19 enero 2015

«Si me compra el curso de formación para cinco, un fin de semana en hotel con cena romántica»

Con el paso de los años la profesión crea un no sé qué [ya lo comentaremos otro día], el ferroviario sigue atento a los trenes, el marinero no se olvida de que con tempestad conviene navegar de amura y el periodista sigue necesitando compartir los pedazos de realidad que huele, saborea, toca, mira y escucha. Si, mira y escucha, ver y oír es otra cosa; además, para lo que hay que oír, mejor escuchar...
Y esta noche necesito contar un episodio que he escuchado atentamente y cuyo escenario he conocido y observado, aunque sin abrir el melón, desde fuera. Para colmo, el asunto es actualidad en Galicia porque recién descubrieron una trama que desviaba fondos destinados a la formación de trabajadores.
Dispongo de tanta información del suceso, incluidos detalles de los protagonistas activos y pasivos, que relataré lo acontecido en primera persona, poniéndome los zapatos de los inocentes del cuento, quizá así consiga que los escasos diez minutos que usted me dedica pasen volando y al final sienta siquiera un poquito de angustia, sonría y maldiga, ¡qué para las tres cosas da la historia! Ahí va:
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«España es el país de la UE donde más aumenta el paro de larga duración»
→ El cincuentón despedido
y sus circunstancias
Hace ya nueve meses, apenas una semana después de cumplir los 52 perdí el empleo. Las ventas caían desde 2010 y llegaron los despidos. Sabíamos que estaban al caer, pero pasaban las semanas y optamos por no hablar del asunto, como si nada ocurriera, simulando que todo iba bien o soñando que milagrosamente escamparía.
Cuando nos dijeron usted, usted y usted, hasta parecíamos sorprendidos. Nos fuimos a la calle tres de siete.
Todavía me queda más de un año de subsidio, pero como la empresa para la que trabajaba no hacía constar en nómina todas las cantidades que abonaba me han quedado poco más de 800 euros. Con la mujer trabajando sólo los viernes y sábados [contratada por horas en un comercio del textil] y un hijo de trece años estoy obligado a encontrar trabajo lo antes posible.
Tenemos algunos ahorros y la suerte de que sólo nos quedan dieciséis meses de hipoteca, pagamos 570 euros al mes y creo que aunque las cosas vayan muy mal, pero que muy mal, apretándonos el cinturón podremos aguantar el tirón, acabar de pagar el piso para garantizar que viviremos bajo techo, y luego...
Pues, la verdad, no sé usted, pero yo no tengo la menor idea de lo que ocurrirá y confieso que también evito hablar de ello, ni siquiera con mi esposa.
A veces, nuestras miradas coinciden, ella me sonríe con tristeza mal disimulada y dice «saldremos adelante, ya verás» y yo, ¡qué jamás he logrado aprender a disimular!, contesto «ya lo sé» y sonrío.
Creo que me cree, ¿o eso quiero creer?
No pasamos hambre, pagamos la hipoteca y al chaval no le falta nada que sea necesario, mas no estamos para tirar cohetes ni tampoco puedo esperar sentado a que me caiga un empleo del cielo... No me engaño ni me engaña el de la barba, con 52 años lo tengo difícil, ¡para la mayoría de las empresas ya soy un viejo!; prefieren jovencitos que se conforman con menos sueldo, no están resabiados, rara vez hacen preguntas incómodas de responder y para redondear el Gobierno les abarata la seguridad social.
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→ ¡Alegría! Mi currículo gusta a una empresa  
Aparte de enviar cartas e ir de aquí para allá, estoy inscrito en InfoJobs, portal de ofertas y demandas.
El pasado jueves telefonearon, «¡es para ti!, una empresa pregunta por ti», gritaba mi mujer con el teléfono en la mano y el cielo en los ojos. En efecto, alguien de una empresa que busca comerciales había leído mi currículo, el perfil le pareció el adecuado y si me interesaba, me invitaba a ir al día siguiente a sus oficinas para ver si la cosa cuajaba.
