02 marzo 2014

Hoy hace 40 años que el Estado español dio garrote a Puig Antich

La policía y el fiscal no presentaron pruebas balísticas para avalar los cargos.
Familiares y amigos del libertario sigue luchando para que la Justicia admita su error
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Hoy hace 40 años que el Estado español empleó el garrote vil para matar a Salvador Puig Antich en cumplimiento de la pena impuesta por el tribunal de la IV Región Militar.
El 1 de marzo de 1974 fue un día largo porque el general Franco había rehusado condonar la pena de muerte a pesar de las numerosas peticiones de clemencia llegadas desde medio mundo, también desde El Vaticano. La noche que siguió fue todavía más larga.
Salvador, que tenía 25 años, esperó en la celda 443 de la Modelo de Barcelona. Veinte minutos después de las nueve de la mañana del día 2 la sentencia fue aplicada por el verdugo de la Audiencia Territorial de Madrid, enviado ex profeso a la ciudad catalana porque, según funcionarios de la Modelo, los militares rehusaron usar el garrote para cumplir la orden de matar emitida por sus magistrados.
A las 9:40 horas del 2 de marzo de 1974, un capitán médico firmó el certificado de muerte del libertario catalán.
El escenario donde el verdugo rompió el cuello a Salvador reflejaba la chapucera improvisación y la desidia que caracterizaba a numerosas autoridades de la época. El garrote había sido instalado en una de las estancias de la prisión barcelonesa destinadas a tramitar y almacenar los paquetes que los visitantes entregaban en recepción para sus parientes o amigos encarcelados.
Tan alto grado de improvisación a la hora de organizar una ejecución era en cierta medida lógico, casi inevitable, porque bien entrada la década de los años setenta entre los funcionarios de la prisión, tampoco el director ni los jefes de servicio, casi nadie consideraba posible que la dictadura arriesgara la paz interior y la escasa credibilidad exterior recurriendo otra vez a los asesinatos legales; de modo que en la Modelo, como en casi todas las demás cárceles provinciales y penales, no existían dependencias destinadas específicamente a ejecuciones. De hecho, en La Modelo ni siquiera había un protocolo o normas al respecto, ni celdas habilitadas para condenados a muerte.
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Composición titulada La esperanza del condenado a muerte,
de Joan Miró, con la que el autor 
rindió recuerdo y homenaje a
todos los ejecutados 
y en especial, a Salvador Puig Antich 
El padre de Salvador fue
condenado a muerte en 1939
Puig Antich no militó en el antifranquismo exclusivamente por convicción ideológica.
Salvador era el tercero de los seis hijos de Joaquim Puig, que durante la II República era miembro de Acció Catalana, formación nacionalista en la que convivían desde cristianos conservadores hasta personas con inclinaciones socialdemócratas o de centro-izquierda, como era el caso del periodista Antoni Rovira i Virgili, impulsor de Acció Republicana de Catalunya.
Debido a su pública pertenencia a una organización fiel a la legalidad, Joaquim se vio obligado a abandonar España en marzo de 1939, poco después de que el ejército golpista entrara en Barcelona. Solo así pudo evitar convertirse en uno de los cientos de baleados sin juicio previo con los que los golpistas celebraron durante varias semanas la toma de la ciudad condal.
Ya en Francia, Joaquim fue recluido en el campo de concentración de Argelès-sur-Mer. Sin embargo, victorioso el alzamiento y aparentemente enfundadas las armas de guerra, confió en que no sería reconocido y regresó a Barcelona.  Pero alguien "señaló" a Joaquim, que fue detenido, juzgado y condenado a muerte, aunque indultado.
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Los futuros compañeros del MIL se conocieron cursando el bachillerato 
Con 16 años Salvador tuvo que ponerse a trabajar para seguir estudiando y finalizar el bachillerato superior y el preuniversitario, cursos que realizó en horario nocturno en el Instituto Joan Maragall, donde trabó amistad con Xavier Garriga Pautuví y los hermanos Ignasi y Oriol Solé Sugranyes. Los cuatro amigos acabaron integrándose en el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL).
El Mayo francés, el proceso de Burgos, la represión contra las reivindicaciones laborales (singularmente salvajes en ciudades como Barcelona), entre otros hechos y circunstancias, tuvieron profundo eco en ciertos ámbitos de la sociedad española y propiciaron que a finales de los años sesenta y primeros setenta decenas de jóvenes barceloneses, entre ellos Salvador, se organizaran [nos organizáramos] y se comprometieran con las formaciones clandestinas de la izquierda, en organizaciones de barrio, de centros de enseñanza o de empresa, y en algunos casos se auto-organizaban, como fue el caso del MIL y otros grupos libertarios.
La primera organización con la que colaboró Salvador fue CC OO, formando parte de la comisión obrera de estudiantes del instituto en el que estudió el bachillerato superior. Con el paso del tiempo, la influencia de sus amigos más cercanos y su natural antiautoritarismo inclinaron la balanza a favor de las posiciones libertarias y ya en la universidad (cursó Económicas) Salvador se incorporó al MIL.
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Jamás pusieron bombas, ni ejecutaron atentados
El MIL ejecutó acciones armadas, pero sus criterios y praxis eran distintos de ETA o el Frente Revolucionario Antifascista y Patriótico (FRAP).
El MIL jamás puso una bomba ni atentó contra policías, guardias civiles ni militares.
