30 mayo 2014

Hoy hace doscientos años que nació el "maldito" Bakunin

Era de buena cuna, culto, escéptico, curioso y pasional, pero sobre todo
amaba la libertad y renunció a la vida que tenía asignada por su origen de clase 
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Bakunin está considerado el padre del anarquismo, aunque lo cierto es que no fue el único que sementó la idea libertaria. Eso sí, fue el más popular de todos los que intentaron que la I Internacional fuera una organización de trabajadores al margen de proyectos políticos partidarios y totalmente independiente del Estado.
A estas alturas sería absurdo e inútil reabrir el debate entre marxistas y bakuninstas. Entre otras cosas porque quedó zanjado hace tiempo, exactamente en 1872 y, por ende, de forma poco elegante, con mentiras. Y desde entonces la mentira ha sido el arma preferida por quienes denigran a Bakunin y al anarquismo, pues identifican al padre, a los hijos y a sus ideas con la violencia gratuita.
La historia oficial es especialmente mentirosa con personajes muy concretos.
Por ejemplo, en España, todo el mundo ha sido instruido en la creencia de que en la Catalunya de las primeras décadas del siglo XX la Federación Anarquista Ibérica (FAI) mataba un empresario prácticamente cada semana, falacia a la que sin embargo rara vez se añade un "detalle" que está rigurosamente probado: los pistoleros contratados por los patrones mataban antes y a más personas.
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Contra el anarquismo, odio y poco más
Odiar a los anarquistas es una actitud "curiosa", por primaria y por ser casi ¡natural!, lo cual constata el éxito de quienes han construido las referencias históricas (o ahistóricas) y el panel de valores imperante.
Otro ejemplo que refleja esa actitud primaria: el último y el hoy más recordado grupo libertario que cogió las armas durante el franquismo, el Movimiento Ibérico de Liberación (MIL), jamás puso una bomba ni atentó contra personas. Sí, amable lector/a, el MIL nunca puso una bomba ni atentó contra personas y sin embargo, la imagen que se difundió y la percepción que todavía hoy persiste en un amplio sector de la sociedad es que Puig Antich, los hermanos Sugranyes, Garriga Pautuví, Pons Llovet, Soler Amigó o Rouillant fueron unos peligrosísimos desalmados que mataban por odio... Es mentira, pero ha calado.
Bakunin nunca defendió la insurrección armada como método para hacer la revolución social; no obstante, siempre fue consciente y subrayó que cuando un movimiento revolucionario se consolida, extiende y avanza el Estado, que tiene el monopolio de la violencia, hace uso de la ella.
Es decir, Bakunin reconocía que si el Estado recurría a las armas para reprimir una hipotética rebelión generalizada, en ese caso la violencia sería inevitable [también la justificaba para defender manifestaciones y actos de protesta de posibles agresiones en períodos no revolucionarios], pero nunca auspició el uso de la violencia por norma, ni tampoco justificó ni organizó acciones para que una vanguardia tomara el poder por la fuerza de las armas. 
En fin, la historia que aprendemos no siempre es Historia.
Mucho se ha hablado y escrito del Bakunin violento, que lo fue solo puntualmente y en episodios insurreccionales como el de Dresde, donde la violencia sustituyó a las palabras de los unos y de los otros.
Y en cambio, ¡qué poco se habla y se escribe de la personalidad filosófica y política del revolucionario!, como sindicalista y socialista de primera hora, como filósofo de actitud escéptica, o como ateo por mor de su insobornable racionalidad.
Las críticas a Bakunin son por lo general urgentes, como para salir de un apuro y, para colmo, en numerosas ocasiones son subjetivas y su figura es utilizada para defender todo lo contrario de lo que representa: ¡Qué obsesión la de quienes visten su egoísmo difamando a Bakunin! 
En su 200º aniversario sigue siendo el personaje preferido para, exagerando o inventando defectos, difundir tergiversaciones ideológicas del anarquismo y reforzar las falacias que nos dejó de herencia el Antiguo Régimen.
