23 abril 2015

Muerte e infancia: del morbo instintivo al embrutecimiento

El negocio de informar se ha trivializado y encanallado tanto que poco a poco
destruye la función de los periodistas y arruina la credibilidad de los medios
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Artículo publicado en Contexto.
Infancia y muerte inspiran sentimientos tan fuertes como radicalmente distintos. Mezclar unos con otros es explosivo. Cuando un niño es víctima de un acto violento la conmoción es intensa, máxime si el homicida es un adulto. Pero si el niño es el victimario su víctima queda relegada automáticamente a un segundo plano, el menor acapara el protagonismo y, más que conmovidos, nos sentimos perturbados. Profundamente perturbados.
El hecho es tan extraordinario que nuestra mente necesita protegerse y formula mil y una preguntas. Sólo hay un modo de combatir esa malsana urgencia: razonar, de lo contrario inventamos respuestas porque la necesidad de encontrar una explicación es natural, poderosa y peligrosa.
Los periodistas también.
Aunque logremos aplacar los efectos de ese “trastorno” emocional, es casi imposible matar la curiosidad que alimenta la suma de muerte e infancia. Por eso, tras escuchar o leer el primer flash sobre el suceso, todos nos lanzamos en busca de respuestas vía radio, televisión e Internet, y si había alguien con quien compartir la angustia la conversación fluía sin esfuerzo, tanto para intercambiar datos como hipótesis.
El pasado lunes, nadie —salvo una exigua minoría que no viene a cuento analizar— fue capaz de digerir a palo seco el hecho de que un niño hubiera dado la muerte a un adulto. Todos necesitábamos un relato
En este como en sucedidos similares, si carecemos de datos, o si los disponibles son escasos, tendemos a imaginar lo ignoto para hilar los retazos que conocemos, estirando los significantes y los significados tanto como podemos.
Reconozcámoslo o no, el suceso no sólo nos ha perturbado, también ha despertado el ancestral e instintivo morbo.
Los periodistas también.
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Hay asuntos y hechos que siempre
concitan interés, máxime
si hay niños implicados
Lo malsano es atractivo y si se hace público
es contagioso y comercializable
La Real Academia Española otorga al término morbo dos acepciones básicas: primera, el interés malsano por las personas o las cosas, y, segunda, la atracción que en mayor o menor grado sienten todos los individuos por los acontecimientos desagradables.
En rigor, es un dos en uno.
Hay dos aspectos, actos o momentos de la vida humana que producen elevadas dosis de morbo: la muerte y el sexo.
En el caso de las muertes violentas que no nos afectan sentimentalmente (al igual que con la sexualidad ajena) el interés por conocer los detalles deriva fácilmente en entretenimiento, incluso puede llegar a propiciar divertimento. Pero tanto si caemos como si no en la curiosidad más trivial e insensible, siempre hay un motor: la natural curiosidad con dosis más o menos elevadas de morbo.
Los periodistas también.
El morbo es la calidad de lo obsceno: ob, hacia, y caenum, suciedad; aunque hay otra versión para el origen etimológico de la palabra: ob y scenum, escena. Ambas son útiles para reflejar las dos actitudes que el pasado lunes adoptaron casi todos los ciudadanos.
Hubo quienes se sintieron más atraídos por la llamativa “suciedad” del episodio, en tanto que otros optaron por acercarse lo más posible al escenario y sus protagonistas para obtener datos y comprender lo ocurrido. Pero tanto en unos como en otros el motor era la necesidad de construir el relato.
Los periodistas también.
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La intimidad es obscena y si se hace pública,
escandaliza y despierta interés
El morbo que despiertan el sexo y la muerte tiene aliados. El sexo acostumbra a reforzar sus atractivos con perversiones, con prácticas que sean o parezcan singulares, novedosas; en tanto que la muerte es asociada con otro instinto que el homo sapiens no puede (¿o no quiere?) controlar: la violencia.
[Inciso: entre los avances culturales no figura la sincera admisión de que la muerte forma parte de la vida]
Por si fuera poco, esos dos grandes tópicos, el sexo y la muerte, comparten un acicate: son aspectos, actos o momentos radicalmente privados. Sentir y disfrutar del amor o afrontar la muerte constituyen un bien y un reto íntimos.
¿Acaso hay algo que ilustre mejor la esencia de la vida del hombre que verse obligado a afrontar la muerte sabiendo que el yo, la mente, deberá cubrir ese trance en la más absoluta intimidad?
La muerte nos hace gritar en silencio desde mucho antes de encontrarnos con ella.
Lógico e inevitable que cuando una muerte aflora por excepcional, sea cual sea la causa, se convierta en un acontecimiento escandaloso, impúdico, obsceno… ¡morboso!, lo cual produce “placer” a numerosas personas porque les permite disfrutar de su instinto de forma colectiva, sin disimular ni esconderse.
Los periodistas también.
¿Cómo evitar, entonces, que los periodistas se dejen llevar por la pulsión y los medios aprovechen comercialmente la ocasión?, ¿cómo evitar que la morbosa mezcla de infancia y muerte sea utilizada premeditadamente para vender el espectáculo que reclaman miles de individuos como entretenimiento y para satisfacer el deleite morboso que proporciona entrar en la intimidad de los otros?
