Pocas veces me sorprenden las asociaciones de la prensa (AP), herederas del sindicato vertical del periodismo, pero confieso que ayer la de Madrid me cogió con la guardia baja porque de un tiempo acá parecía dispuesta a ser lo que casi todos sus asociados esperan: un aparato gremial que gestiona ventajas corporativas, formación profesional y ciertas prebendas laborales. Punto.