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Criado en la placidez, rechazó apoltronarse como funcionario  
Mijaíl Aleksándrovich Bakunin (30 mayo 1814, Pryamújino, Rusia – 1 julio 1876, Berna, Suiza) era hijo de un matrimonio de clase alta de la provincia rusa de Tver. Su padre incluso lucía título nobiliario. Criado en el seno de una familia adinerada, de fe cristiana ortodoxa y defensora de los valores y del orden social zarista, Mijaíl disfrutó de una infancia cómoda, aunque avinagrada por el autoritarismo del padre.
Al igual que numerosos adolescentes de la nobleza de provincias, con solo 14 años Mijaíl fue matriculado en la llamada Universidad de Artillería, ubicada en Preobrazhénkoye (proximidades de Moscú), donde fue educado bajo estricta disciplina castrense y formado como futuro oficial del Ejército.
Una vez finalizada su instrucción y tras dos años de cierta molicie en la que su actividad profesional consistía en poco más que lucir uniforme, aparte de leer [Mijaíl devoraba libros], a los 20 fue nombrado oficial de la Guardia Imperial y destinado a Minsk, prestando servicios también en Grodno [ambas ciudades están en la hoy independiente ex república soviética de Bielorrusia].
A pesar de la presión que ejerció su padre para que hiciera carrera como militar o accediera a una plaza de funcionario, Mijaíl permaneció en la milicia poco más de año y medio y en otoño de 1935, también en contra de la voluntad del padre, se mudó a Moscú para estudiar Filosofía.
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Filosofía, la puerta de la realidad
Escéptico por ser de naturaleza curiosa y antiautoritario por reacción ante quienes pretendían controlar su destino, Bakunin entabló amistad con varios jóvenes de la clase alta que formaban parte de un grupo de ex universitarios moscovitas que eran harto singulares porque, entre otras peculiaridades, criticaban al Zar y a su gobierno, aunque no tanto como para pasar a la acción, limitándose a manifetar su apuesta teórica por democratizar las instituciones y modernizar las estructuras sociales y económicas del país.
Bakunin acabó integrándose en un colectivo liderado por Nikolái Stankévich, un cuarentón que escribía versos de calidad mediana; pero no fue esa faceta la que lo había convertido en un personaje popular en círculos burgueses, sino que destacaba como polemista y sobre todo por ser un excelente conocedor del pensamiento y de la idiosincrasia de la sociedad rusa, lo que le llevó a ser uno de los referentes de una corriente cultural e ideológica muy en boga entonces [y en gran medida recuperada tras la caída de la URSS] conocida como el "pensamiento social eslavófilo", cuyas tesis literarias, artísticas, filosóficas y políticas [trufadas de contradicciones] concitaron la atención de numerosos miembros del sector ilustrado de las clases medias y alta, incluidos algunos miembros de la nobleza.
Bakunin escuchaba, era una esponja, y en paralelo también por esa época descubrió y profundizó en Kant y Hegel, entre otros, y empezó a construir una visión del mundo más amplia, más crítica y poco a poco se interesó por el movimiento y las ideas de los socialistas utópicos. 
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Los viajes refuerzan la visión internacionalista
En 1842, Bakunin viajó a Berlín y París para conocer personalmente a dirigentes de los movimientos socialista y obrero de Alemania y Francia, donde estableció contacto con exiliados polacos, país este por el que siempre manifestó especial interés [su estancia en Bielorrusia, país vecino de Polonia, con la que siempre hubo estrechos vínculos sociales y culturales, influyó poderosamente en esa filia de Bakunin].
Su periplo europeo le llevó también a Suiza, donde se instaló, implicándose en la propagación del socialismo utópico. Durante la que fue su primera estancia en la Confederación Helvética recibió una requisitoria de Moscú para que regresara por motivos legales de raíz política, pero él se negó, por lo que las autoridades zaristas le confiscaran todas sus propiedades.
