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Primera matanza:
en la empresa
McCormick
El día 3, el anarquista August Spies pronunció una arenga ante unos 5.000 huelguistas, muchos de ellos empleados en la firma McCormick y propuso acudir en masa a las instalaciones de ese fabricante de maquinaria agrícola, cuyos trabajadores estaban en huelga desde hacía tres meses porque el propietario les había reducido el salario para financiar la construcción de una iglesia.
McCormick, prototipo del patrón de la época y modelo que siguen considerando adecuado los numerosos empresaurios que todavía quedan, había contratado pistoleros y esquiroles que le habían permitido mantener un notable ritmo de producción pese a la huelga; motivo por el que los varios cientos de huelguistas que siguieron el llamamiento de Spies se fijaron como objetivo central la paralización de la actividad.
Una vez reunidos los manifestantes delante del portón de acceso a McCormick, sonó la sirena de la fábrica, salieron los mercenarios contratados y se desató una batalla campal. Inesperadamente, compareció una compañía de la policía que nada más llegar y sin previo aviso disparó contra los manifestantes, causando seis muertos y un número indeterminado de heridos.
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[Esa es la cifra de la que hay más pruebas documentales, todas oficiales o de medios de información convencionales, si bien hay crónicas que hablan de 10, 12 e incluso de hasta 20 fallecidos. En cuanto a heridos por arma de fuego, las cifras van de 45 a 90. También hay noticia de que hubo cadáveres que fueron evacuados y enterrados clandestinamente, motivo por el que no constan en ningún cómputo periodístico, tampoco en los de los sindicatos y mucho menos en la documentación oficial, gran parte de la cual se perdió...]
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Ejemplar del Arbeiter zeitung
de fecha 4 de mayo de 1886
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Segunda matanza: en Haymarket Square
Apenas dos horas después de la agresión policial en los aledaños de la industria McCormick, los periodistas e impresores del periódico Arbeiter Zeitung, todos ellos militantes o simpatizantes del movimiento anarquista y en su mayoría de origen alemán, editaron y repartieron por la ciudad miles de ejemplares informando del suceso.
La frase inicial de la publicación decía: Trabajadores, la guerra de clases se ha iniciado. El texto finalizaba con el llamamiento ¡Tened coraje, esclavos, levantaos!, al tiempo que convocaba una concentración de protesta a las siete y media de la tarde del 4 de mayo, en el parque de Haymarket Square.
Con la intención de evitar una asistencia masiva y templar gaitas, el alcalde de Chicago salió al paso de la convocatoria asumiendo la cuota de responsabilidad de las autoridades locales por la actuación policial y anunció con premeditada solemnidad que la concentración estaba autorizada. Es más, el regidor acudió al acto [las crónicas no coinciden en la cifra de reunidos, que varía entre los 18.000 y los 25.000].
El acto terminó poco después de las nueve de la noche sin que se hubiera registrado ni un solo incidente. Sin embargo, apenas quince minutos después de finalizar el último parlamento, el inspector jefe de policía John Bonfield consideró que los asistentes tardaban demasiado en abandonar el parque y ordenó a los 180 agentes allí desplazados que cargaran contra los reunidos para evitar desordenes... ¿? El inexplicable celo de Bonfield fue el detonante de la revuelta de Haymarket.
Minutos después de iniciada la acción policial y en respuesta a la violencia de los agentes, estalló una bomba de elaboración casera que causó la muerte de un oficial e hirió a seis uniformados, cuyos compañeros echaron mano de las armas de fuego y dispararon a bulto.
No ha sido posible establecer el número exacto de muertos y heridos que desató la absurda acción ordenada por el inspector jefe, todos los intentos han sido vanos.
Tomando como base cuatro fuentes distintas, cabe apuntar como cifras más fiables las de 40 muertos y 250 heridos, prácticamente todos baleados.
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Estado de sitio y mentiras por doquier
El gobernador declaró el estado de sitio y durante varias jornadas se efectuaron decenas de registros y arrestos. Las autoridades afirmaron haber descubierto varios arsenales con abundancia de revólveres, explosivos e incluso ametralladoras, también dijeron que habían sido desmanteladas una fábrica de bombas y otra ¡de torpedos!... Ya entonces fue utilizado con profusión e insistencia el calificativo terrorista.
Según dijeron las autoridades y los medios convencionales, los periodistas que informaron de los hallazgos habían visitado personalmente dos «fábricas de terror» (textual) y sus correspondientes almacenes de armas, pero nunca fue publicada la ubicación de esas dos fábricas ni de los almacenes. Los periodistas, según narraron varios de ellos posteriormente, fueron llevados hasta las instalaciones con los ojos vendados y además fueron instruidos para que informaran sólo y exclusivamente de lo autorizado por el gobernador.