El viernes llegué puntual, como me gusta, odio que me hagan esperar y odio hacerlo yo. Un treintañero muy educado me contó que el trabajo consistía en comercializar cursos de formación; o sea, ofrecer, por ejemplo, el de manipulador de alimentos en bares y tiendas de alimentación. 
Las condiciones y el salario no son maravillosos, pero sé de cosas peores. Hay ofertas de 600 euros por 40 horas semanales que en realidad son 50, entre otros abusos. 
El tipo que me atendió el viernes precisó que si superaba un mes de prueba a media jornada, firmaríamos un contrato a jornada completa con un salario mensual de 1.200 euros netos más un porcentaje de las ventas.
Acepté y me citaron para ir esta tarde [lunes 19 de enero] a la que ha sido la primera jornada de un breve cursillo de iniciación, requisito que me parece lógico y al que hemos acudido los siete candidatos preseleccionados para conocer el tipo de formación que ofreceremos, los precios, los tipos de contratación, las formas de pago y sobre todo, a fin de que el monitor y uno de los comerciales con experiencia nos cuenten las características de ese mercado, tácticas e inconvenientes, cómo distinguir al potencial cliente del que te hace perder el tiempo, cómo se reparten las zonas o los sectores y en definitiva nos aclaren las muchas preguntas que por lo menos yo tengo que hacer, pues nunca he vendido formación.
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→ De la sorpresa a la desconfianza 
Cuando fui el viernes ya me extraño el local, pero supuse que como se trata de un grupo de empresas nos habían citado en una de ellas de forma circunstancial. El local no era el de una firma dedicada a enseñanza y formación. ¡Qué más da!, pensé, seguro que obedece a cuestiones de organización, disponibilidades de personal o por simple comodidad, pues solo se trataba de un primer contacto que a ellos les servía para conocernos personalmente [en estos casos la empresa quiere saber cómo vistes, si eres aseado, la forma de hablar, el vocabulario, etcétera].
Pero que hoy, segunda jornada, nos citaran en el mismo local me pareció sorprendente. Sin embargo, el viernes había regresado a casa convencido de que hoy nos conducirían a las instalaciones dedicads a formación. No ha sido así, estamos en una nave industrial ubicada en un polígono industrial del municipio de Culleredo (aledaño al de A Coruña), de modo que la sorpresa inicial de los siete comerciales que hemos sido preseleccionados ha dejado paso a la desconfianza.
El cursillo de iniciación se imparte en el altillo de una pequeña industria de carpintería. A la singular sala de reuniones se accede por una escalera también muy industrial, y en el aula solo hay una mesa alargada y una docena de sillas.
Evidentemente, no es un aula y lo que es peor, la empresa de formación no dispone de las instalaciones propias de ese cometido, ni tampoco hemos visto equipos ni útiles relacionados con las materias de los cursos que ofreceremos.
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→De la desconfianza a la indignación
Las siete personas preseleccionadas nos hemos sentado en torno a la mesa, dos monitores nos explicaban lo elemental y de repente, ¡zas!, ha entrado en la estancia un tipo campechano, tan campechano que no ha ocultado su prepotencia y ha llegado a amenazar a un cursillista que le ha llamado por su nombre: «sinvergüenza».
En efecto, ese es al menos uno de los nombres que se le pueden imputar al campechano, que es el propietario y director general de la "academia de formación"...
Todo ha sido increíble, el escenario, el director general, todo lo que ha dicho y todo lo que no quiso o no se acordó de decir pero que es fácil imaginar. 
A partir de ese momento, ni sorpresa ni desconfianza: indignación.
El campechano tiene unos cincuenta y muchos o sesenta y pocos, no tiene pelos en la lengua, la forma de expresarse y el vocabulario es burda y escaso, respectivamente, y nos ha dejado patidifusos en apenas cinco minutos.
