21 mayo 2009

Galicia: La leche barata no es el mal, sino el síntoma

¿Acaso incurre en dumping el fabricante de ropa que vende a precio de coste la que
no tiene salida comercial? ¡No! ¿Lo es vender leche sobrante a bajo precio?
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Los productores gallegos de leche son cíclicamente protagonistas de la actualidad. Una vez más y desde hace ya varias semanas son noticia a causa del desplome de los precios, pues las industrias ya pagan el litro a menos de 30 céntimos de euro, cantidad que en la mayoría de ocasiones no cubre los costes de producción de las granjas medianas, pequeñas, mal organizadas y/o que comercializan su producción creyendo que el sacralizado libre mercado tiene entrañas.
Las raíces del problema que acusa el sector lácteo gallego son complejas y la tentación de simplificar es grande.
De entrada, cuando se hizo el censo de la cabaña vacuna galaica previo al ingreso de España en la Unión Europea (UE) numerosos ganaderos declararon menos cabezas de las que poseían. Es imposible saber con exactitud cuántos y en qué medida mintieron; pero el cálculo más benigno indica que por término medio de cada 10 vacas declararon 7; hubo quienes registraron todas las cabezas, otros que declararon menos de la mitad y hubo pequeños productores que ninguna.
¿Por qué? Entre otras cosas destaca una singularmente aberrante: dirigentes de ciertos partidos políticos, sindicatos y organizaciones gremiales difundieron la patraña de que el censo sólo perseguía aumentar la recaudación fiscal.
Peor aún, hubo quien llegó a afirmar que las administraciones española y europea obligarían a sacrificar parte de la cabaña. Ese nefasto episodio provocó, entre otras cosas, que cuando se asignaron las cuotas comunitarias de producción láctea a España le correspondiera una cantidad sensiblemente inferior a la capacidad real de producción. A partir de ahí casi todo se emponzoñó.
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Atomización empobrecedora
En Galicia, que lidera la producción láctea española, las características del sector en los años ochenta (atomizado y escasamente mecanizado) debilitaban su rentabilidad, pues los costes de producción por litro (incluidos gastos de conservación, recogida, transporte, etcétera) eran hasta un 40 % más elevados que en Francia, por poner un ejemplo, donde el tamaño y el grado de mecanización de las explotaciones, más la existencia de organizaciones gremiales y profesionales altamente especializadas permiten competir con legítima ventaja.
Casi tres decenios después esas diferencias entre vaqueros franceses (siglo XXI) y los gallegos (escenario a veces propio del siglo XIX y como mucho, de mediado el XX) apenas ha cambiado.
A mayores, esto es capital: en Galicia (al igual que en otras geografías pero con mayor intensidad) el pasto ha sido progresivamente sustituido por pienso y otros productos cuyos precios son incontrolables, que para colmo se han encarecido a fuerte ritmo, castigando las cuentas de explotación de los vaqueros.
Por si fuera poco, el pienso no se paga al mismo precio cuando se compra para 30 o 50 vacas que para 500 o 1.000... Dicho de otro modo: ¿cuántas centrales de compras han organizado las pequeñas y medianas explotaciones gallegas para reducir costes? Esta sólo es una de las deficiencias del gremio, hay más.
En tanto no se aplicaron las reglas de la UE (por ejemplo, las cuotas), las desventajas que acusaba el sector lácteo galaico y español en general tuvieron efectos menores e incluso inapreciables durante determinados períodos, pero luego... ¡!
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El mercado no conoce fronteras y sus efectos tampoco
Las diferencias estructurales --que son históricas, no nuevas-- entre unos y otros territorios son de tal envergadura que tienen efectos perversos.
Así, por ejemplo, en función de coyunturas comerciales y de las necesidades de producción, los grandes productores de Francia (u otros países) se deshacen periódicamente de sus excedentes a bajo precio.
El escenario es aberrante: no es excepcional que para una industria láctea gallega sea más barato y rentable importar leche que poseer (o contratar) camiones cisterna que recorran decenas de kilómetros para recoger partidas menores en distintas explotaciones, amén de concurrir a veces otros factores.
Estos días todos los dirigentes del sector explican la última de las cíclicas caídas de los precios acusando a los exportadores franceses de dumping: vender a precio igual o inferior al coste de producción; pero, ¿acaso existe un coste de producción uniforme, aplicable en todos los territorios y en todo tipo de explotaciones? No.
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La utilización de la leche como
gancho comercial en las grandes
superficies ha contribuido al
abaratamiento del producto,
pero esa no es la raíz
del problema
Vender barato o tirar el producto