Tras el "robo político" de sus bienes, en 1848, Bakunin viajó a París y publicó un texto en el que criticaba sin ambages al régimen zarista, por lo que el Gobierno francés lo expulsó del país. El ruso se mudó a Alemania y al año siguiente participó en las movilizaciones en demanda de democracia que se desarrollaron en varias ciudades, siendo detenido en Dresde, donde la insurrección fue excepcionalmente amplia, las autoridades recurrieron a la violencia y los insurgentes otro tanto, lo que provocó la detención de los activistas que estaban catalogados como cabecillas del movimiento, entre los que figuraba Bakunin, y tras un juicio "pantomima" fueron condenados a muerte; no obstante, todas las penas capitales fueron conmutadas por la de cadena perpetua.
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Campo de concentración y fuga
En 1851, Bakunin fue entregado a las autoridades rusas para que cumpliera condena en su país de origen, donde fue encarcelado en la prisión de la fortaleza de Pedro y Pablo, en San Petersburgo, para seis años después ser trasladado a un campo de trabajo en Siberia.
Gracias a su buen comportamiento, el director del campo autorizó en varias ocasiones que Bakunin disfrutara de breves permisos y en 1861, con motivo de uno de ellos, ejecutó un premeditado plan de fuga para abandonar Rusia vía marítima, a bordo de un carguero del que desembarcó en Hakodate (Japón).
Semanas después viajó en un buque que cubría el trayecto Yokohama-San Francisco, donde tomó otro barco con rumbo Nueva York vía canal de Panamá.
Debido a sus actividades en Francia, Suiza y Alemania, máxime tras la condena a muerte que le fue impuesta en Dresde, Bakunin era uno de los impulsores del movimiento obrero y socialista más conocidos en los países industrializados, también en Norteamérica, por lo que en la ciudad neoyorquina fue recibido y atendido por varios líderes sindicales.
Ese mismo año (1861) Bakunin regresó al Viejo Continente y se instaló en Londres, si bien la mayor parte del resto de su vida residió en Suiza.
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Fronteras resquebrajadas, pero solo un poco
Los contactos cada vez más habituales que mantenían los dirigentes obreros y socialistas de Europa occidental, sobre todo franceses e ingleses, lograron que fructificara el proyecto de crear un directorio coordinador de ámbito supranacional.
Finalmente, fue convocado con esa finalidad un congreso en Londres, que se celebró el 28 de septiembre de 1864 al que asistieron delegados de muy variadas organizaciones obreras de Alemania, España, Francia, Gran Bretaña, Hungría, Italia, Polonia, Suiza, etcétera. Así nació la Asociación Internacional de los Trabajadores (AIT), más conocida como la I Internacional.
Los reunidos eligieron un comité que debía dedicarse de forma preferente a tareas de coordinación. En el órgano estaban representados sindicalistas y socialistas de distintas tendencias, entre los que al paso de apenas unos meses destacó un grupo que fue bautizado como marxista [la acuñación de este gentilicio molestó sobremanera a Karl Marx], cuyo líder intelectual, que no ejecutivo, insistía en la necesidad de aunar fuerzas pese a que sus propuestas de acción incluía entrar en las instituciones organizando partidos que concurrieran a las elecciones allá donde las hubiera, lo que suponía romper con las prácticas insurreccionales a las que se habían habituado la mayoría de las organizaciones obreras debido a la también habitual negativa de las patronales y de los gobiernos a aceptar reivindicaciones laborales, amén de negar libertades y derechos civiles.
Bakunin, que ingresó en la AIT en 1868, se alineó inmediatamente con quienes rechazaban el parlamentarismo y al paso de unos meses, ya era el principal teórico y portavoz de esta corriente.
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Los marxistas toman posiciones