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La historia certifica la rentabilidad del amarillismo
Habitualmente, cuando se plantean esas preguntas salen a colación episodios históricos del amarillismo o sensacionalismo, empezando por la pugna comercial y conceptual que libraron Pulitzer y Hearst para auspiciar el intervencionismo estadounidense en la Cuba de 1898 y vender ejemplares, por supuesto; o se alude, por poner ejemplos harto conocidos, al semanario El Caso, o se recuerdan las primeras planas que agarran por la solapa a los potenciales compradores exhibiendo mujeres escasas de ropa, los rostros de los deudos de los fallecidos en el avión de Germanwings, o la foto de una patera repleta de desheredados que ilustra la frase de un político que promete cerrar el cementerio del Mare Nóstrum.
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Los códigos deontológicos se han convertido en cuchillos de doble filo
Otro clásico cuando se debate qué hacer con el morbo lo constituyen los códigos deontológicos, esos textos que los ingenuos, los bienintencionados y también los periodistas vocacionales confiaban (confiábamos) en que serían útiles para reducir no sólo el morbo, sino también la mentira y la manipulación.
La ausencia de sentido de colectividad (el yoísmo), unida a las necesidades o ambiciones económicas de las empresas y de no pocos “mandos intermedios” han demostrado (con o sin crisis) que los compromisos carentes de obligatoriedad legal son tigres de papel; en clave occidental: el papel puede con todo por increíble o inaplicable que sea lo escrito.
De un tiempo acá, la trivialización en sus múltiples formas y las mentiras (cada vez peor disimuladas) han alcanzado tal profusión que incluso ya hay quienes plantean legislar para limpiar tanta basura.
El debate, pues, es interminable. Lo cual, por sí mismo, no sólo refleja la complejidad del asunto sino también la abundancia de trabas (casi todas de origen económico-empresarial) que interrumpen e incluso bloquean avanzar en la procura de soluciones.
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Este periódico es "muy completo", no sólo difunde
medias verdades y falacias, también morbo
La patronal sonríe y las asociaciones
de la prensa ofrecen cursos de "coaching"…
A estas alturas está demostrado que las empresas, con los grandes grupos al frente, observan desde la distancia el deterioro del otrora noble negocio de informar; más claro: “sonríen” ante las críticas y no les preocupan ni poco ni mucho el morbo ni las demás taras mientras sus canales de televisión sigan ganando audiencia, se recupere la publicidad en la radio y los réditos políticos en prensa se mantengan en grado razonable, por este o parecido orden de prioridad.
Al otro lado de la calle, las asociaciones de la prensa todavía no han sido capaces (o no han querido) renunciar a las actitudes “quedabién” que heredaron de lo que fueron: el sindicato vertical del franquismo encargado de lubricar las relaciones empresa-periodista (amén de ejercer controles varios).
Los colegios profesionales, cuya labor técnico-profesional es encomiable, han sido arrinconados y ninguneados (siempre de forma sutil y con sonrisas) por los poderes económico y político, que ya se encargaron de que las leyes y normas parcelaran con rigor “penitenciario” las competencias de los colegios, como si trabajar información fuera equiparable a producir tuercas o servir el menú del día [aviso para los tiquismiquis: todos los oficios son honorables, pero una tuerca, un plato de macarrones y una pieza informando de la marcha de la Bolsa o de un partido de fútbol requieren saberes y tratamientos legales diferentes].
Así las cosas, en tanto los poderes económico y político sigan contentos con lo que hay y los profesionales se mantengan en la sala de espera sin hacer “ruido”, la única solución real para poner coto al morbo y a las demás taras es la vergüenza personal y la capacidad de razonar de cada periodista; lo cual poco da de sí, salvo que entre estos sean cada vez más los que exijan a las entidades profesionales y a los sindicatos [obviamente no me refiero a los que organizan cursos de coaching y practican con sobresaliente asiduidad el noble deporte de homenajear] que hagan lo que deben: denunciar sin atenuantes “políticamente correctos” la difusión de mentiras, manipulaciones, propaganda disfrazada y piezas morbosas.
De lo contrario, si ninguna entidad ni estamento dice ni hace nada ante la publicación en primera plana de La razón de la foto del niño de la ballesta —poco importa que la imagen esté pixelada—, llegará un día en que los críticos de la ley de información aprobada en Ecuador se verán obligados a reconocer que en ocasiones esa es la única solución.
La práctica del periodismo en España va camino de hacer necesaria una ley, pero no para recuperar el periodismo —que pese a todo sigue vivo—, sino para recuperar la decencia colectiva de los periodistas… y con ella la credibilidad de los medios.

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