26 abril 2014

1939-2014: Hace 75 años y España sigue celebrando o lamentando aquella victoria

Este mes se han cumplido 75 años del fin de la guerra civil española y, curiosamente, desde el pasado enero y también este mes se habla y escribe más del centenario de la Gran Guerra de 1914-18 que de la tragedia que vivió España a causa del alzamiento militar del 18 de julio de 1936.
La victoria de los golpistas, proclamada el 1 de abril de 1939 [ver ilustración], empezó a ser más que previsible en la primavera de 1938, pues a esas alturas del conflicto ya era evidente que la Alemania hitleriana y la Italia mussoliniana apoyarían constante y generosamente a los golpistas, en tanto que los únicos suministros militares que recibía la República con regularidad llegaban de la lejana Unión Soviética y, por ende, en inferior cantidad y de menor calidad.
En otoño del 38, el fracaso de la ofensiva lanzada por el Ejército republicano en el frente del Ebro acabó con las escasas esperanzas de que triunfara la legalidad.
Tanto el ejército nacional-católico como el gubernamental sufrieron graves pérdidas en la batalla, incluso fueron superiores las de los derechistas, pero estos tenían el aprovisionamiento garantizado, en tanto que el Gobierno no logró reponer ni el 25 % del material consumido o destruido.
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[Ambos bandos movilizaron unos 100.000 hombres y atendiendo a las fuentes consultadas, que discrepan solo levemente aunque barran para uno u otro bando, murieron unos 6.700 republicanos y en torno a 10.000 rebeldes; las cifras de heridos sumaron unos 33.500 y cerca de 30.000, respectivamente. En lo tocante al material desplegado, es obligado subrayar que los franquistas hicieron gala de su superioridad, pues dispusieron de 310 aviones de combate por 200 de los republicanos (según las fuentes más fiables), y similares cifras y diferencias en cuanto a piezas de artillería. Los republicanos tenían ventaja en tanques, pero los siete caza-bombarderos Stuka que la Legión Cóndor utilizó para apoyar a los franquistas en el frente del Ebro demostraron elevada efectividad para atacar objetivos terrestres. El régimen nazi aprovechó la guerra española para ensayar y mejorar el Stuka, que sería una de las armas más temidas por los aliados durante la II Guerra Mundial]
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El "arma" más letal ni siquiera
precisaba munición
Mucho se ha escrito sobre la batalla que prácticamente decidió la guerra, pero pocas veces se resalta como merece que la principal "arma" del general Francisco Franco Bahamonde no estaba a orillas del Ebro, sino del Isar.
El 30 de septiembre de 1938, mientras 200.000 españoles se mataban entre si en la batalla más larga de la guerra, altos representantes de los gobiernos de Alemania, Francia, Gran Bretaña e Italia firmaban los Acuerdos de Munich en esta ciudad bávara, mediante los que dieron por zanjada la crisis de los Sudetes y, entre otros detalles, también pactaron no suministrar armas a la República Española ni a los alzados contra la legalidad.
El compromiso fue respetado por Francia y Gran Bretaña [los británicos, que desde primera hora ya mantenían una actitud crítica con el Gobierno del Frente Popular por la presencia de comunistas en las instituciones, aplicaron el secante a rajatabla... ¡Y no solo en lo tocante a las armas!]; en tanto que Alemania e Italia hicieron caso omiso y siguieron enviando suministros, aparte de no retirar las fuerzas expedicionarias desplazadas a la Península.
El papel de Londres y París todavía fue más patético, si cabe, porque la permanencia de soldados, pilotos y técnicos alemanes e italianos en territorio franquista fue aprobada oficialmente por Gran Bretaña y consentida por Francia; con el agravante de que, por el contrario, ambos gobiernos forzaron la retirada de las Brigadas Internacionales [esto último se tradujo en el frente del Ebro en la pérdida de unos 5.500 combatientes republicanos]
Así las cosas, un mes después de finalizar la batalla el ejército nacional-católico ya estaba preparado para iniciar la ofensiva de Catalunya, a la que Franco dio luz verde en los primeros días de diciembre.
El generalísimo contaba con una ventaja sustancial: Francia y Gran Bretaña no habían proporcionado armas, equipos ni repuestos a la República.
Para redondear, Berlín garantizó a Burgos que ocurriera lo que ocurriera durante la ofensiva en Catalunya el régimen nazi ejercería toda su «capacidad de amenaza» para impedir que las dos grandes democracias europeas impusieran un alto el fuego.
La no intervención de británicos y franceses era fundamental para que los nacionales cumplieran uno de sus objetivos centrales: reducir al máximo el número de opositores activos o potenciales que seguirían vivos al finalizar la guerra.
