26 de julio de 2021

1921-2021: La corrupción y el triunfalismo patriotero propiciaron el desastre de Annual

Tras un rosario de victorias militares logradas en su mayoría
comprando al enemigo, el ejército perdió 12.000 soldados
en 15 días y Alfonso XIII empezó a perder la corona
  
La derrota y el desastre militar de Annual supusieron el principio del fin del reinado de Alfonso XIII, que fue acusado de instar la toma de posiciones rumbo a Alhucemas (al Hoceima) y de ordenar el imprudente avance final en julio de 1921; esa iniciativa del Borbón —lo de menos fue que no hubiera pruebas inequívocas de su metedura de pata— constituyó el motivo más utilizado y la excusa más contundente de cuantas esgrimieron sottovoce los militares golpistas para convencer a sus compañeros reacios a aupar al general Miguel Primo de Rivera a la jefatura de Gobierno.
Es más, ¡fue ascendido a presidente de Gobierno con plenos poderes ejecutivos y legislativos! Es decir, dictador... eso sí, con el rey de cómplice para cubrir las apariencias, evitar dificultades añadidas en el interior, así como complicaciones financieras y geopolíticas en el exterior. 
La derrota militar en Annual fue de tal envergadura que obligó al Estado a revisar la política colonial, la estrategia a seguir en la guerra del Rif y en definitiva, afrontar la muy grave pérdida de autoridad de la monarquía española, que inicialmente salvó los muebles gracias al amical golpe de Estado de Primo de Rivera —que obtuvo inmediatamente el aval del monarca como jefe de gobierno. 
Pero la alegría de Alfonso de Borbón, llamado el Africano, duró poco más de ocho años.
La primera dictadura militar española del siglo XX fue instaurada el 13 de septiembre de 1923 e inició su colapso en diciembre de 1929, cuando Primo de Rivera presentó al rey lo que denominó “plan de transición”, cuyo objetivo último era convocar elecciones a Cortes para crear dos cámaras: una formada por 250 senadores y otra de 250 diputados.

Golpe de Estado contra el golpista... 

Mientras el dictador redactaba y pulía su plan de transición y el rey pensaba si aceptarlo o no, se estaba gestado un golpe militar contra el golpista que detentaba el poder, por lo que Primo de Rivera —que fue advertido de lo que se fraguaba— intentó reforzar su posición ante la Corona con nuevos apoyos del Ejército. 
Fracasó. Los capitanes generales fueron esquivos o manifiestamente contrarios, por lo que el dictador optó por presentar su dimisión el 28 de enero de 1930, que fue aceptada ipso facto por Alfonso XIII, quien, por cierto, era informado con detalle de los progresos y las exigencias de los golpistas... ¡por los propios golpistas!
El monarca nombró presidente de Gobierno al jefe de la Casa Real, el general Dámaso Berenguer Fusté y siguiendo a pie juntillas las recomendaciones de los conspiradores —deseosos de liberarse de las obligaciones de la administración cotidiana del país— el Borbón ordenó con alarde publicitario al nuevo jefe de Gobierno que «debemos retornar a la normalidad constitucional» y convocar elecciones; o sea, los golpistas confabulados contra el dictador renunciaron al golpe porque el jefe de Gobierno se apartó y porque el rey aceptó poner en marcha el plan de Primo de Rivera sin Primo de Rivera... a quien tal como evidencian los hechos sus compañeros de armas le negaron el apoyo por motivos ajenos a la política, forzando su dimisión por causas ignotas de índole personal y/o corporativa.
Quince meses después, en abril de 1931, se celebraron elecciones y se consumó la crisis abierta en Annual: la monarquía agotó su crédito y Alfonso XIII se vio obligado a abandonar España. 
La primera dictadura militar del siglo XX ha sido descrita por la mayoría de historiadores y analistas —¡no tertulianos!— como el primer ensayo de institucionalizar un régimen ultranacionalista español de corte autoritario

Los militares africanistas
extrajeron enseñanzas
que aplicaron
el 18 de julio de 1936 

