28 enero 2016

Investidura (5): Segundo partido en campo del PSOE, otro triunfo de los barones con gol de Felipe

En 2008 el PSOE obtuvo 11.289.355 votos y el pasado 20D, 5.530.779. El saldo desacredita todas las justificaciones que han ofrecido los dirigentes del "partido suicida", sean oficialistas, susanistas o del ismo que usted, amable lector/a, quiera añadir.
Esa debacle es todavía más grave si se tiene en cuenta que los socialdemócratas han perdido gran parte de los apoyos pese a estar desde 2011 haciendo oposición [es un decir] a un gobierno que machaca los intereses de todos los potenciales votantes del PSOE, aparte de los votos que ya empezó a perder ejerciendo la gobernación del país.
Deberían bastar esas dos cifras y sus circunstancias para que los militantes del partido repudiaran de plano las declaraciones de Felipe González, que no sólo plantea laberintos políticos sin salida [como eso de que «ni el PP ni el PSOE deberían impedir que el otro gobierne»], sino que además acusa a Podemos de «liquidacionista» ¿?, obviando que aquí y ahora quien está liquidando el estado del bienestar —que estaba incompleto pero tenía sus bondades— y quien está reventando la estabilidad social, territorial e incluso la institucional es el PP, empeñado en mantener activo el capitalismo de amiguetes y una concepción de España que sigue anclada en los Decretos de Nueva Planta (1707-1715).
[Nada ni nadie ha contribuido más al deseo de “huir” de ¡viva Paña! que el ultranacionalismo del PP y el rechazo que concita su política socio-económica]
González prescinde de los datos y de los hechos para construir una tesis en la que España queda reducida a las instituciones: el Estado, el poder: dominio y control.
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Hay varones cuyo pasado ideológico explica
sus actuales posiciones y actitudes políticas
González reduce la democracia política
a ejercer el poder o aspirar a hacerlo
Según González, poco o nada importa que las instituciones —empezando por las Cortes— sean útiles para canalizar las propuestas que hace la ciudadanía a través de los representantes que ha elegido, él hace el viaje al revés: los ciudadanos [a través de los diputados elegidos] deben estar al servicio de las instituciones y de los dogmas que González y los que saben de esas cosas consideran esenciales para el Estado y la gobernabilidad —gobernanza queda más chic…
El actual González convierte gobernabilidad en sinónimo de ejercer el poder: dominio y control; eso sí, al amparo del ¿imprescindible? consenso.
El objetivo es supeditar todos los proyectos políticos, así como los derechos y las vidas de los administrados a las verdades y a las conveniencias que han sacralizado los que saben de esas cosas...
Definitivamente, González ha dejado de razonar partiendo de que «la dignidad de una nación se mide por el trato a los sectores marginados», tal como él mismo enunció en su discurso de investidura de 1982. Ha dado la vuelta a ese y a casi todos los calcetines.
El eje de lo que plantea González no es que el PSOE y el PP se entiendan para que gobierne uno u otro, eso es pura táctica para salir del paso e impedir que la izquierda avance; el eje de lo que mal disimula González es el concepto de Estado democrático [poder político y económico] que imperceptiblemente destilan sus declaraciones.
En paralelo, los llamados barones —que de Filosofía política parecen entender lo que usted o yo de Física cuántica— dicen simplezas y voluntaria o involuntariamente hacen el caldo gordo a esa derecha que no sólo ha logrado empobrecer al 90 % de ciudadanos, sino también dar motivos para que ya casi el 50 % de los residentes en Catalunya fíen sus esperanzas de futuro a abandonar esta España.
Lo más chocante es que González es un tipo instruido que para construir su intelecto bebió ideología de la izquierda, además es un avezado gestor de lo público, sabe perfectamente todo lo apuntado y mucho más y sin embargo, una vez leída la entrevista que hoy publica El país, queda claro que apuesta por la eterna Transición: más de lo mismo con unas reformillas para ir tirando. 
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1 comentario:

  1. ¿Qué necesitan, me pregunto, los militantes del PSOE para empezar ya a desacreditar las rancias y extremistas declaraciones de González, cada vez más cerca de una ultraderecha sin máscaras? Por fuerza tiene que haber en el partido personas honestas. ¿Será tan agobiante la coacción interna? ¿El gregarismo y el sentimiento de "secta" les paraliza las funciones mentales y la capacidad crítica? Este caso de parálisis colectiva me resulta ideológica y estadísticamente inexplicable.

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