04 diciembre 2011

Estonia y Letonia, con y sin euro

Las economías de Letonia y Estonia fueron una a partir de 1940, cuan­do ambas repúblicas --junto a Li­tuania-- fueron absorbidas por la Unión Soviética a raíz del pacto por el que Hitler y Stalin se repartieron el Este europeo.
Ambas eran econo­mías intervenidas y teledirigidas des­de Moscú y, sin embargo, una vez caí­do el régimen soviético y recuperada la independencia (Estonia en 1990 y al año siguiente Letonia) ambas eco­nomías han evolucionado de forma harto diferente.
Estonia ha sido una de las ex repúbli­cas soviéticas que más rápidamente transitó a la economía de mercado —solo superada por Polonia—; en tanto que Letonia, menos industria­lizada y con un amplio sector social profundamente rusófono y pro ruso que era reacio a romper con el pasado, acusó graves dificultades para transformar sus es­tructuras, de forma que no se acometieron cambios sustanciales hasta 1996.
En el éxito estonio influyó sobre­manera que recuperara inmediata­mente su histórica relación con Fin­landia --tanto económica como so­cial-- y que se desvinculara del rublo ruso con asombrosa rapidez, pues en 1992 ya puso en circulación su propia divisa y subastó su anquilo­sado sistema bancario, lo que pro­pició una masiva entrada de capi­tales, destacando los marcos, dóla­res, francos franceses y coronas finlandesas.
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El amigo finlandés
Estonia también se ha beneficiado de inversiones industriales extran­jeras, destacando las finlandesas y en especial las de la multinacional Nokia; lo que ha propiciado la crea­ción de un notable subsector tecno­lógico, aunque dependiente de Hel­sinki, según reconocen los propios dirigentes estonios.
Por si fuera poco, la estabilidad per­mitió la rápida liberalización de los precios, que ya era casi total en 1994. Actualmente, el Estado sólo contro­la las tarifas de la energía, los alquile­res del amplio parque de viviendas públicas heredado de la etapa sovié­tica y los precios de varios servicios básicos (telecomunicaciones, actual­mente en fase de liberalización por imperativo de la UE; el transporte y el suministro de agua potable, entre otros de menor calado). Tan eficien­te proceso ha hecho posible que el 1 de enero de este año Estonia se incor­porara a la eurozona (Estonia y Leto­nia ingresaron en la UE en 2004, aunque mal y arrastras).
De momento, la adopción del euro ha tenido efectos positivos, sobre to­do para el sistema bancario y para las cuentas públicas, amén de haberse revalorizado los activos del país. Sin embargo, en paralelo, los estonios acu­san el encarecimiento de numero­sos productos, alimentos incluidos, y se ha desatado una preocupante alegría crediticia a la que el Gobier­no trata de poner coto.
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En el ojo del huracán
Mientras la economía estonia ga­naba solidez, su vecina del sur, Le­tonia, tenía graves dificultades pa­ra reordenar su tejido productivo y sus presupuestos; motivo por el que ahora es el país de la UE más daña­do por la recesión internacional; em­bate que Estonia ha superado con nota debido a que ya había iniciado los preparativos pa­ra incorporarse al euro.
No obstante, hasta 2008 Letonia se había beneficiado de un renova­do y dinámico sector bancario, mayoritariamente en manos de en­tidades rusas, suecas y suizas. Pero se trataba de un espejismo que la de­bacle financiera hizo añicos. Tanto es así que en la primavera de 2008 los bancos extranjeros tuvieron que garantizar los depósitos de sus filia­les letonas, lo que a su vez precipitó el hundimiento del principal banco letón, Parex Banka, cuya quiebra fue evitada en el último momento (no­viembre de 2008) por la vía de la nacionalización. La situación era tan precaria que el Gobierno tuvo que recurrir al Fondo Monetario Inter­nacional (FMI) para no suspender pagos. Con el respaldo de la UE, el FMI habilitó un préstamo de 7.500 millones de euros.
Ese balón de oxígeno tenía torna: Letonia fue obligada a apli­car fuertes reducciones en el gasto público (pensiones incluidas), al tiempo que todas las empresas públicas y de rebote la mayoría de las priva­das aplicaron recortes salariales de hasta el 20 %; todo ello a fin de evi­tar que la divisa nacional, el let, se devaluara en exceso, lo que hubie­ra encarecido exponencialmente la amortización de la deuda. Prueba de la profundidad de la recesión es que en 2009 --el peor año de la crisis letona-- el PIB descendió un 17,5 % respecto a 2008.
Tras casi tres años de penurias, la austeridad empieza a dar sus frutos --a costa de generalizar la pobreza-- y este año se cerrará con las cifras ma­croeconómicas del Estado parcial­mente equilibradas. La tasa de de­sempleo, que llegó a superar ligera­mente el 23 %, empezó a descender --aunque a bajo ritmo-- a princi­pios de 2010 y también se atempe­ra la emigración, que es una grave hemorragia socio-económica.
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Demografía perversa
Más del 25 % de los ciuda­danos bálticos son de origen ruso debido a las migra­ciones forzadas por Stalin, que expatrió a decenas de miles de naturales estonios, letones y li­tuanos al tiempo que inyecta­ba pobladores procedentes del resto de la URSS a fin de rusifi­car política y económicamente las tres repúblicas. Hoy, los estonios constituyen el 71 % de la población del país y los letones el 60 % del suyo.
En Estonia los ciudadanos de origen extranjero más nume­rosos son rusos (22 %) seguidos de bielorrusos y ucranianos; en Letonia los de origen ruso suponen casi el 30 %, de la po­blación total, seguidos de bie­lorrusos, polacos y ucranianos; además, la comunidad rusa conserva elevado poder en Le­tonia, en tanto que los estonios rusófonos han perdido cohe­sión y su preeminencia.
Es más, en Estonia el rechazo e incluso el odio a lo ruso son actitudes tan generalizadas y fuertes que el Consejo de Euro­pa y la propia UE tuvieron que mediar y presionar para que la Administración dejara de apli­car medidas administrativas discriminatorias, pues llegó a im­poner «exámenes de ciudada­nía» a los rusófonos para acceder a empleos públicos.
En Letonia, rusofilias y rusofobias aparte, el problema so­cio-económico más grave es la emigración. Es el país que acu­sa la sangría demográfica más elevada del mundo: la tasa media de las sucesivas pérdidas anuales de población habidas durante el período 2000-2009 fue del 1,5 %.

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