El MIL solo utilizó las armas para la autodefensa o para asaltar oficinas bancarias a fin de disponer de dinero para financiar sus actividades políticas o socorrer a represaliados y a sus familiares.
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[En este punto conviene recordar que con motivo de la lucha contra la dictadura, ningún militante del MIL ni de otras organizaciones antifranquistas armadas o no armadas hizo fortuna, todo lo contrario.
Tampoco hubo dirigentes, con o sin armas de por medio, que engordaran sus cuentas corrientes o escondieran dinero en el extranjero, ¡tampoco en Suiza!…]
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En el verano de 1973 y tras meses de debates informales, el MIL celebró una asamblea en Toulouse en la que la mayoría de los asistentes decidieron desmantelar la organización, a lo que se opusieron los hermanos Solé Sugranyes, decididos a seguir actuando.
La iniciativa de mantener activo el MIL solo fue apoyada por un puñado de compañeros, entre los que cabe destacar a dos que también eran muy conocidos en los círculos de la clandestinidad barcelonesa: Josep Lluis Pons Llovet y Jean Marc Rouillan.
Salvador Puig Antich y Garriga Pautuví también decidieron ser fieles a sus amigos de siempre, los hermanos Solé, con los que ya habían hecho piña en el Instituto Maragall.
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Once días cruciales: 15-25 de septiembre de 1973
El 15 de septiembre de 1973, tras un atraco realizado en Bellver de Cerdanya (en el extremo norte de la provincia de Lleida), la Guardia Civil detuvo a Oriol Solé [muerto en abril de 1976 por disparos de la Guardia Civil junto a la frontera franco-navarra, días después de la llamada fuga de Segovia] y a Pons Llovet; en tanto que el menor de los hermanos Solé, Jordi, logró burlar a los agentes y pasó a Francia.
Apenas una semana después, fueron arrestados la compañera de Pons Llovet y otro militante del MIL, Santi Soler Amigó.
Según una de las dos versiones conocidas, la más creíble, Soler sufrió torturas y acabó confesando que el día 25 de ese mismo mes tenía concertada una cita con Garriga Pautuví en el bar El Funicular [ubicado en la calle del Consell de Cent, haciendo esquina con la de Girona]. Según otra versión, Soler fue "liberado" para bajo amenazas a su familia, ser obligado a organizar el encuentro con sus compañeros en el bar El Funicular.
Dando por cierta la primera versión, que es la más plausible porque es de la que existen testimonios fiables, el 25 de septiembre de 1973 cinco inspectores se apostaron en las inmediaciones de El Funicular a la espera de que llegara Garriga, pero este no compareció solo, sino acompañado de Puig Antich.
El primero iba desarmado y cuando los agentes dieron el alto a los dos libertarios Garriga levantó los brazos y Salvador, que sí portaba pistola, una Kommer del calibre 6,35, intentó utilizarla pero fue golpeado y desarmado por los inspectores Anguas, Bocigas y Santórum, según ellos mismos refirieron en su atestado, en el que incluso precisaron que el arma arrebatada a Salvador portaba munición pero estaba sin montar [es decir, sin el primer proyectil del peine colocado en la recámara dispuesto para ser percutido].
La versión oficial de los hechos que finalmente fue remitida a las autoridades militares, que asumió como totalmente cierta el instructor del sumario y con la que el tribunal comulgó sin posibilidad alguna de ser rebatida, narraba que una vez finalizado el forcejeo y arrestados los dos libertarios, los policías condujeron a los dos activistas al portal más próximo, el número 70 de la calle Girona, y ya dentro los detenidos reiniciaron la pelea y se produjo un «intenso tiroteo» durante el que Puig Antich disparó [cómo recuperó Salvador la pistola que ya le habían arrebatada es un misterio], hiriendo al policía Francisco Anguas Barragán, que horas después pereció.
Puig Antich también resultó herido de bala durante esa hipotética trifulca en el portal y Garriga aprovechó el rifirrafe para huir y siempre según la versión oficial, salió corriendo pero fue atrapado a escasa distancia «gracias a la colaboración de varios ciudadanos»; sin embargo, ninguno de esos "cívicos colaboradores" fue identificado ni presentado como testigo para verificar la versión policial.
Ni siquiera durante la vista oral del juicio, la policía jamás presentó el preceptivo estudio balístico probatorio de que la herida mortal sufrida por Anguas fue causada por una bala percutida en la Kommer que portaba Salvador.
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El polaco Chez era el alemán Welzel
El mismo día, 2 de marzo de 1974, y con solo unos minutos de diferencia también fue agarrotado en Tarragona el alemán Georg Michael Welzel, de 30 años de edad, nacido en Cottbus (Brandemburgo) y residente en Alemania Oriental (RDA) hasta 1972, cuando se mudó a Alemania Occidental (RFA).
Por motivos que nunca han sido precisados, la Administración española mantuvo viva durante más de treinta años la mentira difundida por las autoridades franquistas conforme la cual Welzel era polaco y se llamaba Heinz Chez.
Chez sólo era una de las dos identidades falsas que utilizó el singular centroeuropeo cuando abandonó la RFA con rumbo sur. La segunda, que fue con la que ingresó en el país, era Klaus Hermann Rudolf Sackman, esta como alemán.
El motivo por el que las autoridades prefirieron utilizar el pasaporte falso polaco (Chez) que el de la RFA (Sackman) es un misterio. Los dos pasaportes eran falsos, así fue acreditado días después de la detención y la única explicación lógica a falta de la oficial es que era políticamente más adecuado publicitar la detención de un delincuente procedente de un Estado comunista (Polonia) que de uno alineado con Occidente (la Alemania occidental).
