21 junio 2015

Han transcurrido 200 años y de Waterloo sólo recuerdan la derrota de Napoleón

El bonapartismo intentó salvar el Antiguo Régimen pero los reyes y la mayoría
de los aristócratas era tan soberbios e idiotas que no sabían leer la Historia
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Por estas fechas de hace ahora dos siglos se inició la agonía política de Napoleone di Buonaparte Ramolino, que justo al empezar el verano de 1815 regresó a París tras ser derrotado militarmente en la batalla de Waterloo por los ejércitos de la llamada Séptima Coalición.
Las armas pusieron fin a un episodio histórico que primero en Francia y luego en el resto de Europa es conocido como el de los Cien Días, los que median entre el 20 de marzo —cuando Napoleón I pisó suelo continental en Antibes procedente de la isla de Elba, donde había sido obligado a exiliarse— hasta el 28 de junio, fecha en que tuvo que abandonar definitivamente el poder.
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[Inciso: Córcega, cuya población tenía entonces cultura y lengua propias, aunque con fuerte influencia italiana (el corso es una variante del toscano), se convirtió en territorio de soberanía francesa en 1768, sólo un año antes de nacer el hijo de Carlo Buonaparte y María Letizia Ramolino el Reino de Francia compró la isla a la ya decadente República de Génova]
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El penúltimo capítulo
de la biografía de l’empereur 
La batalla de Waterloo tuvo prolegómenos, el primero se produjo el 15 de junio de 1815, cuando las reconstituidas tropas imperiales expulsaron de Charleroi a una avanzadilla del ejército prusiano.
Fue el primero de los enfrentamientos previos al postrer combate que libró Napoleón Bonaparte, que pese a la inferioridad numérica de su ejército (73.500 franceses frente a 122.000 movilizados por las monarquías aliadas) estuvo a punto de humillar al general prusiano Gebhard Leberecht von Blücher, príncipe de Wahlstatt, y al aristócrata irlandés Arthur Wellesley, más conocido como duque de Wellington.
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[Arthur Wellesley era hijo de un noble irlandés anglófilo, el conde de Mornington (Dublín). El título fue heredado por su primogénito, en tanto que el benjamín, Arthur, accedió al ducado por el que sigue siendo recordado como premio por los éxitos políticos y militares logrados para bien de la corona inglesa]
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De la "muerte" de 1814
a la "resurrección" de 1815
Napoleón vivió los once meses más plácidos de su vida en el dorado retiro que le fue impuesto en virtud del Tratado de Fontainebleau (11 de abril de 1814), en el que Austria-Hungría, Prusia, Rusia y los representantes galos obligaron a Bonaparte a renunciar a sus coronas y al cetro imperial, dignidades y dominios que fueron sustituidos por un señorío geriátrico: el reino de la isla de Elba.
Los gobiernos de esas tres poderosas monarquías temían tanto los potenciales efectos de la popularidad de l’empereur entre los franceses —sobre todo entre las clases populares y las pujantes burguesías de casi todas las ciudades, incluida París— que los vencedores teóricos de las guerras napoleónicas exigieron que Bonaparte fuera apartado no sólo políticamente, sino que además fuera alejado físicamente de Francia. 
La solución pergeñada fue convertirlo en rey de una isla, un retiro de lujo que suponía el reconocimiento implícito de la grandeza del personaje, pues el señorío de Elba sería mantenido con cargo al erario francés y el monarca podía disponer de una plantilla de 400 "funcionarios".
Matar o someter a l'empereur a un procedimiento "penal" era impensable, so pena de generar una revuelta de consecuencias imprevisibles. Todo valía con tal de evitar situaciones incontrolables. Se trataba, pues, de destruir la natural ambición del “revolucionario” corso de forma galante, apartarlo de la vida política centroeuropea y, no menos importante, alejar al ídolo de su público: los franceses.
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El gran éxito de los nobles ignorantes, soberbios e idiotas
Los monarcas europeos, convencidos de haber obrado con inteligencia, se olvidaron de todo lo demás... también de que la descomposición de la aristocracia como clase dominante seguía avanzando y que Bonaparte había sido el que mejor lo había entendido, el que estaba mejor asesorado al respecto y el que mejor había intentado paliar esa desgracia.
