jueves, 9 de enero de 2020

«Irán a por ti»

NOTA: Este post ha sido confeccionado con párrafos de varios capítulos de "Irán a por ti", novela negra y fresco social de lo últimos años del franquismo [distribución, Consorcio Editorial Galego].

«Noviembre. Una paloma zurea en el balcón. De mar adentro llegan nubes negras y a poniente, al otro lado del Tibidabo, el sol enrojece el horizonte. El azulado espejo del Mediterráneo se torna gris. El viento sopla con fuerza creciente. El mar se riza. Caen las primeras gotas, revientan en la barandilla y en el piso del balcón; una aquí, otra allá; arrecia, cada vez son más abundantes y acaban tejiendo una cortina de agua que difumina los perfiles de la ciudad.
«Juan sale al balcón. Nadie. Desierto urbano. Suenan motores que se acercan y se alejan, los pasos de un viandante invisible, el estampido de un portón que se cierra y el batir de alas de una paloma que huye del aguacero...

«Al mismo tiempo que a ochocientos kilómetros de distancia los maquis invadían el valle de Arán, una mañana de otoño de 1944 un grupo de guardias civiles entró en la casa de los Moreira y la registró a fondo, destrozando numerosos enseres y muebles. 
El sargento que iba al mando de la patrulla llamó a los vecinos para que se hicieran cargo del niño, en tanto que a la madre la abofetearon y condujeron a empujones por las calles de la villa monfortina hasta el cuartel, con las manos atadas a la espalda con alambre, insultándola en voz alta y calificándola de puta y mala madre, vejación en la que colaboraron los espectadores, la mayoría con el silencio que provoca el miedo insuperable y otros con aplausos o felicitando a los uniformados. Solo una exigua minoría daba la espalda al espectáculo o se alejaba...
«En el cuartel, con las muñecas enrojecidas y sangrando, sentada junto a su hermana y su cuñado, también arrestados, se enteró de que era viuda desde hacía ocho días. No hubo entierro. No había cadáver...

«De vuelta a casa, Maruja daba un pequeño rodeo y se detenía en el ultramarinos de la calle Comte Borrell en el que trabajaba Armando. Sentada sobre un saco de garbanzos o lentejas ella observaba a su idolatrado novio, que atendía a los clientes con profesional amabilidad postiza. A ratos se quedaban solos y hacían arrumacos detrás de los paquetes de arroz, azúcar, harina y demás alimentos que, colocados sobre el mostrador, hacían las veces de biombo. 
«En ocasiones, Armado se atrevía a bajar la persiana pese al riesgo de que el dueño llegara sin previo aviso y descubriera la maniobra, se metían en la trastienda, retozaban encima de los sacos de arpillera vacíos ya apilados para devolver a los proveedores y allí, a cubierto de miradas...

«Don José Souto dejó viuda a su mujer a temprana edad y su muerte se produjo en circunstancias escabrosas que dieron lugar a reservadas pero hirientes reprobaciones. Según informó la prensa y se comentó inicialmente en los círculos del buen Lugo, el notario pereció al sufrir una parada cardiorrespiratoria instantes después de arrastrar hasta tierra firme a una jovencita que estaba a punto de ahogarse frente a los acantilados de Augas Santas, en el municipio de Ribadeo.
«La causa oficial del óbito fue un infarto de miocardio provocado por el sobresfuerzo que realizó al nadar medio centenar de metros para recoger a una joven que no sabía nadar para transportarla hasta la orilla sana y salva. El origen de tan extremado y letal cansancio fue bien distinto, pues el infarto se debió al placer que le proporcionó la joven que seguía al pie de la letra las instrucciones...

«Maruja, que los domingos almuerza en la misma mesa que doña Josefa, ha colocado sobre la mesa camilla dos servicios, la vajilla de Sargadelos y los cubiertos del juego de plata de un orfebre de Compostela que la señora recibió de regalo de bodas de su hermano el subcomisario.
«La mantelería es de hilo blanco con una B y una S góticas bordadas en azul en una esquina de cada servilleta y en las cuatro del mantel, otro regalo de bodas perfectamente conservado, este de un primo carnal de don Rosendo fabricante de textiles que desde hace dos años sufre una depresión tan grave que no sale de casa, incapaz de superar la vergüenza y el descrédito sufridos porque al ser amigo de Vila Reyes fue llamado a declarar por el juez que investiga los chanchullos de Matesa: 
— Él nada tiene que ver, pero ya lo dice doña Josefa, en España la Justicia es ejemplar, no hace distingos y si es culpable, irá a la cárcel…

