28 julio 2014

Hoy hace un siglo que el Imperio Austro-húngaro invadió Serbia y desencadenó la Gran Guerra

Tal día como hoy de hace un siglo, el 28 de julio de 1914, se inició la Gran Guerra. Los primeros disparos sonaron en Serbia, cuando las tropas del Imperio Austro-húngaro iniciaron la invasión del país balcánico. Horas más tarde, Rusia movilizó el ejército en apoyo de sus hermanos eslavos; Alemania invadió Bélgica [de nada sirvió que el rey perteneciera a una familia de la nobleza germana e hiciera una declaración de neutralidad] y Luxemburgo camino de París, al tiempo que declaraba la guerra al imperio zarista; en paralelo, la invasión de Bélgica y el inminente ataque a Francia motivó que Gran Bretaña declarara la guerra a la belicosa Prusia.
Así empezó una conflagración que había sido largamente preparada e incluso anunciada.
Más tarde, en noviembre del mismo año, a las potencias centrales se unió el Imperio Otomano en virtud del pacto que había sellado con Berlín pero, sobre todo, porque ansiaba recuperar el poder perdido en los Balcanes; Turquía fue apoyada por Bulgaria y luego, uno tras otro, entraron en guerra Montenegro, Italia, Portugal Rumanía, los cuatro en el bando aliado. 
Ya en 1917, Grecia para sacar tajada en el Egeo y Estados Unidos por motivos más económicos que "morales" [Wall Street cofinanciaba el esfuerzo bélico de Londres] acudieron en ayuda del amigo británico.
Todo empezó en el verano de 1914 pero el conflicto empezó a fraguarse mucho antes, durante casi dos decenios. En rigor, el atentado de Sarajevo (Bosnia) que costó la vida al archiduque Francisco Fernando de Austria no fue la chispa, sino la excusa.
Durante el siglo XIX, Gran Bretaña consolidó su preeminencia mundial, tanto financiera como político-militar. La bien organizada y sistemática rapiña practicada en las colonias africanas y asiáticas [con la India como principal proveedora de riqueza] permitían a Londres mantener ejércitos en medio mundo y una marina de guerra presente en los siete mares.
Solo Francia, el Imperio Alemán y los pujantes Estados Unidos, una vez superadas las fracturas y destrozos causados por la guerra de secesión, poseían potencial suficiente para competir económicamente con el imperio británico.
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Soldados ingleses en el frente del Marne (Francia).
El uso de gases tóxicos por parte de ambos bandos
endureció sobremanera las ya de por si penosas
condiciones en las que se desarrollaba
la guerra de trincheras
El declive de los imperios
del Antiguo Régimen
Había otras tres potencias en la Europa del XIX: los imperios austro-húngaro, ruso y otomano, pero los dos primeros habían iniciado un lento pero constante declive mucho antes de finalizar la centuria; en tanto que el tercero estaba en condiciones de acometer un resurgimiento, o eso parecía.
España y Portugal tenían notable presencia en el mundo, tanto en América como en Asia y África, pero ambos países carecían de capacidad económica, perdían influencia a marchas forzadas y no habían desarrollado una política de alianzas en el Viejo Continente, exceptuada la estrecha relación de Lisboa con Londres.
España, ensimismada y doliente todavía de la debacle del 98, era en el ámbito de la geopolítica una "isla".
Portugal, en gran medida condicionada por sus compromisos con Gran Bretaña en materia financiera y en cuestiones coloniales, acabó implicándose en el conflicto. Lo cual, posteriormente, reportó al país luso notables beneficios indirectos en la gestión de sus economías en África (Angola y Mozambique), la India (Goa) y China (Macao), geografías en las que la vecindad o la proximidad de territorios controlados por el Reino Unido generaba valiosas sinergias.
Durante la segunda mitad del siglo XIX las potencias europeas se habían repartido prácticamente todos los territorios africanos y asiáticos susceptibles de ser colonizados; es decir, exprimidos
Es más, los europeos incluso osaron competir con Japón colocando o reforzando sus "peones" (enclaves comerciales) en China, sobre todo Gran Bretaña, Rusia, Alemania y Portugal.
Tamaña expansión provocó numerosos roces, también entre países que habían establecido amistosas relaciones, como fue el caso de la lid mantenida en 1898 entre Londres y París por el control de parte del Sudán [el llamado incidente de Fachoda].
Precisamente a raíz del pleito sudanés los países del Canal de la Mancha advirtieron el rápido ascenso y la expansión del Imperio Alemán, también en África, lo que propició sellar la alianza anglo-francesa, que ha sido la más sólida y duradera de las habidas en Europa durante los siglos XIX y XX.
