Hungría, al igual que todos los países de la Unión Europea (UE), acusa los efectos de la crisis financiera internacional, pero con singular profundidad y con una particularidad que agrava el escenario, pues a los apuros económicos se suma la crisis socio-política que ha provocado el partido gobernante, la Unión Cívica Húngara-Fidesz (la segunda es una formación de ideología ultraliberal y catolicista que fue edificada sobre los restos de una extinta organización juvenil de ultraderecha cuyo eje central era el odio a la Unión Soviética).
La política económica del Fidesz y de su líder, Víktor Orbán, han propiciado un divorcio ciudadanos-instituciones similar al que hizo temblar la Polonia exsoviética en manos de los hermanos Jaroslaw y Lech Kaczynski.
Tensión intracomunitaria
La reforma constitucional que ejecuta Orbán, que limita derechos, recupera criterios intervencionistas y encorseta la actividad empresarial, ha motivado que Bruselas haya emplazado a Budapest a revisar sus decisiones porque, entre otras cosas, el poder ejecutivo se arroga poderes de intervención casi ilimitados sobre el banco central húngaro, lo que contraviene la Unión Económica y Monetaria y, por lo tanto, «enloda» la toma de decisiones del Consejo de Ministros de la UE, del Eurogrupo y del Banco Central Europeo (BCE).
El pasado martes (10 de enero), el ministro de Exteriores húngaro, János Martonyi, remitió una carta a Bruselas para templar gaitas, anunciando que el gabinete de Orbán está dispuesto a rectificar. Pero al margen de cómo se resuelva el contencioso, la brecha está abierta y se ha producido en un momento especialmente delicado para los húngaros. No obstante, el financiero y monetario no es el único ni el más profundo de los distanciamientos Bruselas-Budapest, pues el recorte de los derechos civiles está emponzoñando la vida social en Hungría e, inevitablemente, también la económica, campo en el que Orbán ha recuperado criterios autoritarios de corte soviético. Lo peor para la economía real de los húngaros es que el Gobierno está dificultando e incluso frustrando que Hungría reciba los apoyos y los créditos que precisa para sortear la crisis financiera.
Desde siempre y también durante el siglo XX a pesar del empeño industrializador del régimen soviético, la economía húngara ha pivotado en torno al agro, las manufacturas y el comercio. Su integración en el Imperio Austro-húngaro, su posición geoestratégica en el centro de Europa y sus feraces tierras bañadas por el Danubio han marcado su economía productiva, a lo que se añadió una natural vocación comercial y un cosmopolitismo innato.
Fruto de esa cultura socio-económica secular —abierta y proactiva—, en la década de 1950 y a pesar de la dictadura estalinista, los húngaros protagonizaron el primer intento de romper con el empobrecedor rigorismo «militarista» de Moscú. Pero en 1956 las tropas soviéticas restablecieron el «orden», también el económico.
Tras el derrumbe del Kremlin, Hungría pasó apuros para adecuar su economía a la occidental, pero se recuperó con soltura y durante los años noventa su producto interior bruto (PIB) siempre creció, al principio poco —apenas el 2% anual de media hasta 1996— y luego con fuerza, llegando a marcar alzas interanuales del 3, 4 y de hasta del 5%.
Ese éxito propició que sucesivos gobiernos pudieran centrar sus esfuerzos en acometer reformas estructurales —incluida una socialmente dolorosa reconversión industrial— y, así, ultimar su entrada en la UE, con las correspondientes adecuaciones legislativas.
Pero el éxito de esa occidentalización también propició alegrías poco razonables y cuando estalló la crisis financiera, a finales del 2007, el magiar fue uno de los primeros países del Este europeo donde los bancos «temblaron», al tiempo que la contabilidad del Estado rechinó al cerrarse el grifo del crédito, o encarecerse hasta niveles inasumibles, impidiendo rematar las reformas de los sistemas públicos de pensiones y de enseñanza. Hoy, el gran problema económico de Hungría —al margen de las ocurrencias de Orbán— es el déficit fiscal y obtener créditos.
Los singulares «on-ogur»
Hungría es uno de los territorios más singulares de Europa y el que posee una composición demográfica más homogénea, pues los magiares —tal es el nombre preciso de la etnia mayoritaria— constituyen el 98% de la población; el resto son gitanos (1,5%) y reducidas minorías balcánicas y ucraniana.
Las sucesivas dentelladas territoriales que sufrió el ámbito histórico de la nación magiar por parte de los países vecinos ha propiciado que actualmente en torno a 2 millones de húngaros sean ciudadanos de Austria, Croacia, Ucrania y, sobre todo, de Serbia, en cuyo provincia más norteña, la de Vojvodina, el húngaro es idioma cooficial junto al serbio.
La cultura magiar, según revelan recientes estudios, es una de las más antiguas de Eurasia, habiéndose hallado una tablilla grabada con signos «magyar nyelv» (antiguo húngaro), en el extremo occidental del Asia central y que los expertos datan tres siglos antes de Cristo.
De origen túrquico según la tesis más reciente, los «on-ogur» (raíz etimológica de los actuales gentilicio y topónimo) iniciaron su migración hacia el Oeste, primero a las «pampas» del Volga, en el siglo V y a partir del VII fueron reuniéndose y afincándose en las llanuras del Danubio central y su afluente Tisza. Desde entonces, el pueblo magiar ha conservado su acervo cultural, aunque con influencias sucesivas, desde la Roma clásica hasta la Viena imperial. Esa singular cohesión —que es excepcional en Europa— ayuda a comprender muchas de las actitudes y valores de la sociedad húngara, también su economía, impregnada de ruralismo a la vez que de un comercial cosmopolitismo.

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