Aquel primer experimento autoritario de los militares y de corte ultranacionalista fracasó en gran medida —esto es sustancial y rara vez se subraya como merece— por la actitud de casi todos los generales del ejército, empezando por el propio Primo de Rivera, reacios a reprimir con excesiva dureza a la población; de hecho, la actividad del sindicato UGT fue “consentida” en el marco de los comités paritarios; pero no todo el monte fue orégano, pues la otra gran central sindical de la época, la CNT, sufrió una dura represión oficial y, sobre todo, fue sometida a los sistemáticos ataques armados de los pistoleros que pagaban los empresarios más conservadores, cuyos métodos y mercenarios gozaron de protección gubernativa y judicial.
Esa renuencia a usar la violencia contra la oposición —actitud de la que solo se beneficiaban las organizaciones y las protestas no revolucionarias, por supuesto— fue un “grave error” que corrigieron los impulsores y dirigentes de la segunda dictadura militar del siglo XX español, de manera que desde el primer día del golpe de Estado del 18 de julio de 1936 y hasta el fallecimiento del dictador, el 20 de diciembre de 1975, hicieron uso de la represión sin paliativos, de forma sistemática y aplicado la pena de muerte por motivos políticos, tanto sin abrir procedimiento legal de ningún tipo (paseos) como por la vía de los juicios sumarísimos (sin garantías procesales) y siempre que lo estimaron necesario. 
Prueba de la contumacia represora del franquismo en las formas y en el tiempo es que los cinco últimos asesinatos legales se practicaron el 27 de septiembre de 1975, ocho semanas antes de fallecer en la cama el general Franco. 

La consagración de Abd el-Krim 

La batalla y derrota de Annual, que supuso la consagración de Abd el-Krim como el principal líder de los bereberes de todo el Magreb, se produjo entre el 22 de julio y el 9 de agosto de 1921
Los enfrentamientos se saldaron con la muerte de 12.000 soldados, 9.454 de ciudadanía española y unos 2.500 norteafricanos enrolados en las unidades indígenas.
Según fuentes españolas y no españolas, en torno a la mitad de los fallecidos fueron ejecutados tras rendirse —incluidos los 3.000 supervivientes asesinados en masa tras entregar las armas en virtud de la rendición pactada en Monte Arruit.
No se dispone de datos fiables de las bajas habidas entre los insurgentes, habiéndose barajado cifras muy dispares, desde poco más de 3.000 a unos 8.500.
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El dinero que  compraba
al amigo de hoy
sirvió para armar mejor
al enemigo de mañana 

Todo empezó en mayo de 1920, con una serie de éxitos bélicos que se prolongó hasta junio de 1921, período durante el que el general Fernández Silvestre protagonizó un espectacular progreso, pues avanzó 130 kilómetros, estableciendo 46 nuevas posiciones acusando solo 10 muertos y 60 heridos.
A la vista de lo acontecido después: ¿le pemitieron avanzar?
El Ejército español adelantó el frente hasta el río Amekrán y sometió las cábilas de Beni Ulixek, Beni Said y Temsaman, casi siempre —y esto es fundamental para entender el gran fracaso ulterior— llegando a acuerdos con cabecillas rifeños, a los que se les entregaban pequeñas fortunas en dinero líquido a cambio de su amistad
En España, políticos y medios daban por hecho que en cuatro o cinco meses, una vez alcanzada la bahía de Alhucemas, quedaría pacificado el territorio. Pero tal ilusión pronto se derrumbó de manera cruenta. Por motivos ignotos, se supone que siguiendo órdenes y tampoco se sabe quién o quiénes las dio/dieron, el grueso de las tropas españolas que permanecían estacionadas en Annual inició un avance general hacia la bahía de Alhucemas, enclave considerado estratégico para controlar el conjunto del protectorado.

