23 abril 2016

Macedonia está más cerca de la guerra civil que de ingresar en la UE

La oleada de desplazados que ha provocado el yihadismo armado en el Oriente Próximo no solo constata la nueva esencia política de la Unión Europea (UE) y la baja estofa de la mayoría de los Veintiocho, sino que además desnuda males en la región de los Balcanes que parecían superados o camino de serlo. El paso de los refugiados ha dejado al descubierto que en Bulgaria crecen la xenofobia y el fascismo, desmintiendo a quienes a finales de los años noventa construyeron la teoría de que la economía era el único escollo para que ingresaran en la UE ese y otros países de la región.
Tras Bulgaria, estos días es noticia Macedonia.
A primeros de mes quedó demostrado que Bruselas cierra los ojos ante las acciones inhumanas que se practican en un país socio, Bulgaria, donde además hay autoridades locales y ministros que justifican a los racistas, y esta semana merece atención el polvorín macedonio, país invitado a ingresar en la UE en el que la temperatura social y política aumenta desde hace ya más de un año debido al autoritarismo gubernamental (el Estado de Derecho se ha quebrado) y a la generalizada corrupción, tan extendida está que el partido vencedor de los últimos comicios carece de legitimidad debido a las dimensiones del fraude electoral que se perpetró y del que hay pruebas recabadas por funcionarios de los cuerpos de seguridad.
La deslumbrante Europa del euro no solo acumula desajustes financieros y económicos, también van a más las tensiones sociales internas [la miseria y la depreciación del trabajo pasan factura en casi todos los países socios con mayor o menor intensidad] y las externas.
A los enquistados conflictos del Cáucaso en Abjasia, Chechenia, Osetia y Nagorno Karabaj se han ido sumando otros gracias a la ineficacia y/o la inhibición (¿o será por interés?) de los “grandes” de la UE: tensión permanente en Chipre, Moldavia-Transnistria, Ucrania; inseguridad jurídica y deriva antidemocrática en Hungría y Polonia, racismo social en Bulgaria y una bomba de relojería en Macedonia… entre otros dislates y desajustes que se agravan a cada día que pasa.
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¿Se han despistado, se lavan
las manos o quieren que reviente? 
El despiste o el lavado de manos de la UE en el caso de Macedonia refleja la pérdida de credibilidad de Bruselas y peor todavía: certifica la perdida de utilidad de las instituciones comunitarias, pues ni siquiera son capaces de influir con efectividad en un país que negocia su ingreso en la Unión.
Tal como recordaba hace unos días el muy respetable The economist, Macedonia ha sumado a sus graves problemas internos la circunstancia de haberse convertido —junto a Grecia y en menor medida Bulgaria y Hungría— en parte del colchón existente entre las decenas de miles de humanos que huyen de la guerra y la desequilibrada sociedad del euro-bluf y del trabajo barato.
Varios cientos de miles de asiáticos (en su mayoría sirios e iraquíes) malviven en Grecia prestos a seguir hacia el oeste. Macedonia era y es la puerta más directa, pero su frontera está blindada: policías, soldados, perros, gases lacrimógenos y según los testimonios, también palizas y a veces disparos.
Esa situación genera temores que contribuyen a encanallar todavía más la explosiva situación del país, donde desde hace varios meses hay quienes hablan y escriben de la “necesidad” de organizar un golpe de Estado dulce (a la ucraniana) para poner orden, naturalmente... como siempre.
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La corrupción es norma y para colmo, las elecciones fueron amañadas 
El deterioro es profundo y sigue al alza desde que el año pasado trascendió el contenido de escuchas telefónicas grabadas por funcionarios demostrando que en los últimos comicios hubo fraudes electorales, amén de revelar casos de corrupción en las altas esferas con varios crímenes asociados.
Desde entonces (febrero de 2015) Macedonia se desliza por una pendiente, ahora aceitada con el drama de los refugiados y los temores que genera, lo que que a su vez alimenta todos los miedos ya acumulados más los creados por la actitud de Bruselas.
En un intento de calmar pasiones y evitar una explosión social, la UE envió negociadores para demostrar que el proceso para el ingreso de Macedonia en la Unión seguía adelante. La presencia de los negociadores-pacificadores propició que el Gobierno y la oposición pactaran varias medidas urgentes y fijaran fecha para unas elecciones anticipadas, que en principio deberían celebrarse el próximo 5 de junio.
Pero desde el martes de la semana pasada (12 de abril) casi nadie confía en que los comicios se celebren porque el presidente Gjorge Ivanov ha anunciado que es imposible cumplir uno de los compromisos capitales del pacto: esclarecer los delitos revelados por las escuchas.
Sin rodeos: Ivanov no quiere (o no le permiten) cumplir aquel pacto porque supondría el encarcelamiento de 56 de sus compañeros de partido implicados en los hechos.
El conflicto se vive desde hace meses en las calles de las principales ciudades y de la capital, Skopje, con la participación activa de decenas de miles de ciudadanos. El anuncio de Ivanov ha echado más leña al fuego.
Salvo que la UE sufra una epifanía y actúe como corresponde a quienes alardean de ser garantes de la seguridad en Europa, los más probable es que la solución al conflicto macedonio sea diseñada en las calles, lo cual es peligroso porque acostumbra a rematar como en Kiev, con un golpe de Estado mal disimulado y más o menos sangriento.