Marx había optado por mantenerse en un segundo plano en la AIT, aunque sin abandonar su labor como ideólogo, dedicando gran parte de su tiempo a reforzar sus planteamientos. Prueba de ello es que sus textos constituyeron la base sobre la que un importante sector de la Internacional defendió a piñón fijo la tesis de que era imprescindible "hacer política" y participar en el juego parlamentario, lo que concitó constantes debates entre marxistas y "puristas", los sindicalistas que rechazaban todo aquello que contribuyera siquiera indirectamente a legitimar y reforzar la autoridad política y moral del Estado.
En el sector "purista", que acabó siendo conocido como anarquista y más tarde también como bakuninista, estaban alineados casi todos los sindicalistas y cofundadores de la Internacional, que en rigor era la suma de movimientos obreros de carácter inequívocamente sindical en el que los partidos jugaban un rol secundario.
Marx había sido el encargado de redactar el Llamamiento inaugural de la Internacional, cuyo contenido "ideológico" cabe resumir en tres puntos:
* La Internacional no debe sustituir a las asociaciones existentes en cada país o territorio, sino coordinar acciones cuando sea preciso y, en todos los casos, darles proyección internacional.
* La emancipación de la clase obrera debe ser obra exclusiva de los propios trabajadores [subrayaba el texto]; es decir, sin alianzas con fuerzas no obreras; y
* La emancipación de los trabajadores [resaltó Marx] pasa por conquistar el poder político; es decir, el gobierno, sea por vía insurreccional o parlamentaria, a fin de controlar el Estado y utilizarlo para cambiar las leyes que regulan la actividad económica y, por extensión, la vida en sociedad.
Esas tres premisas fueron volcadas en el preámbulo de los estatutos de la I Internacional, lo que supuso otorgarles el valor de principios ideológicos y criterios de acción (táctica).
El tercero de esos tres principios, conquistar el poder político, fue el que propició el más prolongado y autodestructivo debate en el seno de la AIT. La diatriba se inició en el propio congreso fundacional (1864) y fue en aumento hasta convertirse en fuente de polémicas cada vez más enconadas, hasta abrir un abismo entre marxistas y bakuninistas en el congreso de Basilea (1869).
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La Internacional se consolida
Al margen de diferencias, en sus inicios la Internacional funcionó con eficacia y logró implantarse con notable rapidez, sumando numerosas adhesiones en apenas un par de años en Alemania, Bélgica, España, Italia y Suiza, y a menor ritmo también fueron ganando afiliados las secciones de Francia, Gran Bretaña y Polonia.
En los primeros años el debate entre "puristas" o sindicalistas y marxistas o políticos quedó en segundo plano debido al reto que suponía cerrar brechas y salvar las diferencias existentes entre organizaciones que representaban a variados y en algunos casos contradictorios intereses: artesanos, mineros, campesinos [en este sector además había (y hay) divergencias sustanciales entre empleados estables, jornaleros, aparceros y pequeños propietarios], marineros, obreros industriales, etcétera; a lo que se sumaban los problemas derivados de la pertenencia a uno u otro Estado y en el seno de estos, a diferentes naciones o culturas.
La dinámica impuesta por la necesidad de crear consensos para cerrar ese abanico de intereses y territorios favoreció a los defensores de las tesis marxistas y, en menor medida, también a los prudhonianos [por Pierre-Joseph Proudhon], sectores que coincidían en utilizar y primar la vía parlamentaria y con ello, la acción de los partidos.
No obstante, marxistas y prudhonianos se miraban de reojo porque los segundos apostaban por un sindicalismo radical en el que jugaran un peso fundamental la negociación, la educación y la concienciación, hasta el punto de que sustituían el término revolución por evolución, rechazando la posibilidad de convocar huelgas revolucionarias [o sea, las no basadas exclusivamente en motivos laborales] como arma para derrocar gobiernos o alcanzar el poder.