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El primer revés fue inesperado pero
solo causó sorpresa, no inquietud  

Sin embargo, nada más tomar el monte Abarrán (1 de julio de 1921), 12 kilómetros más allá del centro de la bahía y cerca ya de la localidad de Al Hoceima (ver mapa insertado sobre este párrafo), los rebeldes rifeños contraatacaron y sorprendieron a los españoles tanto por la rapidez del movimiento como por la elevada cifra de hombres que emplearon, se adueñaron de la posición y capturaron varios cañones con su munición. 
La respuesta española fue, cuanto menos, poco meditada, pues desconociendo la cantidad de insurgentes en presencia y su capacidad de fuego, el general español ordenó ganar el monte Iguerriben para «consolidar los avances» ya realizados en esa ofensiva, según argumentó el mando.
Esta segunda posición --en el alto de Iguerriben-- también fue sitiada y finalmente tomada al asalto por una nutrida fuerza rifeña el 21 de julio.

La ordenada 
retirada
táctica se convirtió
en caótica huida

Al día siguiente, el ejército español inició una retirada táctica hacia sus posiciones iniciales pero el desconocimiento de la fuerza de los insurgentes seguía sin ser corregido, de manera que la retirada táctica y ordenada de tropas que creía acometer el general Fernández Silvestre sufrió desde el primer minuto un hostigamiento imprevisto, constante y con elevada capacidad de fuego —con artillería incluida.
El general Fernández Silvestre murió en circunstancias poco claras, si bien todo apunta que se suicidó poco después de ser informado de que varias compañías formadas por soldados indígenas —en torno a 400 hombres— se habían pasado al enemigo tras matar a decenas de soldados, contribuyendo al desconcierto y acrecentando el pánico, lo que convirtió el contingente español —que estaba trufado de inexpertos reclutas— en una masa de hombres huyendo sin apenas precauciones y, para colmo, la desbandada no se detuvo en Annual, de donde había partido «la gran ofensiva final para tomar Alhucemas (Al Hoceima) y controlar el protectorado en breve  plazo» --es cuestión de semanas, según anunciaba la prensa madrileña--, sino que los soldados que retrocedían desde el monte Abarrán y los luego desalojados del alto de Iguerriben contagiaron sus opiniones, su pesimismo y su pánico, arrastrando a todas las compañías camino de la única salvación posible: "¡regresemos a la fortaleza de Melilla!"

Casi toda la tropa estaba formada por jóvenes trabajadores
que antes de ser llamados a filas habían participaban
en protestas contra la sangría en la guerra del Rif

La mayoría de la tropa estaba formada por jóvenes que realizaban el servicio militar obligatorio, aunque contaba también con veteranos (pocos) y experimentadas unidades de naturales del Magreb adscritos a la Policía Indígena y a los Regulares
El armamento estaba compuesto de una artillería anticuada y escasa, ametralladoras de poca eficiencia de la marca Cok que se recalentaban fácilmente, más los fusiles Mauser de origen alemán, cientos de ellos deteriorados debido a que databan de finales del siglo XIX cuando España hizo frente las últimas guerras coloniales en ultramar, en Cuba y las Filipinas.
Los soldados vestían prendas de ínfima calidad y calzaban alpargatas; la comida estaba racionada y la renovación de ropa y calzado era tardía debido a la generalizada corrupción existente en los ministerios y en el propio Ejército, pues se desviaban suministros destinados a la tropa para beneficio de altos funcionarios y algunos oficiales corruptos.
La tragedia final de Annual fue protagonizada por los aproximadamente tres mil supervivientes que alcanzaron el fortín de Monte Arruit, que confiaban en la llegada de tropas de apoyo procedentes de Melilla. La espera fue en vano.
Sitiados durante doce días, la deshidratación y la falta de alimentos se cobraron las primeras víctimas —amén de que ya escaseaba las municiones—, por lo que los sitiados en Monte Arruit negociaron y alcanzaron un pacto (9 de agosto) con el enemigo por el que entregarían las armas y se retirarían hacía Melilla. 
El pacto no fue respetado por los mandos rifeños, que ordenaron disparar y asesinaron a los supervivientes tras la entrega de sus armas, exceptuados los oficiales por los que varios caciques de la insurgencia pidieron rescate. 
Para colmo, el resto de las posiciones españolas existentes en el camino hacia la cercana pero militarmente alejada Melilla se encontraban aisladas unas de otras, por lo que también fueron sitiadas por los rebeldes, atacadas casi todas las guarniciones, tomadas y sus defensores aniquilados.

