03 junio 2014

Aproximación a una biografía de Juan Carlos I sin caer en la abominación ni el servilismo

El anuncio de la abdicación de Juan Carlos I ha confirmado que en España abundan los profesionales de la lisonja.
Sin necesidad de adoptar una posición anti-monárquica es posible hacer aproximaciones a la trayectoria del todavía rey sin incurrir en el servilismo ni recurrir al halago sistemático (y sistémico).
Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón-Dos Sicilias, rey de España y de Jerusalén [¡no es broma!, el segundo es uno más de los numerosos títulos que posee], nació el 5 de enero de 1938 en el Hospital Anglo-Americano de Roma. Es el segundo de los cuatro hijos de Juan de Borbón y Battenberg (1913-1993) y María de las Mercedes de Borbón-Dos Sicilias y Orleans (1910-2000). El bebé fue bautizado por el cardenal Eugenio Pacelli, la misma persona que accedió a la jefatura de El Vaticano con el nombre de Pío XII.
El padre de Juan Carlos se había convertido en jefe de la Casa Real española el 15 de enero de 1941 y, por tanto, en rey "in péctore" a raíz de la renuncia de su padre, Alfonso XIII [fallecido apenas un mes después de firmar esa cesión], que residía en Roma tras marchar al exilio en 1931 debido a la proclamación de la II República.
Hasta los 10 años, el futuro Juan Carlos I de España vivió en Roma, Lausana (Suiza) y Estoril (Portugal), donde la familia se afincó tras el fin de la segunda guerra mundial.
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El plan de "españolización"
Don Juan quería que su sucesor en el trono fuera "plenamente español" y con esa finalidad llegó a un acuerdo con el general Francisco Franco Bahamonde en el verano de 1948 para que el niño residiera y estudiara en San Sebastián.
Sin embargo, las relaciones entre el padre y el dictador sufrieron otro de sus cíclicos deterioros y antes de empezar el curso 1949-50 don Juan hizo regresar a su hijo a Estoril.
El jefe de la Casa Real y el Caudillo lograron alcanzar un nuevo compromiso y Juan Carlos, en esta ocasión acompañado de su hermano menor, Alfonso, regresó a España en el otoño de 1950.
En 1956, con 18 años de edad, Juan Carlos coprotagonizó un trágico suceso: durante unas vacaciones en la residencia familiar, Villa Giralda (Estoril), los dos hermanos jugaban con un arma y un disparo accidental alcanzó y mató a Alfonso.
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[Mucho se ha especulado con este suceso y pese a que los datos que han trascendido son escasos, lo cual es lógico, todo apunta que fue un accidente derivado de que Juan Carlos apretó el gatillo con la convicción de que el arma estaba descargada, todo lo demás son especulaciones]
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Nada fue fruto del azar
Meses antes de que Juan Carlos se instalara en España, las Cortes franquistas aprobaron la llamada Ley de Sucesión en la Jefatura del Estado, que consagraba a España como reino, aunque sin monarca, todavía... 
El ardid era perfecto, pues la ley promulgada convirtió al general Franco en un autócrata con poder absoluto para decidir quién sería su sucesor y cuándo se produciría la coronación.
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[El texto incluso preveía que Franco nombrara un regente, lo que cubría la posibilidad de que, por ejemplo, con motivo de una enfermedad mortal a edad temprana el Caudillo quisiera optar por un pretendiente al trono que fuera menor de edad, o insuficientemente maduro o que todavía no hubiera sido adoctrinado al gusto del dictador]
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Todos los datos disponibles indican que a esas alturas, 1950, ya existía un amplio consenso en la cúpula del régimen para que el hijo del ninguneado Juan III sucediera al Generalísimo, salvo que ocurriera algo extraordinario.
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El dictador apostó por Juan Carlos con probada firmeza
En contra de lo que se barajó en su día, las campañas carlistas en pro de su pretendiente o la desarrollada en favor del esposo de la nieta de Franco, Alfonso de Borbón y Dampierre, no ejercieron influencia efectiva en el Caudillo.
En el segundo caso las presiones fueron incluso familiares, pues el yerno del Caudillo y padre de María del Carmen Martínez-Bordiú Franco --el doctor Cristóbal Martínez-Bordiú y marqués de Villaverde-- utilizó sus excelentes relaciones con el dictador y su esposa, Carmen Polo Martínez-Valdés [que según fuentes de la propia familia Franco, llegó a posicionarse a favor de su yerno, aunque sin emplearse a fondo], para favorecer la candidatura de Alfonso, que hasta su muerte fue también pretendiente a la corona de Francia.
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Franco ninguneó a don Juan
