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La inmadurez política de la sociedad española en materia democrática es notable por variados motivos, entre los que destacan las actitudes heredadas de la dictadura franquista. Es un déficit arraigado, sobre todo entre la clase política, en la que abundan los profesionales que desconocen algunas de las esencias fundamentales del sistema parlamentario.
Hoy domingo, en una breve entrevista al nuevo portavoz del PP gallego que publica La voz de Galicia [reproducida en la imagen que ilustra este post], Rodríguez Miranda enuncia una aspiración partidaria que ilustra el subdesarrollo democrático: "O partido ten que ser o nexo de unión entre a cidadanía e o Goberno" (el partido debe ser el nexo de unión entre la ciudadanía y el Gobierno).
Del partido de la razón al partido conseguidor
Resumiendo sustancias y significados, el tipo de partido que propuga Rodríguez Miranda es el bis --aunque suave-- del que impusieron en sus respectivos países Stalin, Mussolini, Hitler, Perón, Somoza, Franco, Castro, Pol Pot, Gadafi, Macías, Mugabe, Kabila y otros renombrados líderes pasados o actuales y que de forma parcial, o acaso inacabada, prefieren jefes de Estado o de gobierno cargados de razón...
Rodríguiez Miranda defiende la tesis de que el partido es el portador de la verdad y debe ser transformado en organización de masas y vía única de relación entre el pueblo y el poder.
Sin embargo, en un régimen parlamentario ese concepto de partido pervierte la democracia y acaba desvirtuándola. Basta recordar los partidos de la verdad que fueron los PC de la III Internacional, el nazi, el fascista o a la Falange refundada por el general Franco.
La estación término de un partido en el que se funden gobierno y pueblo es el partido único; por ejemplo, ¡el glorioso Movimiento!
Del partido conseguidor al partido catecismo
Los partidos de un régimen parlamentario son, en esencia, las herramientas que vehiculan el asociacionismo político y la representatividad de los ciudadanos en el poder legislativo. La relación poder ejecutivo-ciudadanía debe prescindir --cuanto más, mejor-- del partidismo mesiánico porque los vehículos más adecuados en la relación gobierno-pueblo son los propios de la sociedad civil: las organizaciones u asociaciones vecinales, profesionales, sindicales, patronales, gremiales, culturales, etcétera y etcétera.
Pero entonces, ¿los partidos no cumplen ninguna función en esa inter-relación? ¡Naturalmente que sí! Pero no deben ser los protagonistas únicos. Cuando el único nexo entre pueblo y gobierno es el partido gobernante, la democracia se corrompe. Hay pruebas inequívocas de este fenómeno.
Los partidos agrupan a personas o grupos de personas de la misma ideología, que tienen similar concepto de la vida en colectividad y que comparten criterios éticos, culturales, económicos... En democracia, un partido jamás representa en solitario al conjunto de la ciudadanía, ¡ni debe sustituir bajo ningún concepto a la sociedad civil! Cuando esto ocurre se mina el concepto de ciudadanía, se desarrollan la servidumbre política, el clientelismo, la corrupción y a la postre se destruye la democracia.
Del partido catecismo al partido único
Que un poder ejecutivo, en este caso el de la Xunta de Galicia, aspire a convertir su partido mayoritario en el nexo pueblo-poder equivale, aunque se haga con elegancia y suavidad, a condenar a los administrados a estar vinculados a un aparato ideológico concreto, ¡a sólo uno!
En ese escenario, a corto o medio plazo la vida política acaba en... cualquier cosa.
Por descontado, el PP y Galicia no son excepcionales. Entre los criterios que aplicó el PSOE de Felipe González --por poner otro ejemplo-- los había que también incurrían en el error de convertir el PSOE en el partido de la verdad, en movimiento y catecismo; hasta el extremo de que hubo dirigentes felipistas que estaban convencidos de que el PSOE era el pilar social del sistema democrático, y convencidos estaban de que el partido por si solo podía enderezar todos los entuertos al margen de la sociedad. Esa actitud provocó, entre otras cosas, el debilitamiento de la civilidad (incluidos sindicatos y asociaciones de vecinos) y la entrada en la actividad política profesional de decenas de listos.
Ese mesianismo, por cierto, perdura entre la clase política profesional y contribuye poderosamente a minar la eficiencia de los partidos y de la propia Administración, lo cual, inevitablemente, malea la democracia. Si a eso unimos los profesionales de la política que ejercen de aprovechados, el resultado es la corrupción, la indefensión social, etcétera...
[Hay un ejemplo de actualidad que ilustra hasta donde pueden llegar las aberraciones de los profesionales de la partitocracia: A un dirigente de partido sinceramente democrático, respetuoso del sistema parlamentario y de la legalidad no se le ocurriría dar respaldo público, ¡ni siquiera leve!, a responsables institucionales investigados e imputados en una trama como la destapada en el caso Gürtel]
Y del partido único que todo lo puede, ¿a dónde?...
No pretendo señalar a Rodríguez Miranda como el paradigma de la deficiente educación política que acusamos la generalidad de los ciudadanos y demasiados dirigentes de partido. Pero la frase del portavoz del PP gallego es una de las que mejor refleja una enfermedad de la que probablemente ni siquiera él es consciente.
La organización de la derecha gallega no puede --o no debe-- aspirar a fraguar una
comunión poder-pueblo. Mas todo indica que pretende hacerlo, pues justo esa palabra,
"comunión", fue la utilizada por Rodríguez Miranda el pasado viernes para describir el objetivo de la acción de su gobierno-partido.
Si el PP resucita la táctica de cultivar las comuniones y renueva la tradición fraguista de mimar a quienes comulgan, habrá que dar por buena la tesis de que Núñez Feijoo es otro fraga iribarne, pero joven y por descontado, menos instruido --más sabe el diablo pòr viejo que por diablo...
¿No lo han entendido o no quieren hacerlo?
Vivir en democracia exige respetar y fomentar el entramado de colectivos sociales que hacen posible la convivencia y la impresindile tolerancia. Destruir ese caudal de civilidad y menospreciar el natural juego de compensaciones que comporta, cediendo todo el protagonismo a un partido, revela que la cultura democrática no ha calado ¡ni siquiera entre muchos de los que deben ser promotores de esa cohesión!