El rosario de errores empezó
con la elección de Annual 

La elección de Annual como sede militar avanzada constituía por si sola un error estratégicamente colosal, pues estaba ubicada en un valle alargado rodeado de montañas que solo tenía una vía de comunicación hábil, tanto hacia Alhucemas como hacia Melilla, y para más inri con varios tramos que transcurrían a través de pasos entre montañas que fácilmente podían ser tomadas por el enemigo, como así ocurrió.
Los errores fueron inconmensurables y algunos venían de lejos, como los alardes de crueldad represora (ver foto adjunta), a los que antes de finalizar la guerra se sumaron los bombardeos con armas químicas.
El odio era mutuo pero quien lo cultivó mejor fue el ejército invasor.
A los errores ya expuestos hay que añadir garrafales imprevisiones y deficiencias, como el hecho de que las instalaciones o inmuebles habilitados como posiciones acuarteladas (denominados blocaos, en la jerga militar) carecieran de aljibes para almacenar agua a fin de disponer de una reserva en caso de asedio; es más, los blocaos o posiciones ni siquiera podían prestarse apoyo debido a las largas distancias que mediaban entre ellas.
Era inevitable, pues, que los blocaos cayeran uno tras otro en poder de los rebeldes, que luchaban en su país y se movían en un terreno que conocían al dedillo; además, disponían de armas de fuego a las que estaban acostumbrados y, al contrario que los reclutas españoles, la mayoría de los combatientes rifeños poseían excelente puntería porque amén de consumados cazadores, las luchas entre grupos bereberes rivales eran muy frecuentes antes de la llegada de los europeos; en resumen, la experiencia es la madre de la ciencia y del oficio...
No pocos guerrilleros rifeños ejercían de francotiradores, hostigando a las tropas españolas ocultos en las laderas montañosas o escondidos en un pedregal a 100, 200 y más metros de sus objetivos, para lo que no solo estaban perfectamente adaptados al clima, sino que además su ropa de tonos terrosos era un magnífico camuflaje.

Abd el-Krim trabajó para
la Administración colonial
y conocía la corrupción
que la minaba

El líder rifeño, Abd el-Krim, de la cabila de Beni Urriaguel, había trabajado al servicio de la Administración española como traductor, conocía perfectamente las debilidades del Ejército y la corrupción que lo debilitaba.
Bien relacionado y mejor considerado, el traductor logró unir las voluntades de diferentes cabilas y además las convenció de la necesidad de orquestar una serie de ataques coordinados.
Por inesperadas e intensas las embestidas rifeñas sorprendieron a los militares hispanos que, incapaces de admitir y valorar la capacidad del enemigo, tomaron decisiones sin información suficiente o deficiente, amén de menospreciar la inteligencia de Abd el-Krim y de los bereberes en general. 
Tras tan humillante rosario de errores y derrotas, la segunda guerra del Rif se prolongó durante seis años más hasta que España —con notable apoyo militar de Francia— impuso la paz. En la primavera de 1927 Abd-elKrim se rindió a los franceses y dos meses después, el 10 de julio de 1927, callaron las armas. La amnistía regia de 1924 impidió depurar responsabilidades, de tal forma que los posibles culpables de tantos errores y los propiciadores de la masacre quedaron impunes.
El territorio permaneció bajo dominio español hasta la independencia y creación del Reino de Marruecos, en 1956.

DE INTERÉS: En 1922, un año después del desastre de Annual, un periodista español cruzó el Mediterráneo, pero no para entrevistar a los mandos militares de su bando, sino que Luis de Oteyza, director de La libertad  logró reunirse y conversar con el líder rifeño, AbdelkrimLa revista FronteraD ha recuperado y difundido esa histórica entrevista.

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