La empresa de formación de ese señor no tiene intención de impartir ningún curso. Tal cual: todo es un montaje.
Me explico: los comerciales acuden a una empresa, someten amablemente al titular a un breve cuestionario que a base de preguntas muy inocentes, incluso ingenuas, permite saber si el empresario se prestará al juego y si es así, le ofrecen facturar un curso de lo que haga falta, según el sector al que pertenezca el negocio; servicio que el comprador del curso abonará cuando perciba la subvención pública prevista para el caso.
El acuerdo entre al "academia" que vende el curso y el listo que lo compra varía, la compra-venta consiste en que el comprador del curso ceda a la "academia" el 100 % de lo que pagará la Administración a cambio de un regalo, o bien se queda con un porcentaje de lo que paga el erario y el resto se lo lleva el director general de la "academia".
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→El comprador obtiene dos beneficios
El empresario que paga el montaje con dinero público obtiene dos beneficios sustanciales:
Primero, cumple con la obligación legal de dar la formación, el reciclaje y/o facilitar a sus empleados la obtención de las acreditaciones profesionales que precisan; así, por ejemplo, quienes laboran en un restaurante, una carnicería o una pescadería obtienen el carné de manipulador de alimentos que les será entregado aunque nadie haya recibido ni una sola lección: los cursos no existen
Segundo, los asistentes al curso de formación sólo han tenido que abandonar su puesto de trabajo por los motivos de siempre: ir al váter, salir a fumar un pitillo o contestar un guasap de la mujer o del marido: nadie va a ningún centro de formación ni ningún centro de formación envía docentes: ¡los cursos no existen!
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Servicios públicos: responsables políticos insisten en que sobran
funcionarios y que las plantillas actuales son más que suficientes
para controlar todas las contratas, concesiones,
ayudas y subvenciones
→Y los listos comen
perdices, de momento...
La jugada es tan simple como efectiva, cierto, pero esa sencillez es posible porque los servicios de Xunta y/o de la Administración central que costean la formación aplican un sistema para aprobar la entrega del dinero propio de un país bananero: no hay controles que merezcan esa denominación.
El montaje del director general campechano funciona porque la supervisión de la Administración es la de Pepe Gotera y Otilio (con el perdón y el permiso de Francisco Ibáñez, creador de los dos chapuzas más famosos de las Españas).
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[Ignoro el número exacto de empresas que han comprado el método de el Campechano; no obstante, puedo aportar una orientación: los datos recabados indican que ya estaban operando al menos cuatro comerciales, tres en la zona de A Coruña y otro en el área de Santiago]
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Si fuera el guión de una comedia a la española, en la escena final de la película aparecería el Campechano con los brazos en jarras y con voz de mando gritando al cliente: "¡¿Qué más quieres?!, además de sacarte las castañas del fuego para que estés legal, te ofrezco un porcentaje de lo facturado o un regalo, ¡elige!"... Esta hipotética escena transcurriría en el altillo de la carpintería de Culleredo y sobre la mesa alargada de la sala de reuniones estarían expuestos dos o tres de los obsequios habituales: un jamón, un vale de fin de semana para dos personas en un hotel con cena romántica incluida, un televisor, una tablet, un teléfono portátil, una vajilla para la señora del cliente... esos son los detalles que se ofrecen en función del "precio" que paga la Administración por el curso impartido
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Dicen que las "fugas" en formación son agua pasada...
Hasta aquí el relato puntual de los hechos. Pero hay más detalles, algunos desoladores; por ejemplo: dos personas que habían acudido al cursillo con la esperanza de salir de apuros han regresado a casa derrotadas, lo vivido ha sido demoledor porque aparte de haber visto frustrada una expectativa de empleo que parecía casi segura han estado a punto de verse embarcados en un trabajo que les hubiera convertido en cómplices de lo que huele y sabe a estafa (delito penal): «Nos hemos salvado por poco, imagínate que encima de estar parados nos detienen por timadores...»
