11 marzo 2012

Este año el PIB de China "sólo" crece un 7,5 %

Desde la Unión Europea (UE), cuyo Estado miembro más extenso es Francia (675.417 km2) y el más habitado, Alemania (81,5 millones de personas), es difícil tener una idea cabal de China: 9,5 millones de km2 y más de 1.300 millones de habitantes. Y todavía es más difícil analizar su realidad, máxime la económica; pues, por ejemplo, su producto interior bruto (PIB) equivale a 7.550 veces el de España; o si prefiere, 3.600 veces el de Alemania.
Pues bien, esta semana el Gran Dragón es noticia porque su Gobierno ha anunciado una «mala nueva» económica: este año el PIB «sólo» crecerá el 7,5 %; 1,7 puntos menos que en 2011 y 2,9 menos que en 2010; según precisó con cara de circunstancias el primer ministro Wen Jiabao.
Semejante «revés» puede mover a la sonrisa en la UE, donde más de la mitad de los países socios prevén descensos del PIB y en todos ellos un crecimiento del 2 % sería calificado de éxito... O gran éxito.
Para mensurar con mínima objetividad la «mala nueva» china es preciso hacer un esfuerzo y, sobre todo, prescindir del eurocentrismo que tantas veces ofusca a los ciudadanos comunitarios.
Aunque parezca exagerado, aún hoy es preciso recordar que en 1949 [año en en que se constituyó el primer gobierno de ámbito nacional y con poder real, liderado por Mao Zedong], China era un Estado virtual, tan desestructurado que ni siquiera controlaba, y mucho menos administraba, la cuarta parte del territorio; el 95 % de la actividad económica la movía el sector primario (pesca, ganadería y agricultura, que para colmo era intensiva; más los miles de pequeños y decimonónicos talleres manufactureros); la industria era testimonial (incluso en las colonias británica y lusa de Hong Kong y Macao, así como en Cantón, Pekín, Shanghái...); en la China de 1949 hablar de tasas de inversión, de infraestructuras o de canales comerciales era absurdo —esos asuntos en la Europa de posguerra estaban en todas las agendas políticas y empresariales.
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Reproducción facsímile de la página
publicada en La voz de Galicia
Pobreza enquistada
Durante las décadas de 1940, 1950 y hasta bien avanzada la de 1960, la calidad de vida —empezando por la alimentación— de más del 80 % de la población del rural dependía de las crecidas de los grandes ríos, del régimen de lluvias, de que no se pusiera enfermo ningún miembro laboralmente activo de la familia, o de que que los carros y los animales que tiraban de ellos resistieran, entre otras circunstancias —la mayoría incontrolables.
La economía cotidiana de los chinos de los años cuarenta era similar —no equivalente— a la de los españoles que vivieron los primeros años del siglo XX y en territorios remotos como el país uigur, que abarca gran parte de la provincia de Sinkiang (noroeste), la situación era incluso peor.
Resumiendo, los estudios de Naciones Unidas coinciden en que la renta media mundial per cápita y año al finalizar la década de 1940 era de 250 dólares y en China, de solo 40 —la mitad que la de India, entonces todavía colonia británica.
Ese fue el punto de partida, lo que unido a fundamentalismos de origen ideológico explica en gran medida las dificultades que el régimen maoísta tuvo que superar para poner en marcha una economía de crecimiento —no solo de supervivencia—; lo que finalmente se logró todavía en vida de Mao, que falleció en 1976.
Las reformas que provocaron el segundo nacimiento económico de China fueron impulsadas por la facción del PC que lideraban Deng Xiaoping (1904-1997) y el discreto pero tenaz presidente de la República Popular de los años sesenta, Liu Shaoqi (1898-1969).
No obstante, la racionalización económica y de los procesos de decisión que auspiciaban Deng y Liu a duras penas avanzaron en vida de Mao, quien no oponiéndose a los cambios tampoco los avaló con determinación suficiente para vencer las resistencias del ala más ortodoxa del PC, que era mayoritaria en todas las instituciones del Estado.
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El punto de no retorno
Las reformas empezaron a ganar ritmo y cierta profundidad una vez muerto el líder, pero no se abrieron paso definitivamente hasta que fue derrotada política y judicialmente la denominada Banda de los Cuatro —los esencialistas que, liderados por la viuda de Mao, se oponían a lo que calificaron de «traición ideológica», «revisionismo contrarrevolucionario», «occidentalismo» y demás latiguillos al uso.
Si hubiera que denominar hito a un hecho que marcara el punto de no retorno y supusiera la entrada definitiva en la economía del crecimiento, ese honor le corresponde muy probablemente a la disolución de las comunas agropecuarias, lo que desembocó en el arrendamiento de tierras a los campesinos y en un aumento continuado de la producción y de las rentas.
En un país de mentalidad radicalmente agraria y ruralista, con una cúpula tan revolucionaria como paradójicamente apegada a valores tradicionales —el enxebrismo chino es proverbial—, ese cambio precipitó otros menos perceptibles que —al menos en lo económico— han acabado haciendo buena la premonición que hizo Napoleón Bonaparte en los albores del siglo XIX: «Cuando China despierte, el mundo temblará».
Fue entonces, durante los últimos años setenta y primeros ochenta, con Deng Xiaoping en la cumbre de su poder social y político —curiosamente, jamás llegó a ser el número uno del régimen—, cuando fraguaron los criterios que obtuvieron el respaldo mayoritario de la nomeclatura y tan acertadamente resume la consigna Un país, dos economías (o sistemas).
No obstante, ese viaje hacia delante —aparentemente rápido y exitoso— mueve al engaño, sobre todo visto con ojos eurocentristas; pues todavía hay en torno a 600 millones de chinos —¡15 españas!— bajo el umbral de la pobreza. No hay hambre ni miseria extremas, pero sí pobreza. Por eso crecer «solo» el 7,5 % es una «mala nueva».
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Firmeza en las decisiones
Al margen de cuestiones monetarias y monetaristas (el yuan sigue jugando sucio en el mercado de divisas, según insiste EE UU alegando que Pekín evita artificialmente las fluctuaciones) y dejando también de lado el control estatal de numerosos precios (lo que facilita la labor del Gobierno y sus decisiones), el anuncio de que el PIB crecerá menos ha ido acompañado de una noticia que ha dibujado una sonrisa en los labios de casi todos los chinos: Wen Jiabao ha anunciado una subida inmediata del salario mínimo, la revisión de los emolumentos de todos los funcionarios y un alza de las pensiones; es más, Pekín ha habilitado para este año sendos aumentos de las partidas presupuestarias destinadas a educación, sanidad, vivienda y políticas sociales, alzas que van del 15 al 17 % y, por ende, con el compromiso —que ya ha sido aprobado institucionalmente— de incrementar en un 16 % las inversiones en economía productiva. ¿Era necesario contrarrestar con tanto vigor la lentificación del crecimiento? Sí, hay 600 millones de razones.
DE INTERÉS, pues contienen numerosos textos sobre China:
Casa Asia, Cidob e Igadi.

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