De entrada, es obligado subrayar que las grandes explotaciones francesas no venden toda su producción al mismo precio y lo que es más importante, esas explotaciones o las de otros países acumulan excedentes que [en muchas ocasiones tras convertir parte de su producción en leche en polvo para garantizar su conservación] venden a precios de saldo porque la única alternativa sería tirarlos, o bien que los adquiera la Unión Europea (UE) con destino a fines humanitarios.
Pero la UE no puede comprar toda la producción que carece de salida comercial y la otra opción, tirar lo producido, no reporta ningún ingreso; es más, incluso genera gastos.
Otra alternativa consiste en destinar la leche a producir más derivados, pero ese mercado también está suficientemente abastecido y en el caso de algunos productos, saturado.
¿Cómo obtener entonces algún ingreso con esos excedentes o al menos reducir las pérdidas? Sólo hay una salida, como para todos los productos y en todos los mercados: vender al precio que sea y/o reducir la producción. El sistema capitalista carece de "corazón": es inevitable cerrar las explotaciones no rentables.
La leche barata revienta precios en media Europa, no sólo en Galicia, donde para colmo de males los costes de producción para los vaqueros y para las industrias son más elevados debido a la atomización y a otros factores aquí sólo apuntados.
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¿Cabe calificar esa práctica como dumping?
Aunque las comparaciones sean odiosas y acusen distorsiones, más de un dirigente gremial y político debería hacerse la siguiente pregunta: ¿Cabe calificar de dumping la venta a bajo precio de partidas sobrantes de ropa en un outlet?, ¿algún empresario del textil ha denunciado esa práctica por presunto dumping?, ¿es dumping que un fabricante de coches rebaje un 20 %, un 30 % o más el precio de 10.000 unidades de un modelo poco vendido para dar salida a ese stock de automóviles cuyo almacenaje genera pérdidas?
Todo ello sin menoscabo de que, en efecto, las grandes compañías distribuidoras y las grandes superficies comerciales juegan un papel fundamental al desajustar la racional proporción entre costes de producción y precios de venta al público [no sólo leche es utilizada como gancho para organizar promociones comerciales y en todo caso, esa práctica es rigurosamente legal en el sacralizado libre mercado].
No hay duda de que la situación humana que viven cientos de vaqueros de distintos territorios y sociedades es objetivamente nefasta y en el caso de Galicia, por partida doble porque sus representantes gremiales y sucesivos gobiernos autonómicos y centrales no actuaron con rigor en los años ochenta, ni antes... y ahora tampoco.
La raíz de los problemas que acusan los vaqueros no son exclusivos del sector, si biuen en su caso el desastre es consecuencia de un injustificable cúmulo de inadecuaciones y de sucesivos parches de los que, en mayor o menor medida, son responsables todas las organizaciones sectoriales, todos los sindicatos y todos los partidos políticos que han ostentado el poder legislativo... ¡en Madrid! Nos engañemos, desde Santiago poco se puede hacer al respecto.
En todo caso, también hay responsabilidades directas en el propio sector y, por descontado, el origen del desastre está en el propio sistema económico imperante o si se prefiere, en no haberse adaptado a sus condicionantes.
Desde hace lustros casi todos los problemas del rural gallego se han parcheado o escondido, casi siempre a base de tapar miserias y bocas repartiendo ayudas y subvenciones que tiene el mismo efecto que la caridad: atender urgencias coyunturales y aplazar el problema sin resolverlo [el único subsector agropecuario que ha demostrado elevada capacidad de innovación y adaptación ha sido el viticultor].
Si prospera la denuncia por dumping --lo cual es improbable--, habrán puesto otro parche y para colmo querrán ser felicitados y votados.
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INFORMACIÓN puntual, pero descontextualizada, en La voz de Galicia.
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ACTUALIZACIÓN (septiembre 2015):
«Este año Europa está viviendo su tercera crisis del sector ganadero, especialmente el lácteo, desde 2009. Pero lejos de ver las famosas imágenes de los campos verdes del norte europeo —y de España, sobre todo Galicia— teñidos del blanco de la leche de vaca sobrante y sin casi valor económico para los productores, este 2015 ha sido el año del bloqueo». Más, en El país.

3 comentarios:

  1. Una tragedia lo de la leche, pero bueno haber que pasa, me da que más de uno tendrá que reinventarse, claro que a estas alturas, complicado.

    Un saludo

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  2. Como siempre, cada vez que tengo de algo, espero siempre a tu punto de vista.

    muchas gracias.

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  3. Hai máis. En Francia están os gandeiros en loita polos prezos do leite ( ate 20 cs ).
    Esa leite sobrante, o polo, as hortalizas, tamén reventan os mercados africanos con prezos moi baixos, grazas as subvencións a exportación.
    Semella que Africa está exangüe, a depredación segue.
    Hai unhos claros perdedores. ¿ Quén gaña ?.

    Xesús

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