En la marginación política de don Juan de Borbón influyeron su actitud y su edad [lo segundo impedía garantizar su "re-educación" política para garantizar su identificación con los criterios del régimen franquista], pero lo que más pesó fue que el Generalísimo no estaba dispuesto a perdonar las críticas de que fue objeto por parte del hijo de Alfonso XIII al término de la guerra civil española, cuando don Juan defendió sus derechos al trono pronunciándose en contra de que el Caudillo accediera a la Jefatura de Estado sin prever la cesión del poder para restaurar la monarquía en un corto plazo.
La animadversión que Franco sentía por don Juan se tornó rechazo frontal y definitivo en 1945 con motivo de la publicación del Manifiesto de Lausana, carta dirigida «a todos los españoles» mediante la que el rey se postulaba ante las potencias aliadas como titular de una monarquía parlamentaria que abriría un proceso constituyente camino de las libertades civiles y políticas.
Pese a todo Franco siempre fue cauto, que no débil, y evitó romper las relaciones con el jefe de la Casa Real; no en vano la inmensa mayoría de los monárquicos españoles, los derechistas en general y el poder económico habían apoyado los preparativos del golpe de Estado contra la II República y respaldaron el progresivo ascenso del general africanista frente a las pretensiones de otros altos mandos militares, apoyo lógico porque Franco se sumó al golpe de Estado aludiendo a que el objetivo de los alzados en armas era restaurar la monarquía, así lo manifestaron también públicamente en varias ocasiones casi todos los altos mandos del ejército golpista tanto durante la guerra civil que provocó el golpe como una vez finalizada la contienda.
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Juan Carlos se dejaba querer
Durante los primeros años de su estancia en España, Juan Carlos era ajeno a las decisiones políticas, a lo que contribuyó su carácter introvertido [aparte de que ni siquiera era informado de la actividad del Caudillo ni tampoco de las conversaciones de este con don Juan con respecto al futuro del teórico heredero de Juan III].
Juan Carlos era y sigue siendo en gran medida persona desconfiada, lo cual es lógico si se tiene en cuenta que su padre supeditó toda su educación (también la afectiva) y las relaciones familiares al objetivo de que fuera Príncipe de Asturias y su sucesor.
La campechanía de Juan Carlos de la que tanto se habla y escribe llegó con la madurez y es una impostura útil para cubrir las necesidades mediáticas de la monarquía. De hecho, una vez ceñida la corona el Borbón tuvo que hacer un notable esfuerzo para interpretar al rey "cercano con el pueblo" y de "trato campechano" en las distancias cortas, actitud que tantos réditos ha proporcionado a la causa monárquica y a la credibilidad de la que goza (o gozaba) el propio rey.
Finalizado el bachillerato en el Instituto San Isidro, a partir de otoño de 1954 y durante cuatro años Juan Carlos recibió instrucción en la Academia Militar de Zaragoza, la Escuela Naval de Marín (Pontevedra) y la Academia General del Aire de San Javier (Murcia), obteniendo los grados de alférez de Infantería, alférez de fragata y teniente del Ejército del Aire.
Tras recibir clases de Derecho y Economía en la Universidad Complutense de Madrid, el 14 de mayo de 1962 Juan Carlos matrimonió en Atenas con Sofía de Grecia (Atenas, 1938), hija primogénita del rey griego Pablo I y hermana del nunca coronado Constantino II.
La principesca pareja fue autorizada a fijar su residencia en el Palacio de la Zarzuela, y entre 1963 y 1968 nacieron sus tres hijos, Elena, Cristina y quien en las próximas semanas será coronado como Felipe VI.
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El juramento olvidado
El 22 de julio de 1969, las Cortes franquistas designaron oficialmente a Juan Carlos sucesor del Caudillo. En esa misma sesión los procuradores (no el jefe de la Casa Real, don Juan) aprobaron el nombramiento del joven Borbón como Príncipe de España y heredero de las dignidades de Alfonso XIII a título de rey, decisiones que él aceptó al día siguiente jurando sobre los santos evangelios lealtad al jefe del Estado, a los principios del Movimiento Nacional, así como guardar y hacer guardar las Leyes Fundamentales de tan singular reino.
Automáticamente, el príncipe fue ascendido a general de brigada de los ejércitos de Tierra y Aire y contralmirante de la Armada, y el 15 de junio de 1971 fue designado por ley sustituto del jefe del Estado en caso de ausencia o incapacidad del dictador.
Por si no fuera suficiente la humillación a la que había sido sometido el legítimo heredero del trono como Juan III, el Generalísimo puntualizó que el nombramiento de Juan Carlos como futuro monarca no constituía una restauración, sino una «instauración», lo que suponía ningunear al jefe de la Casa Real, don Juan, que quedó reducido a poco más que un "accidente biológico".