La prensa publicó descripciones de los refugios subterráneos indicando que se accedía a ellos a través de dos pasadizos secretos cuyas entradas habían sido habilitados en sendos inmuebles: ¿cuáles?, ¿dónde?... No hubo respuesta.
Nadie dudaba de que había obreros armados, pero tampoco nadie dudaba de que las autoridades, con la complicidad de loa prensa convencional, se había inventado numerosas patrañas hasta convertir en noticia creíble un rosario de falacias. Hubo periodistas que llegaron a aseverar que había pruebas documentales de que los sindicalistas preparaban una insurrección armada.
¿Quiénes son los instigadores de la violencia y de la revolución?, preguntaban retóricamente los cargos públicos y los columnistas de orden, y añadían ¿Quiénes son los instigadores de la violencia y de la revolución?, preguntaban retóricamente los cargos públicos y los periodistas amaestrados. Y al unísono contestaban: los anarquistas y los laboristas.
Los ácratas constituían el colectivo obrero mejor organizado y justificaban el uso de la violencia para proteger a sus militantes y a los participantes en las manifestaciones, amén de propinar palizas de escarmiento o para intimidar a esquiroles y empresarios significados por tratar a los trabajadores como esclavos.
Lo de la insurrección armada era una patraña tan evidente que años después la propia Administración reconoció que las instituciones y la prensa habían mentido con la finalidad de fomentar la prudencia social (= miedo + desconfianza) y para "justificar la excesiva violencia policial" (sic).
Tercera matanza:
la perpetrada por la Justicia
El 21 de junio de ese mismo año, 1886, mediante una instrucción tan acelerada como irregular en la que se incumplieron numerosos preceptos procesales, de los 31 anarquistas inicialmente imputados ocho fueron acusados y juzgados de todos los delitos habidos y por haber.
Tres fueron condenados a largas penas de prisión y cinco, a morir en la horca.
¡Sorpréndase!: Cuatro de los cinco ahorcados trabajaban en la prensa (tres periodistas y un tipógrafo).
Tardía reparación
oficial: el juicio
fue anulado siete
años después
El juicio y las extraordinarias por desmesurdas condenas causaron escándalo internacional, con especial repercusión social e institucional en Alemania, pues cinco de los ocho condenados eran ciudadanos germanos; otro era británico y solo dos, nacidos estadounidenses.
Siete años después de haber sido dictada la sentencia que había costado la vida a cinco personas, el juicio fue declarado nulo debido a su «irregular instrucción» (sic) y por haber sido probada la existencia de «pruebas manipuladas» (sic), lo que obligó a poner en libertad a los tres sindicalistas que permanecían encarcelados.
[NOTA: Tres años después de los sucesos de Chicago, la Internacional Socialista (la II Internacional) decidió que a partir de entonces el día 1 de mayo se celebrara el Día de la Solidaridad Internacional, tal fue la denominación aprobada.
No obstante, en los años veinte y treinta del siglo pasado se acabó generalizando, primero en Europa y luego en Asia y Latinoamérica, la denominación Día Internacional de la Clase Trabajadora, que en principio utilizaron tanto anarquistas como socialistas y comunistas.
Los terceros, a iniciativa de los bolqueviques, que acababan de conquistar el poder en Rusia, propiciaron una escisión y crearon la Internacional Comunista (la III Internacional), cuyo congreso fundacional se celebró en 1919 en Leningrado (hoy, San Petersburgo), capital política de lo que sería una novedosa confederación de Estados (la mayoría de ellos eran naciones con derecho a la autodeterminación) denominada Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).
Tras la segunda guerra mundial, a lo largo de las décadas de 1961, 71 y definitivamente en la de 1981, numerosos sindicatos --exceptuados los anarquistas-- de prácticamente todos los países del mundo, empezando por los de Occidente, asumieron explícita o implícitamente la supuesta inconveniencia de apelar al internacionalismo; en paralelo, los sindicatos mayoritarios (en especial los de inspiración socialdemócrata, en España la UGT) promovieron la retirada de vocablos referidos a la clase obrera.
Actualmente, en Occidente la denominación más habitual es un simple Día de los Trabajadores y cada vez es más habitual sustantivar la fecha y simplemente escribir o decir Primero de Mayo; nada de clases sociales ni de hermandades transfronterizas.
En Estados Unidos y Canadá hace ya más de setenta años, desde poco antes de la IIGM, que el 1 de mayo se celebra el denominado Día de la Ley.
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