05 febrero 2012

México: El petróleo viste de seda la miseria

México es la tercera potencia de América por el volumen de producto interior bruto (PIB) en paridad de poder adquisitivo, solo superada por EE UU y Brasil, y la oncena del mundo, dos puestos por encima de España, según datos correspondientes al 2010. Sin embargo, esa impresionante tarjeta de visita, siendo cierta, es pura fachada.
La situación económica de México es delicada y la social rezuma conflictos, algunos ya en­quistados y si persisten, el país explotará una vez más.
Desde finales del siglo XIX, México es el país americano donde se han vivido más rebeliones y levantamientos, aunque casi todos locales o protagonizados por colectivos minoritarios, movilizaciones que acostumbran a diluirse por ensimismamiento. Para entender el hoy económico es preciso remontarse a 1994, cuando México sufrió una profunda crisis cuyo origen estuvo, básicamente, en la penuria de sus reservas internacionales (divisas); no en vano los derroches gubernamentales en inversiones sin retorno forman parte de la historia de la Administración mexicana.
El episodio fue bautizado efecto tequila debido a que tuvo efectos de ámbito internacional.
Aquella crisis, que acabó dando la vuelta al calcetín de la economía, se empezó a superar con una fuerte devaluación del peso y con va­rias reformas funcionales en las es­tructuras financiera y productiva del país; no obstante, esos cambios se caracterizaron por su rapidez, por las improvisaciones, y por la adop­ción de decisiones contradictorias que retrasaron innecesariamente la salida del pozo.
El aldabonazo de 1994 también desencadenó reformas legislativas. A la postre, el efecto tequila --que provocó que Washington presionara a su vecino del sur-- acabó con el histórico intervencionismo que caracterizaba la vida económica, social y política de México desde la década de 1910.
El fin justificaba los medios
Reproducción facsímile de la página
que edita hoy Mercados, suplemento
de economía de La voz de Galicia
Parecía mentira, pero era cierto: en el patio trasero de EE UU exis­tía un país escasamente occidentalizado en el que el Estado disponía de instrumentos legales para con­trolar todo, en una suerte de estalinismo democrático que, sin embargo, era posible y conveniente para el sistema porque el Gobierno solo ejercía su ilimitado poder pa­ra beneficiar a la élite económica o a la cúpula del Partido Revolucionario Institucional (PRI).
El PRI gobernó ininterrumpidamente durante 68 años y su derrota electoral en 1997 se debió en gran medida al impacto de la crisis del 94 y, sobre todo, al sentimiento de orfandad que caló entre numerosos cuadros de la formación y en un elevado porcentaje de los tradicionales votantes del «partido oficial», cuyas prácticas nepotistas mantenían una vasta red de apoyos y connivencias económicas con las que se contentaba a la mayoría de prescriptores de opinión de las cla­ses medias.
Durante el período 1998-2001, con el todopoderoso consorcio Petróleos Mexicanos (Pemex) al frente, la clase dirigente centró sus esfuerzos en corregir pecados y, poco a poco, se normalizó la situación.
Es más, por primera vez en la historia de la economía mexicana el Gobierno y el banco central equipararon sus prácticas presupuestarias y sus criterios macroeconómicos a los de Occidente, pues empezaron a controlar de forma constante la inflación y el déficit, a la vez que aprendían a jugar con las tasas de cambio del peso.
Asignaturas pendientes
En el 2001 la economía mexicana vivió un estancamiento puntual propiciado por las crisis de varios países latinoamericanos, pero a partir del 2002 y hasta el 2009 --año en que la crisis financiera desatada en EE UU empezó a sentirse con fuerza al sur del río Grande-- el PIB creció a buen ritmo: durante esos ocho ejercicios el alza media fue del 4 %.
No obstante, las reformas acometidas durante los noventa dejaron asignaturas pendientes, algunas ya seculares; por ejemplo, México sigue acusando carencias o deficien­cias notables en infraestructuras, salvo en las zonas turísticas, en el centro de la capital y en el de las grandes urbes; el sistema fiscal es ineficaz, tara que el Estado palía gracias a los elevados ingresos que proporciona el petróleo; las leyes laborales y las que rigen la actividad económica adolecen de clamorosos vacíos y, lo que es peor, se incumplen sistemáticamente.
No menos grave es que la brecha económica --y por tanto, también la política-- entre la clase alta, que es demográficamente exigua, y las clases bajas, que suponen la mitad de la población, se siguen incrementando; con el agravante aña­dido de que las todavía débiles clases medias mexicanas acusan desde hace tres años un inquietante proceso de proletarización; es decir: acelerada perdida del poder adquisitivo, aumento de la desafección política, pérdida de influencia en las instituciones, caída de la producción cultural y, lo que es más notorio económicamente en el corto plazo, la mayoría de la mesocracia ha renunciado al emprendimiento. Estos y otros fenómenos de menor calado contribuyen a debilitar la inteligencia económica del país.
Curiosamente, ese proceso es perceptible también en países del Occidente rico, pero en México tienen mayor impacto por los desequilibrios añadidos, como demostró el éxito de los zapatistas en el estado de Chiapas y aledaños.
Y justo en ese escenario, las sequías arrasan cosechas durante va­rios años, los alimentos de producción propia se encarecen y también los del resto del mundo, en este caso debido al desembarco de capitales especulativos en los mercados de commodities (bienes de consumo).
México es, pues, una potencia a la vez que una bomba.
Cinco estrellas
La actualidad económica de México tiene cinco protagonistas estelares, que desde hace ya varios años se turnan, cualquiera podría pensar que ex profeso, para acaparar primeras planas:
1. La postración del rural, que ya es generalizada (ora por la sequía ora por el abandono u otros motivos);
2. El desorden normativo e inseguridad jurídica que castiga a empresarios, asalariados y autónomos;
3. Las inhibiciones o incapacidades del Gobierno;
4. El petróleo, que aparte de ser noticia por uno u otro mo­tivo, aporta el dinero que permite al Estado ocultar o disimular mil y una miserias, y
5. Las mafias de narcotraficantes, estas por doble partida, pues constituyen el paradigma de dos lacras que minan desde hace decenios la vida social, las instituciones y también la economía mexicanas: el dinero negro y la violencia —en el 2011 México renovó el dudoso honor de ser el país con mayor tasa de muertes violentas del mundo, excluidos los países en guerra.
Así las cosas y sin cuestionar sus riquezas ni sus valores, México es la más débil de las 20 primeras potencias del mundo.
CON ANTERIORIDAD:
"Venezuela y México: Chávez y un hijoputa de los nuestros".

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