31 julio 2015

Los hijos de Hearst odian la Red

Artículo publicado en CTXT
Numerosos medios convencionales —sobre todo los que acusan con mayor impacto los efectos del cambio de paradigma, los impresos— se han aficionado a difundir informes, estadísticas y opiniones para popularizar una consigna: las redes sociales (y con ellas internet) dan cobijo a todo tipo de bulos y falacias.
Los impulsores de esa campaña “comercial” y permanente incurren en una perversión, amén de otros defectos más onerosos: equiparan el intercambio de datos u opiniones entre personas con el negocio de informar.
Al reconocer que compiten con los ciudadanos que se comunican vía Twitter, WhatsApp, YouTube, Facebook, Google+, Tumblr, Instagram u otras plataformas, los medios que participan en esa campaña demuestran no tener una idea cabal de lo que son las redes sociales, ni tampoco parecen entender el extraordinario rol que juega internet.
Más claro: implícitamente, admiten que sus medios carecen de interés y son prescindibles; peor todavía: también admiten que quienes tienen acceso a la Red pierdan el interés por leer el periódico, escuchar la radio o atender a la televisión.
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Viñeta de J·R·Mora
Las obsesiones propician
que las mentiras parezcan verdades
¡En internet y las redes sociales casi todo son bulos, medias verdades y mentiras!, gritan enfurecidos.
Esa campaña es tan burda que obliga a recordar que los medios de masas son los menos indicados para alertar contra bulos, las medias verdades y las mentiras, pues fueron y son ellos los que facturan los bulos más fantasiosos y las mentiras mejor elaboradas.
Salvo honrosas excepciones, la mayoría de los medios convencionales alardean de independencia, objetividad y asepsia ideológica; llegando al extremo de que cuando hay elecciones se erigen en guardianes de la pureza democrática aunque estén machacando a tal o cual candidatura.
¡El pozo de bulos, medias verdades y mentiras está en la Red!, se desgañitan con vehemencia religiosa, como si esos vicios los hubieran creado internet y las plataformas que han multiplicado exponencialmente la capacidad de comunicación personal y colectiva.
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Están convencidos de que sólo ellos tienen derecho a informar y opinar
Casi 120 años después de que los periódicos de Randolph Hearst envenenarán a los norteamericanos para declarar la guerra a España con la finalidad de convertir Cuba en el patio trasero de Estados Unidos, todavía es necesario recordar que los primeros y los más grandes maestros en el arte de engañar y manipular a millones de ciudadanos fueron (y son) los medios de comunicación de masas; los cuales, por cierto, también operan a través de la Red.
Numerosos propietarios de medios están convencidos de que sólo ellos tiene derecho a informar y opinar, motivo por el que les inquieta y obnubila el abaratamiento de la emisión y recepción de información, conocimientos y entretenimiento que ha provocado internet.
Esos empresarios (y los periodistas a los que han confiado sus negocios) ignoran (o se niegan a aceptar) que los miles de colectivos y millones de ciudadanos que participan en las redes sociales no causan daños relevantes al negocio de informar. Obsesionados con el demonio que habita en internet, ni siquiera admiten que los lectores de periódicos que han dejado de comprar el diario lo han hecho porque en la Red obtienen más y mejor información, o sencillamente porque el diario que acostumbraban ha perdido calidad, contenidos o ambas cosas…
Para colmo de absurdos casi todos los fabricantes de periódicos regalan su producto a través de la Red. Incongruencias mil.
Desprestigiar a las redes sociales y a internet revela simplismo “comercial” e incapacidad para acometer el inevitable tránsito, o bien es la venganza de quien sabiéndose condenado a morir se ha resignado y no sabe o no quiere hacerlo con dignidad.
Los editores y periodistas que odian internet no dieron el paso que debían hace ya quince años para preguntarse qué hacemos para sobrevivir en el nuevo escenario. Y hacerlo.
Así las cosas, acaban emulando a Hearst y recrean la realidad; por ejemplo, sustituyendo el “Maine” por el euro y a la España de 1898 por la Grecia de 2015.

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