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Dos detalles relevantes
Primero, las personas preseleccionadas son de cierta edad; no sirven los jovencitos, pues poco o nada tienen que perder y por tanto es fácil que se larguen y que larguen.
Además, empiezan a ser numerosos los cuarentones y cincuentones en grave apuro vital, de modo que entre ellos es más probable encontrar personas sin escrúpulos éticos porque necesitan pan.
Segundo, «Nada de grandes empresas, lo nuestro son las pequeñas», ha insistido el Campechano.
Por cierto, el buen comercial de la academia de marras debe poner atención en que el posible cliente conteste sine qua non a una pregunta del cuestionario que es capital: «¿en su empresa hay delegados sindicales?»; pues si los hay, toca sonreír, dar los buenos días o las buenas tardes y buscar otro monte que escalar.
Y le dejo, amable lector/a; no sé que ocurrirá mañana martes, puede que esto de la formación me mantenga más ocupado de lo aconsejable... ¡ya le contaré!
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ACTUALIZACIÓN (18 horas, 20 enero 2015):
La empresa que comercializa cursos de formación actúa fuera de la ley
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Provisto de los documentos, testimonios y datos de que dispongo, he entrado en harinas legales.
De entrada, es obligado subrayar que el mundo de los cursos de formación es un laberinto en el que, según han reconocido los profesionales a los que he consultado (dos funcionarios de grado medio y un abogado), «es muy difícil orientarse», salvo para quienes hacen un seguimiento constante y estrecho de los cambios legales y normativos, pues son constantes.
Con respecto al episodio relatado hay varios aspectos claros:
Primero, la supervisión de los cursos depende de la Administración que los convoca, que por lo general es el Servicio Estatal Público de Empleo (SEPE) o el organismo hermano correspondiente en las comunidades autónomas a las que esa competencia ha sido transferida;
Segundo, las empresas acreditadas para impartir cursos de formación tienen terminantemente prohibido en toda España contratar agentes comerciales para buscar clientes o promocionar sus ofertas: no hay resquicio legal que permita burlar esa norma.
Es decir, la empresa de Culleredo está actuando fuera de la ley y, en principio, incurriría en delito o delitos, en los que para colmo podrían ser imputados como cómplices o cooperadores necesarios los cuatro comerciales de los que ya operaban como tales para la "academia" de el Campechano, y
Tercero, hace apenas una hora una fuente de toda solvencia [una de esas que dicen poco pero justo lo que saben a ciencia cierta] ha confirmado que los órganos de la Administración con presencia en A Coruña y relacionados con cursos de formación, reciclaje y asimilados ya sospechaban de la empresa de Culleredo; a lo que les han ayudado los pocos datos que incluí en este post, pues ya estaban sobre la pista e investigaban el asunto... o eso dicen.
La misma fuente insiste en que tanto el SEPE como Emprego (dependiente de la Consellería de Traballo) tenían conocimiento de que uno o más listos andaban tirando anzuelos como el descrito en este post [ayer, cuando decidí escribir el relato de los hechos ya disponía de documentos de la empresa que actúa ilegalmente, por lo que conozco su identidad y domicilio; pero no la he identificado ni antes ni ahora ante la posibilidad de dificultar o frustrar la acción pública y por respeto a los comerciales frustrados y perjudicados que me proporcionaron la pista, los documentos y casi todos los datos].
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EPÍLOGO: La Xunta fue informada con detalle de todo y seis meses después cierro el post con dos conclusiones: el asunto ha sido "archivado" y el director general campechano se ha ido de rositas...

2 comentarios:

  1. Tremendo, Félix, tremendo, inaudito y terrible.

    Cada día me da más vergüenza formar parte de esta sociedad, por más que sea de un modo impuesto, nunca elegido.

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