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El archiduque Fernando Francisco de Austria
su esposa, la condesa Sofía Chotek,
en Sarajevo, un par de horas
antes de morir a manos
de Gavrilo Princip
Londres-París versus Berlín
Alemania, cuyo poderío económico y militar aumentaba a fuerte ritmo tras la unificación (1871), solo obtuvo colonias de menor rango en el oriente de África, dos valiosos pero difícilmente rentables dominios a orillas del Atlántico, Camerún y Namibia, más una veintena de islas en el Pacífico (Nueva Guinea, las Salomon y los ex españoles archipiélagos de las Marianas y las Carolinas), y cuatro enclaves comerciales en China, uno de ellos en Pekín.
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[Curiosamente, los enclaves alemanes en China fueron conquistados por Japón, que había suscrito un pacto con Gran Bretaña por el que ambos imperios se apoyaban para controlar enclaves chinos; de modo que los nipones lucharon contra sus futuros aliados, Alemania, y a favor de quienes años después fueron enemigos, Gran Bretaña, Francia, que también tenía intereses en Asia, y EE UU] 
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Las ambiciones germanas en África y Asia siempre chocaron con la oposición franco-británica, lo que emponzoñó las relaciones entre Berlín y París-Londres. Los gobiernos británico y francés, al servicio de sus codiciosas clases altas, desarrollaron una política exterior que incluía el sistemático ninguneo del II Reich.
La vieja Prusia sólo contaba con un "buen vecino" en Europa: el Imperio Austro-húngaro y un aliado circunstancial, el Imperio Otomano. La germanofilia turca era "postiza" y obedecía a su tradicional actitud anti-rusa y por encima de todo, al afán por recuperar los dominios balcánicos perdidos y volver a tener frontera con el Imperio Austro-húngaro.
En el caso de Francia, su posición anti-germana se debía tanto o más que a las lides coloniales y comerciales, al deseo de París de vengar la derrota sufrida a manos del ejército prusiano en 1871, que había concluido con la unión de la nobleza germana y la proclamación del Imperio Alemán nada menos que en el Palacio de Versalles, lo que supuso una humillación para la III República Francesa, que para colmo había sido obligada a ceder la soberanía de Alsacia y Lorena al flamante II Reich.
Recuperar esas dos regiones se convirtió en una obsesión nacional, máxime para los militares.
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Los Balcanes ya estaban envenenados
En paralelo, la región de los Balcanes era una olla de grillos. El derrumbe del Imperio Otomano en el sureste de Europa derivó en una rosario de pleitos territoriales entre los Estados-nación recién creados (o recreados) en los ex dominios turcos: Albania, Bulgaria, Grecia, Montenegro, Rumanía y Serbia, países que ansiaban ganar espacio a costa de sus vecinos, lo que provocó dos conflictos armados (1910 y 1913), si bien ambos se zanjaron con escasas pérdidas humanas y sin apenas cambios fronterizos. Pero la sangre derramada y las frustraciones agravaron las inquinas y exacerbaron pleitos de todo orden, las cuentas pendientes aumentaron y tras las dos grandes guerras las espadas siguieron en alto, tal como quedó probado con singular fiereza ayer mismo tras el dinamitado de la llamada segunda Yugoslavia, en la década de 1990.
Cuando estalló la Gran Guerra en 1914 el otrora gran imperio otomano solo conservaba en el Viejo Continente la ciudad de Estambul y el territorio adyacente. Como ex metrópoli, Turquía tenía garantizado el rechazo de todos los países balcánicos excepto dos, la vecina Bulgaria, cuyas relaciones comerciales y humanas con Turquía eran muy estrechas, y la islamizada Albania.
Bulgaria llegó a declarar la guerra al Imperio Austro-húngaro en 1916, en tanto que los albaneses se mantuvieron neutrales a pesar de las presiones que ejercieron Grecia, Montenegro y Serbia para que Tirana movilizará sus tropas contra el "odiado" vecino otomano.

Los profundos y ancestrales nexos humanos que mantenían (y todavía hoy mantienen) los albaneses con los bosniacos (bosnios musulmanes) y también con los turcos pesaron más que las promesas aliadas y que las amenazas con las que Albania fue presionada por sus vecinos serbios.
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[La animadversión que los serbios sentían (y sienten) por los albaneses y bosniacos viene de lejos, en gran medida porque cuando los Balcanes fueron de dominio turco entre los altos cargos del Imperio Otomano abundaban los albaneses y los bosniacos, que fueron aliados naturales (básicamente por motivos y religiosos) de la metrópoli y colaboraron con la administración turca en el control de las sociedades balcánicas]
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Dos bloques formados en función 
de intereses económicos
Las tensiones habidas en Europa a lo largo del siglo XIX desembocaron en la década de 1880 en la creación de dos grandes bloques:
*La Triple Entente, formada por Francia, Gran Bretaña y Rusia, y
*La Alianza de los Imperios Centrales: el alemán y el austro-húngaro, a los que apenas iniciada la guerra se sumó el otomano.