Es más, con la aquiescencia de Juan Carlos, el régimen esquivó la tradición de que el heredero ejerciera institucionalmente como Príncipe de Asturias, título que ostentó sólo teóricamente pese a que era --y ha vuelto a ser-- el título utilizado por el futuro monarca de la Casa de Borbón. Juan Carlos era, ante todo, el heredero del autócrata que reinaba en España.
Esa circunstancia, unida a otras de menor significado simbólico pero de tanto o mayor calado político, provocaron tensiones entre don Juan y su hijo, lo que agravó las ya creadas por la decisión de Franco de alterar la sucesión dinástica.
La elección de Juan Carlos tenía su lógica, como probó el hecho de que a la designación del heredero siguió dos años después el nombramiento de un presidente de Gobierno, siendo el primero en ostentar ese cargo Carrero Blanco, nombrado en 1973, año en que el dictador aceptó (por fin) que la senectud y la muerte son inevitables.
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Franco "emparejó" a Juan Carlos y Carrero 
Franco había planeado prolongar su régimen con un rey "de la casa" que sirviera de pantalla y con los poderes limitados, más un jefe de Gobierno fuerte y de probada lealtad al Movimiento Nacional, como era el caso del almirante Luis Carrero Blanco.
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[Es obligado subrayar que la ley por la que se creó el cargo de presidente de Gobierno fue aprobada en 1967, si bien no se aplicó hasta que el dictador lo estimó conveniente: "todo estaba atado y bien atado", insistían los más puristas del régimen]
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El atentado de ETA que acabó con la vida de Carrero solo seis meses después de su nombramiento como jefe del Ejecutivo privó al régimen del delfín mejor posicionado y del dirigente más capacitado para torear la situación socio-económica, plantar cara a quienes reclamaban con creciente insistencia una democracia parlamentaria y pilotar, esto sí estaba decidido, la modernización de las estructuras económicas, financieras y jurídicas.
Pero Franco, un anciano que vivía en un mundo paralelo ajeno a la realidad del país, no cejó [en mi opinión, el Caudillo era incapaz de ver y mucho menos admitir el escaso futuro que tenían su propia vida y el impaís que había creado], de modo que optó por cubrir la grave pérdida de Carrero con una pieza del sector más fiel al espíritu del 36, que también era el ala más "taruga" del régimen: Carlos Arias Navarro, personaje políticamente famoso por sus habilidades como represor (probadas con notable suficiencia en Málaga una vez acabada la guerra), pero carente de la ductilidad, de la linealidad y del fondo de armario (datos y referentes) que poseía Carrero.  
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Buenos escuderos 
Volviendo a Juan Carlos de Borbón y resumiendo, es inevitable subrayar que la época políticamente más amarga a la vez que la más exitosa en cuanto a resultados se refiere fue la que va desde el fin del franquismo [dando por cierta la ilusión de que el franquismo murió con Franco] hasta la aprobación de la Constitución de 1978, destacando el relevo de Arias Navarro en la presidencia de Gobierno y el indoloro suicidio político de los procuradores en Cortes.
Gracias a la impagable labor que desarrollaron Torcuato Fernández-Miranda Hevia y su equipo para desactivar las Cortes franquistas, y gracias también a Adolfo Suárez González tras ser aupado a la jefatura del Ejecutivo [burlando las presiones a favor de otros candidatos más "azules"], el aparato juancarlista ejecutó con notable eficacia las limitadas reformas diseñadas por los miembros de la intelligentsia doméstica, que en parte siguió los consejos (y varias exigencias) de los gobiernos amigos del Occidente democrático, básicamente Estados Unidos y Alemaniaa y en menor medida Francia y el Reino Unido.
La reforma del régimen y la redacción de la Constitución de 1978 fueron las impuestas por, en primer lugar, las tres "grandes familias" del régimen nacional-católico [la élite político-institucional del Movimiento, la gran banca y en tercer lugar la curia católica] y en segundo término, a partir de 1977, también jugaron un papel determinante los lobis económicos transnacionales de Estados Unidos y del núcleo fuerte de la Unión Europea, Alemania y Francia.
El éxito del novedoso constitucionalismo hispano [con el hábil gabinete de propaganda política del maestro Suárez al frente] se debió en gran medida a que en la carta magna fueron insertadas cosas muy bonitas que por ende lograron hacer creíbles... dejando la puerta abierta para que las maravillas pudieran incumplirse dando rodeos legislativos o administrativos.