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Fuente de la cartografía: Google Maps y elaboración propia (pulsar sobre la ilustración para ampliarla)
La llamada "ofensiva en la zona centro-sur" también fracasó 
Además de Catalunya, Menorca, Madrid y el cuadrante sureste de la Península también seguían bajo control del Gobierno legal. Desde un punto de vista militar la capital era una isla "condenada", salvo milagro; La Mancha era un territorio semi-rodeado y el grueso de las fuerzas armadas disponibles, ubicado en la franja de costa que va desde València hasta Almería, acusaba dispersión y carecía de capacidad suficiente para lanzar un ofensiva hacia Catalunya o Madrid.
Pese a todos los inconvenientes, el jefe de Estado Mayor republicano, Vicente Rojo, intentó lo que él mismo describió como una "ofensiva en la zona centro-sur", que incluía una operación de ataque en el frente de Extremadura y el desembarco de varios miles de hombres en las proximidades de Motril
El objetivo era provocar que los nacionales desplazaran efectivos del frente catalán, aligerando así la creciente presión de los rebeldes sobre Lérida y Tarragona.
Pero la flota republicana fue incapaz de afrontar el reto con posibilidades de éxito y la otra fuerza movilizada, el grueso del Ejército del Este, logró un avance tan sorprendente como breve, pues a las dos semanas la escasez de medios unida a la insuficiencia de los transportes de aprovisionamiento obligaron a las tropas a replegarse y conformarse con mantener la línea del frente donde estaba al iniciar la operación.
Así las cosas, a partir de diciembre de 1938 las fuerzas republicanas presentes en el País Valencià, en la región murciana y en el oriente andaluz centraron sus esfuerzos en combatir a los aviones que bombardeaban las principales ciudades, mantener las posiciones, impedir sabotajes, y ayudar a las autoridades a organizar el flete y la protección de los barcos que llevaron al exilio a miles de ciudadanos.
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La orden era causar el mayor número posible de bajas
Desde los primeros días de enero de 1939 hasta el 1 de abril, las tropas nacionales avanzaron sin prisa pero sin pausa, causando el mayor número posible de bajas al enemigo y ejecutando a todos los cuadros sindicales y de izquierdas apresados en las localidades que tomaban.
Al mismo tiempo, los HE-11 y Stuka alemanes y los Savoia y Fiat italianos bombardeaban las ciudades portuarias, incluidas las zonas habitadas; en especial, las urbes de Alicante, Barcelona, Cartagena, Tarragona y València.
El 24 de enero las tropas franquistas ya estaban a orillas del río Llobregat y 48 horas después entraban en Barcelona, de la que el Ejército republicano se había retirado para evitar una batalla urbana y la consiguiente muerte de cientos de civiles.
El Gobierno republicano se reunió por última vez en suelo español el 4 de febrero, en Figueres (Girona) y todos sus miembros pasaron a Francia al día siguiente, camino que siguieron durante las siguientes jornadas lo que quedaba del ejército y miles de personas que temían las represalias de los vencedores, tal como en efecto sufrieron en torno a 40.000 catalanes antes de que finalizara la contienda, sumados los fusilados (la mayoría de ellos sin juicio previo), los encarcelados, los internados en campos de concentración y los sancionados o penalizados de una u otra forma [las nuevas autoridades civiles y militares ejecutaron varios cientos de expropiaciones de bienes muebles (dinero, joyas y otros valores) e inmuebles, tanto sedes de partidos y sindicatos como fábricas, edificios residenciales y viviendas, que en numerosas ocasiones eran entregadas a particulares, militantes de Falange, empresarios y otros leales al nuevo régimen, así como a miembros de la curia y a la propia Iglesia Católica].
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El precio de la paz en Europa, que a la postre no fue tal,
lo pagó en gran medida la II República
La didáctica y "británica"
rendición de Menorca 
Casi al mismo tiempo que tropas y dirigentes republicanos cruzaban la frontera francesa, la última isla española que seguía bajo control de las autoridades legales, Menorca, fue ocupada por los nacionales con ayuda de la Marina Real británica, que movilizó el crucero Devonshire para trasladar a Mahón al militar de mayor graduación del ejército franquista en Mallorca, Fernando Sartorius, conde de San Luis, que detentaba el cargo de jefe de la región aérea balear.
Invitado por el capitán del crucero británico, el gobernador de Menorca, el capitán de navío Luis González de Ubieta, subió a bordo del buque para entrevistarse con Sartorius, que instó la rendición de la isla a cambio de permitir al gobernador, los mandos militares y las autoridades civiles abandonar España sanos y salvos. Y así lo hicieron las 452 personas que subieron a bordo del Devonshire en la madrugada del 9 de febrero para ser trasladadas a Marsella.