Chez, así era conocido, fue condenado a muerte por haber asesinado a un guardia civil en el bar del cámping Cala d’Oques, en L’Hospitalet de l’Infant (Tarragona), crimen acaecido el 19 de diciembre de 1972, siete días después de que el "polaco" cruzara la frontera franco-española a través de Port-Bou (Girona).
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Un crimen sin móvil conocido ni explicación racional 
Aquel día, mientras Chez-Welzel era atendido en la barra por una de las camareras entró en el bar el guardia civil que cada mañana tomaba café en el local. Sin que el militar tuviera tiempo de saludar a las dos holandesas que atendían a los clientes, Welzel se giró y sin mediar palabra efectuó un disparo con la escopeta de caza que portaba.
Según informaron entonces fuentes policiales, seis días antes [es decir, apenas 24 horas después de haber entrado en España] Welzel había herido también con arma de fuego a otro agente del instituto armado en el puerto de Barcelona, pero en esa ocasión  logró brilar a los agentes y huir.
Una vez detenido, las autoridades renunciaron a abrir sumario por esa agresión y centraron la acción de la Justicia en el suceso del cámping.
La auténtica identidad y ciudadanía de Chez-Welzel, su trayectoria vital y las características de su compleja personalidad fueran conocidas por la policía española a los pocos días de ser arrestado en la estación de ferrocarril de L’Ametlla de Mar (Tarragona), detención que se produjo al día siguiente del crimen.
Según informes que trascendieron más de treinta años después debido a que las autoridades (también las constitucionales) mantuvieron en secreto el expediente del reo hasta 1995, el germano Welzel estaba obsesionado con el concepto de libertad, era radicalmente individualista, proclive a la violencia debido a la profunda desconfianza y al resentimiento que había alimentado en la RDA, donde había sido encarcelado en tres ocasiones por otros tantos intentos de cruzar la frontera interalemana.
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[En su día, hubo profesionales de la conducta que consideraron muy probable que Welzel padeciera un trastorno antisocial de la personalidad (TAP), lo que se ha dado en llamar un sociópata; pues solo así sería comprensible la absurda y gratuita violencia con la que había actuado. Todo indica que Welzel era uno más de los germano-orientales clasificados como "indeseables" por las autoridades de la RDA, que en esos casos acostumbraban a autorizar las solicitudes de emigrar a Occidente para librarse de individuos conflictivos y evitar así los problemas y costes que generaban]
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Welzel abandonó la RFA sólo siete meses después de cruzar el muro de Berlín, en 1972, en esta ocasión legalmente. Viajando hacia el sur, llegó a la Península y accedió a España a través de Port-Bou presentando un pasaporte germano-occidental falso que era de pésima calidad; tan deficiente era el documento que tras ser detenido en L’Ametlla de Mar, la policía tarraconense se interesó por el asunto porque consideró «sorprendente» que los agentes de Aduanas no hubieran detectado el engaño.
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La orden venía de muy arriba: «Ejecútenlos el mismo día» 
En política casi nada es casual. A Chez-Welzel le dieron garrote el mismo día que a Puig Antich en virtud de una decisión premeditada.
Entre los miembros de la nomenclatura franquista abundaban los tipos toscos, cierto; pero entre sus cuadros dirigentes también los había inteligentes y hábiles; destacando los que ejercieron de manipuladores. Los hubo excelentes en la Administración y en los medios.
En días previos y posteriores a las ejecuciones, el régimen desarrolló una intensa campaña mediática cuyo mensaje era el siguiente: Puig Antich es un delincuente más, otro Heinz Chez descarriado.
Por su parte, el alemán, todo sea dicho, decidió viajar a España y mató a un guardia civil en un momento histórico inoportuno. No hay razón humana que explique la pena de muerte, pero mucho menos ajusticiar a una persona procedente de una Alemania dividida, trufada de resentimientos, confusiones y en la que era inevitable que hubiera individuos como Welzel, persona desquiciada; pero esas y otras circunstancias les traían sin cuidado a las autoridades españolas de la época.
Salvador Puig Antich y Georg Michael Welzel fueron los últimos reos muertos a garrote vil en España, pero no fueron los últimos asesinados legalmente. El 27 de septiembre de 1975, envalentonado el sector más intransigente del régimen y previo visto bueno del Caudillo, fueron fusilados Xosé Humberto Baena Alonso, José Luis Sánchez Bravo Ramón García Sanz, los tres del FRAP, y dos miembros de ETA político-militar: Juan Txiqui Paredes Manot y Ángel Otaegui Etxebarría.
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CON ANTERIORIDAD:
"El Estado español respeta criterios franquistas".
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ENLACES DE INTERÉS:
Pàgina sobre Salvador Puig Antich i els seus companys del MIL (cat);
* Vídeo de laSexta, vía YouTube: "I si canto trist", canción dedicada a Puig Antich; letra y música de Lluis Llach, que interpretó la pieza por primera vez en Barcelona apenas un mes después de la ejecución;
* Entrevista al periodista Jordi Panyella, autor del libro «Salvador Puig Antich, caso abierto» (cat);
* Libro: "Cuenta atrás. La historia de Salvador Puig Antich", de Francesc Escribano (Península, 2001);
* «Los perros guardianes» por Jordi Borja, en Sin Permiso.