Estos días, al conmemorar los 200 años de Waterloo, entre los textos que he leído (exactamente, veintisiete) han sido muy pocos los articulistas que han reseñado —ninguno en los "grandes" medios— que los criterios de gobernación y las prácticas administrativas aplicadas por los bonapartistas en Francia y en los territorios conquistados, así como el propio fin del imperio francés contribuyeron a desenmascarar la debilidad de las monarquías, las pamplinas de los aristócratas, la generalizada ignorancia de los siervos y la incapacidad "natural" del Antiguo Régimen para corregir su inanidad ante el devenir de las cosas y de la vida.
Tanto la derrota de unos como la victoria de los otros en Waterloo otorgaron mayor peso e influencia política a la miseria que padecían los europeos… y al día siguiente empezaron a oler mal o peor todas las monarquías del Viejo Continente.
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Espejismos de anteayer cuyas enseñanzas
todavía son válidas hoy 
Los franceses creyeron recuperar la gloria cuando Napoleón zarpó de Elba, desembarcó en Antibes y llegó a París, donde fue recibido en loor de multitud.
De modo similar y en virtud de otro espejismo, cien días después de la ensoñación francesa vivieron similar entusiasmo cientos de miles de austriacos, ingleses, prusianos, rusos y demás pueblos europeos, convencidos de que el fin de Napoleón abría un futuro de paz y prosperidad para todos...
¡Así eran y así siguen siendo los entusiasmos de estilo medieval!
Erraban. Las monarquías del Antiguo Régimen eran zombis. Estaban muertas. El poder de los aristócratas y de sus representantes estaba minado por una nueva clase emergente que emplazaba a los monarcas y nobles a renunciar a sus privilegios más infames; aunque no a todos.
Los reyes y aristócratas que se empeñaron en seguir anclados en el medievo fueron laminados uno tras otro, algunos antes de Waterloo y casi todos unos años después. Sólo sobrevivieron los que aprendieron la lección: la Historia puede "demorarse", pero no se detiene.
Eso ocurrió precisamente en Francia, donde la monarquía fue restaurada tras la caída de Napoleón, pero carente de apoyos sólidos, fue dando tumbos e incapaz de superar la prueba sólo quince años después el tercer monarca posbonapartista, el absolutista y autoritario Charles X de Bourbon, intentó amañar unas elecciones para no perder la corona, fue descubierto y aunque porfió alegando que todo cuanto hacía era por el bien de Francia, el descrédito fue tal que fue obligado a abdicar.
Resumiendo: en 1830, los franceses dijeron definitivamente adiós rey, hola república.
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Rememorar con rigor Waterloo exige ir más allá de la derrota militar
Durante el siglo XIX las paradojas políticas fueron norma. Waterloo fue una de las primeras y una de las más sonadas debido a las contradicciones que desnudó, destacando esta: la aristocracia —la clase dominante conformada durante el medievo— se puso al frente de las fuerzas y movimientos que derrotaron al que muy probablemente fue el más inteligente de los servidores del Antiguo Régimen, uno de los pocos que había “leído” los hechos con visión de futuro y el único que intentó adelantarse a la apisonadora de la Historia, que con mayor o menor celeridad y contundencia estaba finiquitando los restos del feudalismo en todos los países europeos.
Los bonapartistas entendieron que el Antiguo Régimen debía sumar fuerzas incorporando a la pujante burguesía a las estructuras de poder, siquiera formalmente; de lo contrario los reyes y la nobleza estaban condenados a perder mucho más que su preeminencia política.
Intentaron modernizar las estructuras de poder y lo hicieron con éxito probado en numerosos aspectos [el auge de la Ilustración aportó toneladas de oxígeno intelectual, por ejemplo]; pero los bonapartistas y los modernizadores de la élite fueron denostados —incluso en la propia Francia— por muchos de los que en rigor debían haber sido sus "compañeros de viaje".
Casi todos los coronados europeos demostraron ser políticamente idiotas y los hubo que tardaron décadas e incluso una centuria en aprender la lección. De hecho, algo más de un siglo después de Waterloo, en 1931, un pariente lejano del borbón Charles X, Alfonso XIII, seguía sin aprobar la asignatura de la modernidad... por eso estaba España como estaba, todo sea dicho.
Los aficionados a la estrategia militar recuerdan con lógico interés la batalla de Waterloo —donde el genio de Napoleón estuvo falto de reflejos, según dicen los entendidos en esa disciplina—, pero resulta chocante que sesudos columnistas recuerden Waterloo sin ir más allá... ni más acá. Una pena.

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