24 junio 2018

Tres gallegos desaparecieron en 1973 tras una "pelea de bar" con varios etarras

El esclarecimiento total de los hechos supondría con toda probabilidad
anular la declaración oficial de víctimas del terrorismo
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Poco antes de la media noche del sábado 24 al domingo 25 de junio de 1973, hace hoy 45 años, tres jóvenes gallegos —José Humberto Fouz Escobero, de 29 años; Jorge Juan García Carneiro, de 23 y Fernando Quiroga Veira, de 25— accedieron a la discoteca Lycorne, en Saint-Jean de Luz (Francia), en cuyo interior coincidieron con un grupo de militantes y simpatizantes de ETA. Los tres jóvenes, vestidos con chaqueta y corbata, fueron identificados erróneamente como policías españoles camuflados, por lo que los etarras les esperaron a la salida, en el aparcamiento, donde Fouz Escobero se enfrentó a quienes les insultaban y acusaban de ser policías de la dictadura.
Según la versión de los hechos más verosímil, uno de los etarras se abalanzó sobre el gallego y le propinó un botellazo en la cabeza que le dejó mal herido, hasta el extremo de que murió minutos o horas después a consecuencia del golpe, según unas u otras hipótesis.
Los etarras, que iban armados, maniataron a los tres gallegos, los introdujeron en dos o tres vehículos y los trasladaron a una finca ubicada en la localidad de Saint-Palais, donde tras ser interrogados en vano para que confesaran su pertenencia a la Policía Armada fueron asesinados para ocultar los delitos de secuestro y torturas ya perpetrados.
Tal es el relato general de los hechos que ofreció el periodista Alfonso Rojo en el semanario Crónica de El mundo, publicado en 2001, considerado el más verosímil, aunque nunca probado de forma fehaciente. En esencia, esas fueron las causas, las formas y los autores de la desaparición de Fouz, García y Quiroga, cuyos cuerpos jamás han sido hallados.
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Los relatos más verosímiles
coinciden en lo esencial 
La versión de Alfonso Rojo apenas difiere de la difundida 23 años antes por su colega Alfredo Semprún en el reportaje publicado en el diario ABC con fecha 26 de diciembre de 1973 —seis días después del atentado que costó la vida al almirante Carrero Blanco.
La diferencia más sustancial entre ambos textos radica en que Semprún presenta casi todos los hechos como probados amparándose en que habían sido confirmados por «fuentes de información de toda solvencia del País Vasco francés»; mientras que Rojo, más prudente, otorga a su relato la categoría de hipótesis —opino que altamente verosímil— basada en los escasos datos probados [la discusión y pelea en el exterior de un local hostelero de la localidad vascofrancesa y las declaraciones ulteriores de dos exetarras].
El relato de Semprún es sospechosamente rico en detalles pues, por ejemplo, precisa que el fallecimiento de José Humberto Fouz a resultas del botellazo en la cabeza se produjo minutos después del enfrentamiento y su cadáver fue tirado al mar, de modo que los interrogados y posteriormente ejecutados en Saint Palais con sendos tiros en la nuca realizados por el etarra Tomás Pérez Revilla —según afirma Semprún— fueron García Carneiro y Quiroga Veira.
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«Cuanto menos sepas, mejor»
Unos y otros, tanto todos los exetarras que se han pronunciado al respecto como los familiares de las víctimas, dan por cierto de forma general lo relatado en ABC, El mundo y otros medios porque apenas un año después del suceso, en 1974, el etarra Jesús María Zabarte Arregui fue interrogado al respecto y declaró que él personalmente había preguntado a Tomás Pérez Revilla, alias Hueso, por lo ocurrido y este le respondió: «Cuanto menos sepas, mejor».
Dando por cierto que el enfrentamiento y secuestro de los tres jóvenes gallegos fue perpetrado por etarras (entre cuatro y seis, según las versiones), el episodio acumula tantos interrogantes que las lucubraciones han sido abundantes y la imaginación de algunos periodistas, mayúscula.
Así, por ejemplo, Semprún afirmó que los tres jóvenes habían sido asesinados por los mismos etarras que seis días antes habían ejecutado en Madrid el atentado que costó la vida a Carrero Blanco, dándose la casualidad —según el periodista de ABC— que víctimas y victimarios habían coincidido en una cafetería de Saint-Jean de Luz próxima al cinematógrafo donde los tres gallegos habían asistido a la proyección de El último tango en París. Según ese relato, la discusión se inició dentro del local hostelero cuando uno de los gallegos se dirigió a los vascos para denostar que hablaran mal de España.
