En Túnez no se vive ninguna revolución. Se trata de una revuelta que pese a haberse generalizado, carece de dirección política y de objetivos concretos --salvo derrocar al dictador--. La elite tunecina es experta en sobrevivir, en enriquecerse y de momento conserva todo el poder; ahora todo apunta que sabrá esquivar inconvenientes, lavarse la cara y lo conservará.