25 noviembre 2014

Cando morre unha lingua, morre un mundo

Veño de ler o conto da inmersión de nenos na lingua de Shakerpeare. Non teño nada na contra de aprender idiomas, ao contrario. A vida ensinoume que coñecer idiomas sempre é bo e ás veces, necesario. 
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VERSIÓN EN CASTELLANO
Cuando muere una lengua, muere un mundo
Acabo de leer el cuento de la inmersión de niños en la lengua de Shakerpeare. No tengo nada contra el aprendizaje de idiomas, al contrario. La vida me ha enseñado que conocer lenguas siempre es bueno y a veces, necesario.
Sin embargo, el empeño de la Administración gallega en sumergir a unos cientos de niños en el inglés y la insistente publicidad que el Goberno y los medios "de orden" hacen de esa iniciativa abunda en el mensaje de siempre. No hace falta repetirlo.
El idioma gallego está a punto de deslizarse por una pendiente rodeada de muros de la que difícilmente podrá salir. Quienes desprecian el gallego y quienes sencillamente lo consideran inservible están a punto de celebrar el triunfo de la tesis conforme la cual la lengua del país ya no sirve como vehículo de comunicación en la economía globalizada, ni para el aprendizaje ni para aplicar conocimientos técnicos y científicos… La cabeza no les da para más.
Quienes defendemos la conveniencia cultural, social y también sentimental de mantener vivo el gallego estamos a punto de ser derrotados.
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Viñeta de Xaquín Marín
Responsabilidad colectiva
Llegados a este punto sería absurdo negar que todos tenemos una cuota de responsabilidad en la pérdida de un bien que va más allá de la comunicación. No sólo se está devaluando y perdiendo el idioma, también se está difuminando una forma de entender la vida, la fauna, los bosques, los alimentos, los objetos y todo cuanto forma parte de la cotidianidad. Pensar y expresarse en un idioma genera una forma de relacionarse y una escala de valores.
Al integrarnos en Galicia, los que nos hemos criado y formado en otras sociedades hemos percibido esas diferencias con mayor claridad, otro tanto les ha ocurrido a los nacidos gallegos que emigraron, ellos también han comprobado la diferencia y son más conscientes de que Galicia es un mundo.
Ni mejor, ni peor. Distinto.
Todo eso y más se está perdiendo al mismo ritmo que se pierde el idioma.
No es un fracaso político, es un fracaso cultural y por tanto más grave, pues afecta al instinto de las personas y a los comportamientos colectivos.
Es falso que el autodesprecio del que tantas veces se habla y escribe precediera al declive del idioma. Ese acendrado autoabandono es viejo, llegó de allende Pedrafita y fue aprovechado por una minoría de gallegos con fines muy concretos.
Hubo momentos históricos en los que se consiguió frenar el deterioro del idioma. Pero llegaron tiempos negros para el país y para su cultura. Esa línea quebrada se ha prolongado durante varios siglos y a partir de 1976 se abrió, o debería haberse abierto, un período de recuperación con la llamada "normalización" del uso del gallego.
Los hechos indican que hemos fracasado, ¡todos!, tanto las entidades, partidos y personas que se declaran nacionalistas como los que no son (somos) nacionalistas. No hemos sabido poner en valor el complejo entramado de bienes intangibles que se sostienen en gran medida gracias al idioma.
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«Depende» es mucho más que un latiguillo
Nunca me han hecho sonreír el latiguillo ni los chistes del gallego que no sube ni baja. El famoso "depende". Los que amamos la cultura ni siquiera hemos sabido dar la vuelta a esa vulgaridad e imponer el otro significado que subyace en esa actitud tan gallega: la duda, la natural y ancestral propensión a no dar nada por cierto, cuestionar los dogmas, repensar las cosas, cuestionar lo que dice el otro y sólo si está justificado, asumirlo y corregir.
No tener formación ni acervo gallegos y haber vivido en otras sociedades me ha permitido comprobar que después del "depende", después de pensar y repensar, el gallego común es más firme que otras gentes.
No es mejor, ni peor, es diferente.
En mi opinión, ahí radica lo esencial del fracaso. No hemos sabido remarcar con la intensidad y habilidad suficientes los significados esenciales y más positivos de la cultura, de la forma de ser, de la forma de entender y de la forma de expresarse de los gallegos. Y esas cosas están muy por encima de la política porque tocan tierra, carne y sangre, formas de producir, querencias y renuencias, sentimientos y razonamientos.
Están a punto de ganar la partida los que derrotaron a los Irmadiños y los que en Galicia sólo veían pescado, buenos alimentos, madera, minerales, poderío hidrográfico… ¡y mano de obra barata!
El trabajo de enajenación ha sido largo, pero la Galicia sin Galicia está a punto de dar el paso más importante: empujar el gallego por la pendiente.
Creo que sólo queda una opción, que será difícil de sustanciar porque el sentido de colectividad está prácticamente destruido: toca abandonar capillas y verdades de grupo, sean políticos, estéticos, de clase o lingüísticos y crear un frente, uno solo, una especie de ProLingua que abrace a todos, algo así como se logró con PuntoGal.
O los gallegos que quieren conservar sus valores culturales son uno, o el idioma del país se deslizará hasta el final de la pendiente. Y no sólo el idioma.
Presentar como un éxito que un par de miles de jóvenes con títulos profesionales o universitarios hablen inglés y que el 95 % de ellos tengan que emigrar para encontrar trabajo —como está ocurriendo— es un ejercicio de hipocresía política.
¿A quién quieren engañar?
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INFORMACIÓN posterior: "O galego, en vías de desaparición", no e-xornal GC.

2 comentarios:

  1. Gracias señor Soria, as súas verbas animan ós que coma min, facemos da loita diaria pola defensa da língoa a nosa bandeira. Bandeira branca por suposto, de paz e fraternidade.
    Reciba un saúdo afectuoso dun lector asíduo dos seus artigos.
    Anxo G.T.

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    1. Coido que son eu quen debe dar as grazas e por dous motivos, pola visita e por comprometerse na defensa do idioma do país.
      Esta é a súa casa.
      Unha aperta grande.

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