La posición de Proudhon fue perdiendo partidarios, entre otras cosas porque él siempre se negó a pelear ideológicamente con sus "hermanos"; de manera que sus seguidores se vieron abocados a la división: un sector acabó asumiendo las tesis de los marxistas y el otro, el mayoritario, optó por alinearse con los anarquistas.
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La Internacional, minada
Así las cosas, en el congreso de Basilea (1869) las únicas pugnas ideológicas, políticas y sindicales que tuvieron sustancia fueron las mantenidas entre los "socialistas democráticos" [así empezaban a identificarse algunos de sus dirigentes] o marxistas y los sindicalistas, anarquistas o bakuninistas.
En el siguiente congreso, celebrado en La Haya (1872), los delegados marxistas esperaron al último momento y cuando ya se había marchado parte de los representantes, propusieron y sometieron a votación la expulsión de Bakunin, de forma que los asistentes se erigieron en una especie de tribunal que sometió a juicio al eslavo, acusado por los marxistas de haber cobrado 300 rublos por traducir al ruso El capital y de organizar sociedades secretas, una de ellas en comandita con el nihilista Serguéi Necháyev con la finalidad de tomar el control de la AIT.
[Esta última fue la más insidiosa de las falsedades aducidas por los fiscales, que incluso llegaron a decir que disponían de una carta que Bakunin había remitido a Necháyev unos meses antes del congreso, cuando en realidad la relación exclusivamente epistolar que hubo entre ambos se había roto hacía ya dos años]
Sea como fuere y pese a que hubo quienes denunciaron la maniobra y las demás mentiras esgrimidas, la mayoría de los que seguían reunidos en el cónclave de La Haya eran marxistas y decretaron expulsar a Bakunin de la Internacional.
Los sindicalistas o anarquistas convocaron inmediatamente un congreso en Sankt Immer [localidad del cantón suizo germanófono cuya capital es Berna], en el que lógicamente jugó un rol muy significado Bakunin, que contó con el apoyo unánime de la ya entonces poderosa delegación española [era una de las secciones de la AIT más y mejor desarrolladas], aprobándose un pronunciamiento mediante el que los reunidos rechazaban de plano el planteamiento "político" de los marxistas y se erigían en los genuinos continuadores de la AIT.
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El Marx menos conocido
Durante los cuatro años que transcurrieron desde el ingreso de Bakunin en la AIT (1868) y la expulsión de que fue objeto por parte de los "políticos" (1872), el ruso y Karl Marx libraron un enconado debate ideológico, durante el que el autor de El capital recurrió en varias ocasiones a la descalificación personal, lanzando acusaciones que pese a no estar probadas generaron dudas entre los dirigentes de las distintas secciones territoriales de la AIT.
Durante los primeros años, Marx mantuvo una posición personalmente distante y siempre evitó entrar en debates vis a vis pero, al parecer, debió sufrir un "trauma moral" al leer y escuchar a Bakunin defendiendo que la Internacional debía ser básicamente sindical, al margen de partidos y de las instituciones del Estado.
A finales de 1868, poco después del ingreso de Bakunin en la AIT y casi recién iniciada la refriega entre sindicalistas y políticos, el alemán acusó al ruso de ser un «agente al servicio del paneslavismo» [esta denuncia fue pergeñada en base a algo que todos los dirigentes de la AIT sabían por boca del propio Bakunin, quien había narrado que en su juventud abrazó las tesis filosófico-políticas del pensamiento social eslavófilo].
Por si fuera poco, meses después, en 1869, Marx y su compatriota, admirador y amigo Karl Liebnichkt llegaron a difundir la especie de que Bakunin cobraba de Moscú 25.000 francos suizos anuales por su labor como agitador eslavófilo en Europa occidental.
