21 noviembre 2011

Polonia crece sin euros ni BCE

Polonia, que no se ha incorporado a la eurozona, registra un crecimiento del producto interior bruto (PIB) superior a la media de la Unión Europea (UE). La evolución del PIB es reveladora, pues ha pasado de los 327.500 millones de dólares de 2000 a los 721.300 millones de 2010. Además, la devaluación de la divisa nacional, el zloty, ha minimizado los efectos de la crisis financiera internacional, en tanto que castiga con fuerza a los países del euro.
Polonia inició el tránsito de la economía centralizada al libre mercado antes que el resto de países del bloque soviético, proceso en el que a partir de 1980 influyó sobremanera el sindicato católico Solidaridad, propiciando cambios menores pero trascendentales que, poco a poco, convirtieron Polonia en un laboratorio político y económico.
No obstante, el salto legal al modelo capitalista se inició poco antes del derrumbe de la URSS (otoño de 1989), si bien la transición polaca ya estaba socialmente en marcha, por lo que económicamente fue menos traumática para el comercio y los servicios, actividades en las que la privatización de pequeñas y medianas empresas ya se había iniciado, aunque con timidez. La polaca fue la primera economía del Este que salió de la recesión tras la desaparición del Comecon (el mercado común soviético).
De hecho, la oleada de cambios que en 1989 finiquitó el estalinismo se inició en Polonia, cayendo a renglón seguido los gobiernos de Alemania Oriental, Checoslovaquia, Hungría, Bulgaria y Rumanía, resultando que solo en este último país se vivió un cambio violento.
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Agro infravalorado
Ese complejo tránsito, que se prolongó hasta bien avanzados los noventa, dañó sobre todo al sector agropecuario debido a que la mayoría de las explotaciones eran y siguen siendo de tamaño menor (rara vez superan las 8 hectáreas), además de que —todavía hoy— la quinta parte de las fincas son de propiedad estatal y son explotadas en régimen de alquiler.
Más claro: el 90 % del terreno cultivado está dividido entre 2 millones de propietarios.
A ese condicionante se sumaron la escasa atención que el Estado prestó a la agricultura y la parca inversión privada, salvo en cultivos como el de patata, en el que fabricantes de almidón alemanes firmaron contratos garantizando la compra de cosechas enteras durante varios años. Y similar fenómeno se ha dado con la remolacha debido a que la mayoría se destina a producir azúcar.
El control que desde 1946 había ejercido el Estado sobre la producción, los precios y la distribución había privado a los campesinos de todo tipo de incentivos. En 1989, cuando cayó el régimen soviético, las herramientas y equipos merecían el calificativo de preindustriales y la productividad era ridícula.
Pese a todo, hoy el agro polaco ya destaca por sus ofertas de patata (quinto productor mundial), centeno y remolacha (primer productor europeo de ambas especies), las hortalizas y las legumbres, el lúpulo los nabos y el tabaco. A pesar de que la economía rural ha mejorado, dos tasas indican que la situación sigue siendo delicada: en el 2010 todavía dependía del agro el 13,5 % de la población activa ocupada, pero solo aportaba el 4 % del PIB.
El fenómeno más positivo del campo lo coprotagonizan las cabañas porcina y bovina, cuyas producciones de carne y leche ganan peso año tras año desde 1990; con un alza media anual del 4 % desde 2000. Además, la industria del cuero, que tiene histórico arraigo, ya es la actividad que más plusvalías genera en varias comarcas del país. Sin abandonar el campo, resulta singularmente chocante que a pesar de sus extensos bosques y de las óptimas condiciones climáticas para el aprovechamiento forestal, Polonia apenas haya desarrollado la silvicultura.
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Minería e industria
La reestructuración de las explotaciones de carbón fue tan lenta y conflictiva que hasta finales de los años noventa no empezaron a recuperar su rentabilidad, que durante el último lustro ha mejorado exponencialmente con la introducción de ingenios y tecnología punta. Polonia también posee notables reservas de azufre, cobre y plomo y en menor cuantía, de magnesita, níquel, plata, sal gema y zinc.
En la industria destacan la revitalización de la siderurgia y del sector de la energía, donde las inversiones alemanas han sido cuantiosas, sobre todo en logística (red eléctrica, oleoductos y gasoductos). En todo caso, el sector secundario ha vivido una prolongada y profunda transformación, pues antes de la Segunda Guerra Mundial la industria giraba en torno al carbón, el hierro y el acero, así como el textil y las químicas; en tanto que hoy, aunque el aprovechamiento de minerales sigue jugando un rol fundamental, destacan los abonos, las herramientas automáticas y eléctricas, la electrónica y la construcción de automóviles; amén de haber recuperado en gran medida la construcción naval, que durante el período 1955-1980 figuró entre las diez más competitivas del mundo —aunque ese poderío se debía, al igual que en Galicia, a las generosas subvenciones públicas.
El corazón de la industria polaca está en la Alta Silesia y en las áreas periurbanas de Cracovia y Varsovia. El progreso más sobresaliente se ha dado en la metalurgia del cobre, que ya compite por el liderazgo mundial con Chile. También descuella la construcción de maquinaria, que más del 60 % de su producción es destinada a la exportación.
Las reformas de los sistemas de salud, educación, pensiones y la necesaria adecuación de la propia Administración del Estado provocaron durante los años noventa un alza —a veces desorbitada— de la presión fiscal. Sin embargo, la modernización era imprescindible para hacer más eficiente la economía y el resultado fue positivo, pues las mejoras habidas —sobre todo en cuanto a equipamientos y funcionamiento— han aportado estabilidad social, lo que constituye un valor económico de primer orden.
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El zloty evita las andanadas con agilidad 
La economía polaca vive una etapa de sólido crecimiento, en especial en los servicios, la industria y la construcción, destacando la de viviendas, cuyo parque no solo era antiguo, sino que además se caracterizaba por su baja calidad.
A esa pujanza han contribuido cuatro factores: la circunstancia de que en la Administración perviva el hábito de planificar; el aumento de la inversión extranjera (aspecto este en el que destacan los capitales llegados de Alemania y EE UU); el aumento del consumo interno (con alzas anuales siempre superiores al 3 % durante la última década); y las exportaciones, que salvo en 2006 no ha dejado de crecer desde 1998.
Capítulo especial merece la política monetaria, pues el banco central polaco ha manejado con inteligencia las tasas de cambio del zloty, aplicando oportunas devaluaciones, lo que genera inevitables episodios inflacionistas, pero estos han sido breves y moderados.
La herramienta de los tipos de cambio —de la que carece España por pertenecer a la unión monetaria— explica en gran medida la bondad de las cifras macroeconómicas de Polonia, favoreciendo además las exportaciones y obligando a reducir las importaciones: miel sobre hojuelas.

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