Años antes de que estallara el conflicto armado, el joven reino de Italia, que había finalizado el largo proceso de unificación peninsular en 1870 [de la que solo quedaron fuera los territorios vaticanos y el enclave de San Marino], suscribió sendos pactos con Alemania y Austria-Hungría; sin embargo, en gran medida a causa de los pleitos fronterizos que Roma mantenía con la monarquía austro-húngara en las regiones del Tirol, el Veneto y en la península de Istria, así como por los estrechos lazos existentes entre la Casa de Savoya y la nobleza francesa, el reino trasalpino fue alejándose progresivamente de los imperios centrales.
En 1914, la decisión de Austria-Hungría de invadir Serbia fue calificada por Italia como un «acto de agresión», lo que exoneraba a Roma de cumplir el acuerdo de mutuo apoyo que había suscrito con Viena y Berlín para el caso de que uno de los tres países fuera atacado, cláusula que no era aplicable porque alemanes y austro-húngaros no habían sido agredidos, sino que eran ellos quienes atacaron a Serbia sin que mediara motivo ni provocación.
Así las cosas, en mayo del año siguiente (1915) Italia firmó en Londres un pacto con la entente aliada en virtud del cual declaró la guerra a los imperios centrales. ¿Motivos? Básicamente, uno: Roma ambicionaba anexionarse varias comarcas austriacas, en especial Gorizia.
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La nueva Europa nació envejecida
El período de la llamada Paz Armada que había vivido Europa durante decenios, con enfrentamientos a dos o tres bandas pero nunca generalizados, concluyó como todos esperaban: con una gran guerra que, en principio, dilucidó contenciosos comerciales, industriales, territoriales (sobre todo en los Balcanes) y los conflictos larvados en las naciones sometidas por los imperios alemán, austro-húngaro y ruso; destacando en este aspecto los casos de ArmeniaBosnia, Chequia, Croacia, Eslovaquia, Estonia, Finlandia, Georgia, Hungría, Irlanda, Letonia, Lituania y Polonia.
No todas las naciones que hasta entonces estaban "bajo control" lograron acceder a la plena soberanía y constituir sus propios Estados, pero en todo caso los cambios [fueran para bien o para mal en función de ópticas y criterios] fueron profundos y en su mayoría, positivos para las aspiraciones de países que desde hacía decenios e incluso siglos permanecían sometidos económica, social y culturalmente.
La llamada primera guerra mundial cambió el mapa de Europa y sus sociedades, amén de arrumbar viejos valores, pero desde un punto de vista planetario la conflagración tuvo dos consecuencias de elevado impacto que han tenido y todavía tienen efectos en todo el mundo:
 La Gran Guerra fue la palanca que permitió a Estados Unidos abrir camino para erigirse en primera potencia mundial; papel que Norteamérica compartió formalmente hasta el estallido de la segunda guerra mundial con Gran Bretaña, Francia y la URSS.
El liderazgo económico (y al paso de diez años también militar) que asumieron los EUA a partir de la década de 1930 solo estuvo amenazado durante seis años por la alianza del III Reich y el Imperio del Sol Naciente, y más tarde solo por la URSS. Ya en el siglo XXI el liderazgo norteamericano sigue vigente a la espera de que China acabe de despertar;  
 La victoria de la entente aliada (Francia, Gran Bretaña y Rusia, a los que se sumaron Italia y los EUA) trajo consigo una paradoja: la derrota del imperio zarista y el nacimiento de la Unión Soviética.
En el vasto imperio zarista las contradicciones sociales del régimen, la perenne miseria de la mayoría de la población, las matanzas de la guerra y el hambre que esta propició desembocaron en un rosario de revueltas y en la definitiva insurrección pilotada por el Partido Bolchevique (facción del movimiento socialista ruso), que tomó el poder.
Tras varios años de guerra civil, la derrota final del Ejército zarista en todo el país enterró el régimen monárquico y supuso la consolidación de la URSS.
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DE INTERÉS:
* Cronología de la Gran Guerra, en la Wikipedia;
* Imágenes de la Gran Guerra, vía EL HUFFINGTON POST;
* Texto de Lev Ttrotsky sobre los significados de la acción política de Jean Jaurès, líder socialista francés asesinado en vísperas de la Gran Guerra, que ayuda a comprender la situación de la izquierda gala y europea en general ante la conflagración que se avecinaba, vía SIN PERMISO.
LIBRO de recomendable lectura:
«1914-1918. Historia de la Primera Guerra Mundial», David Stevenson, ed. Debate, 2013.

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