Esta y otras acusaciones apenas debían haber obtenido eco porque además de falsas eran absurdas, incluso pueriles, pues nadie ignoraba, por ejemplo, que Bakunin estaba poco menos que condenado a muerte por el régimen zarista.
Marx porfió y en 1871 acusó a Bakunin de promover actos violentos de carácter vanguardista que eran «contrarios a la labor sindical que dice defender», enfatizaron los marxistas, que para respaldar su denuncia aportaron una supuesta carta de Bakunin dirigida al ruso Serguéi Necháyev [tal como ya se menciona en el apartado anterior], falacia fue enriquecida con mentiras complementarias y sometida a debate en el congreso de La Haya de 1872.
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[Necháyev, activista moscovita que protagonizó una singular cruzada anti-zarista, es el autor de El catecismo del revolucionario, texto que rezuma nihilismo y desprecio por la vida.
Necháyev era partidario del uso de la violencia de forma sistemática y aunque asumió las tesis sindicalistas de la AIT, siempre mantuvo la convicción blanquista de que solo era posible tomar el poder mediante una acción armada ejecutada por una vanguardia que operara al margen de la AIT y de las organizaciones de los trabajadores.
Bakunin mantuvo, en efecto, relación epistolar con Necháyev durante poco más de un año, rompiéndose el intercambio de textos a instancias de Bakunin, que criticó y rechazó taxativamente la propuesta de participar en el plan conspirativo del moscovita, que consistía básicamente en organizar una serie de atentados urbanos e insurrecciones armadas en el rural para desestabilizar el orden zarista]
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Tenaz y didáctico
En 1868, antes de que la AIT se fraccionara, Bakunin había fundado la Alianza Internacional de la Democracia Socialista (AIDS), cuya actividad consistía en recabar adhesiones a un programa de cuatro cambios que él ruso consideraba imprescindibles para hacer la revolución social:
* La sustitución de los Estados por «federaciones constituidas por libres asociaciones agrícolas e industriales»;
* La abolición de las clases sociales y de las herencias;
* La supresión de toda discriminación de orden sexista, y
* La organización de los trabajadores al margen de los partidos.
Curiosamente, la Alianza rechazó la solicitud de adhesión remitida por la AIT alegando que esta era una organización internacional y que la AIDS solo admitía entidades de ámbito estatal, nacional o regional.
La AIDS, celosa de sufrir "contaminaciones políticas", acabó convirtiéndose en una especie de ateneo o equipo de análisis y, en rigor, fue la primera organización específicamente anarquista dedicada a propagar sus presupuestos ideológicos y a coordinar a dirigentes sindicales  de ideología libertaria de Europa y Norteamérica.
En esa línea, sirva de ejemplo que Bakunin encomendó al italiano Giuseppe Faneli la misión de viajar a España, establecer contacto con los dirigentes de la sección de la AIT y promover entre ellos el anarquismo. 
Fanelli, que en 1869 recaló en Barcelona y Madrid, conoció personalmente y luego mantuvo una larga y amical relación epistolar con Anselmo Lorenzo, que en la primera década del siglo XX fue el principal impulsor y uno de los fundadores de la Confederación Nacional del Trabajo (CNT).
Bakunin también participó en la Liga de la Paz y la Libertad, fundada en 1867, llegado a ser miembro de su comité central, e incluso ingresó en una logia de la francmasonería suiza para divulgar sus ideas entre los "hermanos" y auspiciar el entendimiento entre libertarios y masones.
Bakunin, prematuramente viejo y enfermo se apartó de la AIT, vivió sus últimos años sumido en la pobreza y sólo mantuvo contacto epistolar con pequeños grupos anarquistas.
Murió en el hospital de Berna y en su tumba, en el cementerio de Bremgarten de esa ciudad, reza la frase: Recuerda a quien lo sacrifica todo por la libertad de su país.
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TEXTO RELACIONADO:
«Primero de Mayo de 1886: Los ocho mártires de Chicago».

