.
Además, tanto el Gobierno como la mayoría de la población temían o consideraban suicida todo cambio de las estructuras económicas y productivas. Esa actitud aplazó mil y una reformas. A la postre, diez años después de la independencia, en 2001, el producto interior bruto (PIB) equivalía al 55 % de 1990.
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2002, la recuperación
En el 2002 se inició la recuperación y el crecimiento fue notable gracias a las exportaciones —lo que se debió a los ventajosos precios de su industria, que durante el período 2002-2007 registró un crecimiento medio interanual del 10,5 %.
El ejercicio de 2007 se cerró con un PIB nominal que rozó los 180.000 millones de dólares. Pero al año siguiente, pese a que empezó bien, Ucrania ya acusó restricciones al crédito derivadas de la crisis financiera desatada en EE UU y a finales de año ya se vio obligada a solicitar ayuda al FMI, que inyectó 16.500 millones de dólares para que Kiev cubriera gastos básicos y cumpliera las amortizaciones de su deuda, escasa en su cuantía —apenas 20.000 millones de dólares—, pero onerosa en términos relativos.
¿Qué fue de la bonanza de los años precedentes? Muy sencillo: la presión fiscal era similar a la de la España franquista: ridícula, y el Estado tenía las manos agujereadas porque había privatizado empresas y servicios a precios de saldo.
Ucrania poseía una industria poderosa: fábricas de automóviles, ferrocarriles, aviones (los Antonov), e incluso construía naves espaciales (todavía hoy, Ucrania tiene su propio instituto de investigación espacial y participa en programas internacionales con la Agencia Europea del Espacio de la UE. Prueba de su eficiencia en ese campo es que durante el último decenio ha puesto en órbita seis satélites propios, está considerada líder mundial en tecnología de misiles y es uno de los cinco mayores productores de ese tipo de armas).
Prácticamente todas las exportaciones ucranianas se venden en la Unión Europea y en países del antiguo bloque soviético. En cuanto a importaciones, Ucrania acusa grave dependencia de Rusia en el capítulo energético, de donde importa todo el petróleo y el 50 % del gas.
Por Ucrania pasa en torno al 65 % del gas que Rusia envía a la franja sur Europa occidental [además de a Hungría, Eslovenia, Serbia, Bosnia, Croacia y Grecia], lo que le otorga apoyos geopolíticos en Occidente que le permiten plantar cara a Moscú, que cícilicamente amenaza con paralizar el bombeo de hidrocarburos a causa de las deudas que acumula Ucrania.
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Débil demografía
A partir de 1990 y en gran medida a causa de los efectos desencadenados por el derrumbe de la URSS, la demografía de Ucrania se convirtió en una de las más complejas del mundo y de las que más han afectado y todavía afectan a la propia economía del país. Pero el problema no se debió a que el territorio fuera multiétnico o multicultural (el 78 % de habitantes ya eran de etnia ucraniana durante la era soviética), sino a una serie de fuertes y paradójicos movimientos migratorios.
En los primeros años noventa, al mismo tiempo que se estrenaba la por unos anhelada y por otros denostada independencia, Ucrania recibió un primer aluvión de inmigrantes (aproximadamente, 1.150.000 personas) procedentes del resto de la extinta URSS, la mayoría rusos y bielorrusos. La oleada remitió, pero siguieron llegando inmigrantes y en total —según estimaciones gubernamentales— durante el período 1991-2004 arribaron al país un total de 2,2 millones de extranjeros.
Paradójicamente, en paralelo, entre 1993 y el 2002 —cuando más cruda era la pobreza postsoviética— abandonaron Ucrania 2,5 millones de personas, casi todas nacionales y lo que es más grave, algo más del 60 % eran mujeres.
A fecha de hoy, 15 de cada 100 residentes en Ucrania son nacidos en el extranjero (es el país con la cuarta tasa de inmigrantes más alta del mundo), lo que ha cambiado radicalmente el escenario existente hasta 1991, cuando casi el 95 % de habitantes eran ciudadanos ucranianos, al margen de que un 17 % de ellos fueran de origen ruso y existieran minorías tártara (ancestrales pobladores de Crimea), bielorrusa, moldava, búlgara, polaca, húngara y gitana, entre otras.
Antes de 1991, el 64 % de la población residía en zonas urbanas, en tanto que hoy esa tasa es 6 puntos superior. Por si fuera poco, al tiempo que sufría esos fuertes movimientos migratorios, Ucrania ha sumado otros problemas: un aumento extraordinario de la mortalidad (la tasa actual es de 15 muertes por 1.000 habitantes y año, en torno a la tercera parte de ellos varones adultos todavía activos), la población femenina ha disminuido gravemente (apenas alcanza el 44 % del total), lo que unido al empobrecimiento ha provocado que la natalidad se haya desplomado.

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