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El acierto de navegar con el "piloto automático"
Las más notables aportaciones de Juan Carlos a la consolidación del parlamentarismo fueron dos:
 Facilitar y proteger la tarea de quienes tiraban del carro (los escuderos), lo cual tiene su mérito, obligado es reconocerlo y
 Saber estar, aunque de un tiempo acá yerra más de lo razonablemente justificable.
Durante tres decenios navegó con el "piloto automático", rara vez lo desconectaba, pero durante el bienio 1980-81 el monarca creyó ser más jefe de Estado de lo que le corresponde y a punto estuvo de echar por la borda sus aciertos.
Por motivos en gran medida ignotos, debido también a la inseguridad y dificultades que a veces acusa Juan Carlos de Borbón para distinguir lo políticamente superfluo de lo sustancial, el progresivo desmantelamiento del partido de Gobierno (la UCD) a manos de los posfranquistas liderados por Fraga Iribarne (AP) no sólo debilitó a Adolfo Suárez como líder político y "apagafuegos", sino que también puso al Estado al borde del precipicio y los ultras jugaron su baza: dar un golpe de Estado blando, intentona de la que sin duda tenían mayor o menor conocimiento casi todos los miembros de las más altas instancias del Estado.
Afortunadamente, además de "torres" el rey disponía de "alfiles", como era el caso de Sabino Fernández Campo y varios generales comprometidos con la Transición a la democracia [todavía hoy inacabada] que emularon el éxito de Fernández-Miranda durante el período 1975-78; lo que permitió al jefe de Estado y comandante de los ejércitos [calidad esta que es una de las grandes barbaridades introducidas por los franquistas en la Constitución de 1978] salir airoso del lío del 23-F (1981), dislate que en medida todavía imprecisa el rey propició con su propensión a estar bien con todo el mundo, incluidos sus "amigos de toda la vida" que participaron en los preparativos y en la ejecución del frustrado golpe.
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Foto capturada en Vanity Fair (11 enero 2014)
Como en el 23-F, la "sustancia"
del adiós ha sido silenciada
Desde el 23-F hasta 2005 (aprox.), la trayectoria de Juan Carlos como rey sin poder político reconocido fue por lo general la adecuada al rol que le corresponde constitucionalmente, sobre todo mientras cumplió con probada naturalidad la táctica de navegar con el "piloto automático" activado.
Sin embargo, el balance final ha perdido parte de la gloria y del glamur acumulados debido a los errores cometidos durante los últimos años de reinado, ora por meteduras de pata del propio rey ora por las cometidas por miembros de la Casa Real, destacando sobremanera los patinazos y el sainete que protagonizan la infanta Cristina y su codicioso esposo, sin que el monarca haya sabido y/o querido poner coto al desmadre.
En el agridulce epílogo del reinado también han influido el descrédito generalizado de las cúpulas de los dos partidos que endiosan a Juan Carlos I para encastillarse ellos, más el repunte de la corrupción que arrastra España desde hace décadas: fenómeno este que el franquismo normalizó social e institucionalmente.
Por desgracia, el Estado democrático de Derecho no ha sabido ni sabe tratar la corrupción ni a los corruptos como debería, unas veces por cerrar los ojos y otras por comodidad o desidia.
En fin, regresando al protagonista, la causa o las causas por las que el monarca ha cedido la corona han sido silenciadas. De momento...
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TEXTOS relacionados de interés:
* "La Operación Salmón de los tecnócratas abrió a Juan Carlos las puertas del trono", por Manuel Martorell, en CUARTO PODER;
* "Elecciones, abdicación y chapuza nacional", por Fernando Salgado; 
* "El rey se va y deja un país dividido y arruinado", por Robeto Centeno;
* "Una abdicación humillante para un golpe constitucional de perspectivas nada halagüeñas", por Antoni Domènech, Gustavo Buster y Daniel Raventós, en SIN PERMISO;
* "Lo que no se dice sobre la abdicación del Rey", por Vicenç Navarro;

2 comentarios:

  1. Me gustaría compartir con todos ustedes este genial artículo de Andrés Martínez Lorca:

    http://www.rebelion.org/noticia.php?id=185568

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  2. Desgraciadamente, aínda sufrimos, e sufragamos a familia real. Félix: Cres que podemos facer que a Monarquía pase polas URNAS? Está constitucionalizar dende que se aprobou por referendum nosa constitucion como en Inglaterra, ou en Dinamarca? Como ben sabes, ata en Cuba se pasou o poder dun irmán a otro...En noso caso, penso que é a primeira monarquía Socialista bananeira.

    Un abrazo.

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