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[¡La única vez que Gran Bretaña participó activamente en la guerra española y lo hizo para favorecer a los nacionales!... Londres justificó la intervención del Devonshire alegando que con ello evitaba muertes innecesarias; pero en realidad el objetivo fundamental no era humanitario, sino político, pues los británicos querían a toda costa que Menorca cayera en poder de los nacionales para frustrar que fuera ocupada por el III Reich, que semanas antes había solicitado formalmente a Franco la "cesión" de la isla, siquiera temporalmente. Fuentes germanas han apuntado posteriormente que Hitler proyectaba instalar en Menorca una base aéreo-naval.
No solo los nazis estaban interesados en disponer de Menorca, también la ansiaban los fascistas italianos, si bien el Gobierno de Mussolini no quería instalar una base militar, sino convertir la isla en una prolongación permanente del territorio italiano en el Mediterráneo occidental]
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La conjura de Casado y el "no" de Franco a un alto el fuego 
Justo el mismo día que Menorca pasaba a zona nacional, el 9 de febrero, el presidente del Gobierno republicano, Juan Negrín, cruzaba la frontera catalano-francesa rumbo a Toulouse, desde donde voló a Alicante a fin de seguir ejerciendo como máxima autoridad gubernamental en la zona todavía controlada por la República.
Negrín permaneció en España hasta 5 de marzo, días después de que se pusiera en marcha la conjura liderada por el coronel Segismundo Casado (adscrito al Ejército del Centro, Madrid), que junto al socialista Julián Besteiro y al anarcosindicalista Cipriano Mera, entre otros políticos menos significados, constituyeron el llamado Consejo Nacional de Defensa para negociar una "paz honrosa" con el general Franco.
Los casadistas, que desde los primeros días de enero presionaban a Negrín para que pilotara la negociación con el general golpista, decidieron actuar al margen del Gobierno republicano el 28 de febrero, día en que Francia y Gran Bretaña anunciaron oficialmente que reconocían al Gobierno de Burgos como el único representante de la República Española.
A la par que Casado y sus aliados hundían la escasa credibilidad popular que le quedaba a la II República y ponían patas arriba su precario aparato administrativo, un grupo de civiles (presuntos quintacolumnistas) y varios oficiales protagonizaron un motín en la base naval de Cartagena con la finalidad de apoderarse de las pocas embarcaciones que le quedaban a la Armada y zarpar rumbo a un puerto controlado por los nacionales.
Exiliados definitivamente Negrín y los ministros republicanos que habían permanecido en territorio español hasta el último momento, el Consejo Nacional de Defensa hizo llegar su propuesta de "paz honrosa" al general Franco. La respuesta de este a los emisarios fue exactamente la que había predicho Negrín: el comandante golpista rechazó el alto el fuego sin rendición incondicional.
Los gobiernos francés y británico intentaron que Franco se aviniera a firmar un acuerdo de paz, para lo que enviaron sendas delegaciones que ni siquiera fueron recibidas por el Caudillo. Los representantes británico y francés se mostraron dispuestos a actuar de intermediarios e incluso llegaron a insinuar que sus países contribuirían a la puesta en marcha de la desmantelada economía española. 
[Con su propuesta de mediación y sus promesas de ayuda, Londres y París intentaban evitar que el nuevo régimen se alineara políticamente con Berlín y Roma]
Franco ni tan solo contestó oficialmente a los enviados británicos y franceses, limitándose a repetir que solo daría por finalizadas las acciones militares si el Estado Mayor del Ejército republicano declaraba la rendición incondicional.
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La II República murió físicamente en Cartagena
El 29 de marzo, los pocos diputados y autoridades republicanas que quedaban en España, casadistas y no casadistas, embarcaron con sus familias en un destructor británico que los trasladó a Marsella.
[Julián Besteiro, cofundador del consejo casadista, decidió quedarse en Madrid, donde ya habían entrado las tropas franquistas. El socialista fue detenido, juzgado por un tribunal militar y condenado a 30 años de prisión. Murió a causa de una septicemia el 27 de septiembre de 1940, en el penal de Carmona]
El 29 de marzo cayeron cual piezas de dominó Cuenca, Albacete, Ciudad Real, Jaén y Murcia; al día siguiente Almería, Valencia y Alicante y el 31 de marzo, Cartagena, que fue la última ciudad en la que entraron las tropas del Movimento Nacional
El 1 de abril Radio Nacional de España, emisora que había sido puesta en marcha por los golpistas en Burgos, difundió el último parte de guerra: «En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado. Burgos, 1º de abril de 1939, año de la victoria. El Generalísimo», y a pie de texto la firma de Francisco Franco Bahamonde y la fecha.
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