3 comentarios:

  1. Lo que voy a escribir es absolutamente cierto y vivido por mí mismo a la edad de 16 años. El fiscal militar del juicio contra Puich Antic era socio de mi padre en una fábrica de termos y calentadores eléctricos denominada CATERSA y con sede social en Badalona.

    El mes de abril de 1974 y una vez ejecutado Salvador, mi padre me invitó a cenar con su socio. En el transcurso de la cena, el fiscal, comandante jurídico del Ejército de Tierra, Don Jaime Fernández Hidalgo, sacó el tema del juicio a Salvador y dijo que Salvador no había disparado al agente que falleció, sino que éste murió a causa de un disparo que salió de la pistola del compañero del fallecido, que se puso nervioso e involuntariamente mató al policía.

    La frase TEXTUAL (no la olvidaré jamás) que salió de la boca del fiscal en aquella cena justificando el asesinato de Salvador fue la siguiente: "Era un elemento peligroso y había que eliminarlo". Tal cual.

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    1. Juanjo, un abrazo grande (a ver si quedamos, hace meses que no nos vemos).

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  2. Me parece muy oportuno llamar la atención públicamente sobre "en qué país vivimos" (según el dicho) o, si se prefiere, airear, denunciar y divulgar cuál es la naturaleza del actual Régimen. He escrito "vivimos", y no "vivíamos", porque si los asesinatos legales mencionados son atrocidades antiguas y corresponden a la época franquista, es ATROCIDAD PRESENTE, propia del Régimen actual, el negarse a devolver la honra y el buen nombre a las numerosas víctimas de aquellas sentencias injustas, arbitrarias, dictadas sin asomo de garantías jurídicas y en muchos casos sanguinarias.

    El Estado español ACTUAL es, en este sentido, retrógrado y retrasado, casi único en el mundo en su institucional infamia y, desde luego, CÓMPLICE RETROACTIVO de la dictadura. Y encuentro muy comprensible la actitud de quienes piensan que, respecto a semejante Estado, sólo una cosa se puede ser dignamente: INDEPENDIENTE.

    Claro que el iberoprogre típico suele responder airado a estas actitudes: "qué tendrá que ver!, la dictadura perjudicó tanto a catalanes como a madrileños, a murcianos como a vascos". Lo cual es cierto... mientras no se precisa. Si el iberoprogre no se mintiera a sí mismo, sería consciente de que existen grandes masas sociales, de sus conciudadanos, que no están por que se rehabilite a las víctimas de la dictadura, y localizaría dónde se ubican prioritariamente. Estas masas seguramente se solapan, en buena medida, con aquellas otras que están encantadas con mantener dentro del Estado a colectivos de varios millones de personas en contra de su voluntad. Si es preciso, por la fuerza de las armas.

    "Marca España"

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