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[Los tres gallegos residían en Irún y habían viajado el fin de semana a Saint-Jean de Luz para ver la película protagonizada por Marlon Brando y Maria Schneider, cuya proyección estaba prohibida en España]
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La posibilidad de que los autores del preciso, laborioso y discreto trabajo que requirió el atentado de la madrileña calle Claudio Coello estuvieran seis días después del magnicidio en un local público de Saint-Jean de Luz despotricando en voz alta contra el régimen y se enzarzaran en una pelea con otros españoles que defendían el buen nombre de la patria es muy improbable, por no decir que increíble.
No menos “atractiva” y además trufada de datos políticamente mal intencionados fue la versión que unos meses después de ser publicado el texto de Rojo (2001) divulgó El Mundo TV en el reportaje emitido por Antena 3, titulado El crimen más oculto de ETA, en el que se deslizaba que los tres cadáveres habían sido enterrados en una finca de Saint-Jean de Luz que era propiedad de Telesforo Monzón, dirigente histórico del Partido Nacionalista Vasco que años después se unió al frente Herri Batasuna.
Los autores respaldaban esa indirecta acusación de complicidad contra Monzón en la declaración de un comunicante anónimo que se había autoidentificado con estas nueve palabras: «Alguien muy cercano a ETA en los años setenta». Los responsables del reportaje no ofrecieron imágenes (ni siquiera veladas) ni el audio de tan epatantes declaraciones.
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Nada de política, fueron asesinados
para tapar los delitos
de secuestro y torturas
Aunque el periodista Alfonso Rojo llegó a facilitar las identidades de los presuntos autores del crimen, entre los que figuraba el ya citado Pérez Revilla —asesinado por los GAL en 1984—, la Audiencia Nacional nunca recibió pruebas, ni siquiera indiciarias, que permitieran imputar a personas concretas, sin menoscabo de que todo indicara que los autores fueron muy probablemente varios etarras, tal como apuntaron las ya mencionadas declaraciones de Zabarte en 1974 y las de Mikel Lejarza, alias el Lobo, el infiltrado de la Policía en la cúpula de ETA, quien con motivo de la investigación realizada por el periodista José María Calleja y el profesor Ignacio Sánchez Cuenca —publicada en 2006 en El país— aportó la identidad de otro de los supuestos secuestradores y varios detalles, alguno escalofriante, como que a uno de los dos jóvenes torturados le arrancaron los ojos con un destornillador.
Los deudos de los tres desaparecidos han realizado varias campañas y llamamientos para recabar información que permita localizar los restos, pero por motivos jurídicos los implicados en el crimen callan porque la amnistía de 1977 sería de muy dudosa aplicación si los victimarios mataron cuando ya sabían que los secuestrados no eran policías: al no existir intencionalidad ni objetivo político —sino sólo tapar un trágico y absurdo error— se trata de una discusión entre dos grupos —nada importa porque empezó— que derivó en agresiones y asesinatos sin calificativos. Punto.
Por si fuera poco, el crimen se perpetró en Francia, cuya Justicia prescindiría de toda consideración política y, por descontado, la amnistía española sería inaplicable.
El temor a ser juzgados impide que el o los autores que sigan vivos revelen lo que ocurrió y/o el paradero de los cadáveres.
Reconocidos oficialmente como víctimas del terrorismo, con las indemnizaciones que esto ha supuesto, el dolor de las familias y amigos no es tanto por desconocer los detalles de la tragedia como por no haber podido dar digna sepultura a los cadáveres.
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NOTA: Los presuntos componentes del grupo de etarras que se enfrentaron y secuestraron a los tres gallegos, según las fuentes consultadas por los periodistas que investigaron el suceso, eran: Tomás Pérez Revilla, Prudencio Sodupe, Jesús de la Fuente, Ceferino Arévalo y Manuel Murúa.

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