«— Eres… 
— ¿Qué soy? 
— Demasiado lanzada, además una noche suma muchas horas, así que prefiero hablar de otras cosas, tener algo en el estómago y no dejarme llevar por las prisas, ¿vale? 
— De acuerdo, yo tampoco quiero que corras ahora… y luego tampoco —dijo Ana, sonriendo mientras él sentía que sus pómulos ardían y muy probablemente habían enrojecido. Durante el resto de la cena la conversación fue dando tumbos de aquí para allá.
«Hablaron de sus familias, aunque sin entrar en detalles, charlaron de sus estudios, también de política y de partidos, cosa inevitable pero que en esta ocasión solo fueron cuatro parrafadas superficiales, y hablaron de París, del siglo XIX español y de sexo, de “Los versos del capitán” y de la ETA, de Portugal, de vino y otra vez de sexo, de novela hispanoamericana y de Lorca...

«Maruja nació en una villa de pulso cansino que dormitaba bajo el ya agujereado paraguas de su pasado medieval y donde hasta finales del siglo XIX las penurias siempre fueron combatidas con éxito. 
«En La Aínsa y demás pueblos altoaragoneses, salvo para los culos de mal asiento y para quienes se empeñaban en salvar una patria que en la comarca a nadie preocupaba especialmente, la mayoría de los campesinos estimaron que el golpe y la llamada cruzada de liberación era una impostura de mal gusto, por desgracia violenta pero pasajera. Erraron. A lo largo de 1937 y 1938 el lejano levantamiento militar se convirtió en un desastre cada vez más cercano y detestable...

«Ricardo, castellano viejo nacido a los pies del castillo de Gormaz, siempre discreto, guardó silencio durante todo el viaje. Apenas pronunció media docena de palabras desde que Maruja entró en el semisótano que él habitaba para ayudarle a preparar el equipaje. Nada dijo a bordo del coche hasta que llegó a la residencia.
— Vamos, dime algo, no seas así, deberías estar contento, vas a vivir como un rey. 
«Ricardo había cumplido los sesenta y tres hacía dos meses, gozaba de buena salud y a lo largo de los casi cuarenta años durante los que sirvió a los Batlle, desde dos años antes de que Alfonso XIII huyera de España, solo había faltado al trabajo dos veces: la primera en 1943, cuando murió su esposa de fiebres tifoideas y la segunda en 1957, cuando reventó el neumático delantero derecho del camión que conducía en ruta hacia Vilanova i La Geltrú y el vehículo cayó por un terraplén...

«Antes de abandonar el piso el juez y el forense han esperado a que dos enfermeros prepararan el cadáver de Sebas para transportarlo envuelto en una camilla rígida, una vez completada esa tarea la autoridad judicial se ha despedido con un lacónico buenas noches y una mirada de conmiseración.
«Los policías inician el registro de todas las habitaciones, el inspector confirma plenamente sus sospechas de que uno, dos o acaso todos los inquilinos son miembros de alguna organización subversiva y sigue haciendo preguntas. Así hasta las tres y media de la madrugada, cuando Suárez da por concluido lo que solo es el primer trabajo de campo. Diez minutos más tarde Mercé y Antonia echan el cerrojo, en tanto que Alfonso y Juan descienden las escaleras camino del coche patrulla en el que deben viajar hasta la comisaría...

«El Mediterráneo que baña el Empordà está como Juan lo imaginaba cuando partieron de Barcelona, brillante y levemente rizado. Una embarcación se desliza a medio camino del horizonte y el sol está a punto de esconderse (…) La noche se irá abriendo paso en la costa, luego en los valles del Pirineo, envolverá la meseta castellana, la cornisa cantábrica y poco después, las rías gallegas. Juan observa los primeros triunfos de la noche con alegría porque sabe que el sol también gana todas las batallas y mañana alumbrará otra vez el Mediterráneo, desde las playas de Beirut hasta la que se abre frente al balcón de la estancia donde él y Antonia harán por primera vez el amor sabiendo que son mucho más que dos cuerpos...

«El abogado informó a Mercé, Alfonso, Antonia y Juan de casi todo lo hablado con el inspector y puso el acento cuando repitió el consejo del policía: 
— A los cuatro os conviene mudaros, a poder ser cambiar de ciudad y si abandonarais España durante cierto tiempo, mejor y en tu caso, Juan, no solo es aconsejable que te marches sino que ya deberías haberlo hecho, aunque no quieras; el subcomisario Souto y sus amigos, que en Barcelona también los tiene, no te olvidan y todo indica que tarde o temprano irán a por ti».


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