Una nación de la que en rigor
solo ha sobrevivido el idioma 
La República Socialista de Macedonia, integrada en la República Federativa Yugoslava, se proclamó independiente en 1991 con el nombre de República de Macedonia.
Lo ocurrido entonces refleja que la moderna Macedonia es en cierto modo un invento, dicho esto sin ánimo ofensivo ni peyorativo.
Grecia se opuso y se opone a que la ex república socialista se denomine Macedonia básicamente por un motivo: en torno al 85 % del territorio de esa vieja nación forma parte de la actual Grecia.
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[Una vez roto el vínculo con la federación yugoslava y proclamada la independencia, el reconocimiento internacional del nuevo Estado sufrió un notable retraso debido a la iniciativa política y jurídica de Grecia de impedir que las autoridades de Skopje usaran oficialmente el topónimo Macedonia. Atenas alegó (y alega) que Macedonia es una denominación de origen helénico (¿?) y "propiedad" griega.
Tras una larga y frustrada negociación Grecia impuso su tesis, Naciones Unidas admitió que la Historia avala la argumentación helena y reconoció el nuevo país en 1993 con la denominación provisional pero todavía vigente de Antigua República Yugoslava de Macedonia.
Macedonia es conocida oficialmente por las siglas en inglés FYROM (Former Yugoslav Republic of Macedonia) en casi todas las instituciones y organismos internacionales, también en la Unión Europea.
Pero a pesar de los esfuerzos helenos, ya son más de medio centenar los Estados que reconocen oficialmente la denominación República de Macedonia, aunque ninguno es comunitario. De hecho, Atenas ya advirtió en 1993 que bloquearía todo tipo de acuerdos entre Skopje y Bruselas en los que se emplearan denominaciones distintas a la correspondiente a las siglas FYROM. El asunto, aparte de semejar un sainete, tiene más enjundia de la que parece y hondo significado]
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Reverso de una tetradracma de plata emitida por la
administración imperial de Alejandro Mango en la que
figura un jinete macedonio que ataca a dos guerreros
indios montados en un elefante. La moneda fue
acuñada en Babilonia en el año 326 aC para
conmemorar la victoria sobre las tropas del
general Poros, al oriente del río Indo.
El rey macedonio Alejandro Magno “exportó”
los valores y criterios de la que consideraba
su cultura, la griega —no la macedonia—,
hasta la actual India.
Casi un tercio de los ciudadanos son
de fe islámica y cultura albanesa 
El 64 % de los ciudadanos de Macedonia están catalogados como pertenecientes a la vieja etnia macedonia [el resto se reparte así: 29 % de albaneses; 3,7 % asiáticos (casi todos turcos); 2,7 % romaníes (o gitanos) y el 0,5 % restante son arrumanos, serbios, búlgaros y griegos], civilización cuyas primeras evidencias históricas datan del siglo V aC.
La tasa de 64 % de macedonios obedece a criterios político-administrativos, no antropológicos ni étnicos. Las tribus macedonias habitaban prácticamente en su totalidad en el norte de Grecia, nación esta en la que se acabaron integrando hasta el extremo de perder su identidad y prácticamente todos los usos y costumbres.
Sin embargo, lo poco que quedaba de la cultura macedonia y el que empezaba a ser un idioma constituyeron el cemento que cohesionó a las sucesivas oleadas de migrantes (en su mayoría eslavos procedentes de las actuales Bulgaria y Serbia) que a partir del siglo VI fueron poblando las escasamente habitadas tierras de la actual Macedonia, en las que a partir del siglo XVII también se fueron afincando musulmanes procedentes de la costa adriática.
Los nuevos pobladores llegados de países eslavos (en su mayoría de religión cristiana) asumieron la lengua y las tradiciones imperantes en el territorio, en tanto que los macedonios de fe islámica y cultura albanesa llegados posteriormente no renunciaron a esas dos señas de identidad y todavía hoy las conservan, constituyendo una poderosa minoría que tiene peso sustancial en la vida económica y política, incluso existe un partido islámico con grupo parlamentario.
Los macedonios islámicos registran un crecimiento vegetativo superior a la media del país. Según los datos disponibles y si se mantienen las actuales condiciones y ritmos, al paso de 15 años uno de cada tres ciudadanos formará parte de ese colectivo. Actualmente, en vastas zonas del tercio occidental del país, incluidas una veintena de ciudades, los macedonios de fe islámica son mayoría holgada, habiendo comarcas y localidades en las que suponen prácticamente el 100 % de los habitantes.
El ejército del más famoso rey de Macedonia, Alejandro Magno (356 aC-323 aC), conquistó las tierras y domeñó las naciones que median entre el bajo Danubio y el río Indo, incluidos Egipto y el norte de la Península Arábiga, pero la cultura que él "exportó", la que consideraba propia y con la que se identificaba no era la macedonia, sino la griega.
El empeño de Grecia en impedir que Macedonia se denomine República de Macedonia a secas puede ser calificado de políticamente absurdo porque en el país heleno nada queda de esa ancestral nación, pero su reclamación tiene sólida base histórica, invita a la reflexión y relativiza las verdades con las que algunos adornan el concepto nación.

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