14 comentarios:

  1. En la fotografía junto a su esposa se parece al genial actor Bud Spencer. Es increíble el parecido je je

    Gracias por la explicación.

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    1. ¡Cierto!, seguro que todos nos parecemos a alguien. Saludos.

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  2. Encuentro el post muy didáctico y muy oportuno, no sólo por el aniversario, sino por el olvido en que va cayendo el anarquismo, a pesar del papel fundamental que jugó en la República del 31 y en la Guerra Civil. Cuando se cuenta a la gente joven que en las comunas anarquistas de Aragón los trabajadores se hacían cargo por completo de la organización de la producción, se imprimía moneda propia y se llevaba a cabo la democracia asamblearia, algunos expresan estupor. Hasta tal punto se ha barrido la historia del movimiento obrero, tanto por parte de los reaccionarios como por parte del marxismo de viejo cuño.

    Ha llovido mucho desde los tiempos de juventud en que leíamos a a Kropotkin, Malatesta o Eliseo Reclus, pero el debate cuyos dos polos serían libertad-igualdad no se ha zanjado, y la polémica "primero la revolución o primero ganar la guerra", si ya no tiene presencia entre el gran público, aún sigue ocupando a algunos historiadores.

    Se impuso el estalinismo con su secuela de calumnias y atrocidades (infamante caso de la tortura y muerte de Andreu Nin, por ejemplo) y es imposible evaluar con exactitud hasta qué punto esa desgracia se ha pagado y se sigue pagando.

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    1. Antonio, ¡da gusto recibir textos tuyos! (doy por hecho que me permites el tuteo).
      Kropotkin, Malatesta... ¡y Jacques Elisée Reclus!, hacía años que no oía en boca de alguien el apellido de la extraordinaria familia Elisée. Pocos personajes merecen el "título" de aventurero, en la estricta acepción de la palabra.
      De pequeñito (10/12 años), mi familia "francesa" ya me habló de Elisée. Mi tío Liberto decía que si volviera intentaría exigiría a dios hacerlo en la costa atlántica francesa (estaba enamorado de La Rochelle) y ser uno de los Elisée.
      Bueno, ya está bien de batallitas.
      Suscribo lo que comentas y aunque no soy anticomunista, ni mucho menos; a largo plazo, ¡cuanto daño hizo el Stalin de las narices a la credibilidad de la idea socialista!...
      Un abrazo grande.

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    2. Gracias, Félix. No sólo el tuteo está permitido, sino que es muy grato viniendo de una persona como tú, a quienes tantos artículos brillantes y esclarecedores hay que agradecer.

      Qué casualidad, la coincidencia en el admirable geógrafo Reclus! Su escritura me resultaba muy atractiva, cautivadora.

      Tampoco yo soy anticomunista, claro, pero anti-infamia, sin vacilación.

      Un abrazo

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  3. Yo este personaje lo conocí por el libro de Bertrand Russell, "Los caminos de la libertad", 1918. Aquí tenéis la versión en inglés por si interesa:
    http://www.zpub.com/notes/rfree10.html

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  4. Comence a leer la entrada, hasta que llegue a la palabra "semento" (¿de semen?)... hasta ahi me quede...

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    1. En la primera línea del "post" reza, exactamente: ...no fue el único que sementó la idea..."; tercera persona de pretérito del verbo sementar.
      Puede que usted leyera mal la palabra aguda (no entornando la tilde de la última sílaba), o puede también que sea un comentario "jodón".
      En cualquier caso, gracias por su contribución.

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  5. Me ha resultado chocante que en su epitafio ponga "recuerda a quien lo sacrifica todo por la libertad de su país" y que el primer cambio propuesto por la AIDS fuese la supresión de los Estados.
    ¿Alguien me lo explica por favor?
    Gracias

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    1. El concepto país es "variable", ene ste caso país equivale al colectivo de la población (personas) residente en un territorio.
      En todo caso y aunque contradiga en parte el contenido del "post", debo puntualizar que el anarquismo repudia el Estado, incluso de forma extrema, pero en rigor Bakunin y los primeros teóricos (en especial Proudhon) no abogaban por destruir totalmente el aparato del Estado, sino en transformarlo para convertirlo en una especie de "coordinadora" de colectivos libremente federados en cada territorio; digamos, un Estado que funcionaría de abajo arriba.
      La "corriente" anti-Estado, no obstante, se extendió en el movimiento anarquista en época más reciente, en gran medida como reacción al visceral empeño de todos los gobiernos (y Estados) en destruir la acracia como alternativa política ¡y de vida!; llegando al extremo en determinadas épocas y países de encarcelar a sus seguidores de forma sistemática, expropiando sus locales o destruyéndolos, e incluso matando a los manifestantes en las calles y a los dirigentes en el tajo y en sus casas.
      Saludos.

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  6. +1 Reflexión: quizá habría que crear (si no existe) un palabro para definir este concepto. Sobre todo para evitar que los "malpensantes" usen el concepto (nación, país, estado) contra el anarquismo: "ja, ja, mira los anarquistas, que quieren un estado" (y similares).

    Ahora me surge otra duda. Entiendo que cuando hablamos de colectivos (de trabajadores) no nos referimos a grupos aunados del mismo gremio (en diferentes territorios), sino a grupos (de diferentes gremios) aunados en un mismo territorio. ¿Es esto correcto?

    Mi duda es, ¿qué pasaría si alguien de dentro de un territorio no se quiere aunar con el resto y formar la colectividad?
    Y otra duda; ¿cómo podemos evitar/solventar las confrontaciones entre esos colectivos (o entre esos gremios)?

    Gracias nuevamente.

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    1. No es sano elucubrar. Pero hagámoslo, aunque con cuidado.
      La lectura de media docena de libros (aunque le aconsejo que lea más) de teóricos anarquistas, empezando por Proudhon, que fue quien acuñó el término "anarquía", pasando por Kropotkin y de remate, Bakunin, revela que NO HAY UN PROYECTO CERRADO.
      Es imposible y, además, si hubiera un proyecto cerrado no sería anarquista... No es una contradicción, pues la línea que conduce a la acracia exige que decidan las personas.
      Eso de "si alguien de dentro de un territorio no se quiere aunar con el resto" y decide no formar parte de la colectividad" parte de una hipótesis no explícita que es imposible:
      ¿O acaso es posible que una persona o un grupo de personas puedan vivir sin relacionarse con nadie, ni siquiera económicamente (para comer o abrigarse, por ejemplo).
      En principio, sí; de hecho hay casos documentados de colectivos indígenas de zonas de Papúa y de otros territorios con similar desarrollo (equiparable al neolítico) que sobreviven aislados.
      Pero atención a este matiz: Sobrevivir no es sinónimo de vivir.
      El anarquismo, la idea, nació en Europa, en las sociedades industrializadas donde las personas viven, no s limitan ni se quieren limitar a sobrevivir.
      La hipótesis que usted plantea tiene miga, pero si la analiza en profundidad es solo teórica, no toca la realidad. En todo caso, es útil para abrir el melón, para indagar, lo que curiosamente por mucho que "caminemos" hacia delante nos lleva justamente a ese lugar de encuentro: ¿queremos vivir, o solo sobrevivir?
      Saludos.

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  7. Creo que coincidirás (nos tuteamos, ¿verdad?) conmigo en que sobrevivir está sobre-valorado. Así que: vivir. Siempre vivir.
    [Nota mental: siempre digo que la vida es una mierda, pero vivir es maravilloso]

    No lo consideres elucubrar, sino teorizar (suena menos feo). No me refería tanto a "vivir sin relacionarse" (no convivir) como a formar parte de la misma idea colectiva. Pero, efectivamente, entiendo que esas personas podrían perfectamente vivir su vida sin necesidad de unirse al colectivo y colaborar con él, aun conviviendo con él.
    Necesitaríamos clase de convivencia (en lugar de competencia) en el colegio. Nos iría mejor.

    Algún día, y puede que ese día no llegue nunca, encontraré tiempo para leer. Es decir: vivir. Aún sigo demasiado ocupado sobreviviendo :(

    Agradecido :)

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