31 de mayo de 2018

Los motores y los "padres" de Mayo del 68 son conocidos, pero ¿quiénes fueron los "abuelos"?

Mayo y otra vez uno de los asuntos más tratados en los medios es Mayo del 68, máxime cuando se cumplen 50 años del movimiento que, una vez digerido y socialmente olvidado el desastre de la segunda guerra mundial, logró poner otra vez en el centro del debate político las trampas del sistema económico capitalista y las hipocresías morales imperantes en Occidente.
Los padres del mayo parisino son conocidos, pero ¿quiénes fueron los abuelos?
El relato de los hechos es el aspecto más conocido o menos desconocido de aquel episodio, cientos de textos periodísticos y decenas de libros explican lo ocurrido; sin embargo, muy pocos autores —vivieran o no los hechos en primera persona— han escrito sobre los orígenes ideológicos de la revuelta: los padres de los padres del plural movimiento que la hizo posible.
Hace ya más de dos años, bajo el título ¿Quién 'montó' el Mayo del 68? y firmado por A. P. Schroedel el periódico 20minutos publicó un texto cuyos primeros párrafos sirven para introducirse en tan espinosa y controvertida materia:

«El 9 de abril de 1959, día de Pascua, un hombre ataviado con el hábito de monje dominico subió al púlpito de la catedral de Nôtre Dame de París aprovechando un intervalo de la solemne misa pascual. Ante más de mil egregios invitados, pertenecientes a las diferentes esferas del poder de Francia (Iglesia, política, alto empresariado...), el falso monje leyó un antisermón blasfematorio que acusaba a la Iglesia católica de corrupta estafadora y anunciaba la muerte de Dios. Se produjo un brutal escándalo. Al ser uno de los primeros eventos oficiales que la ORTF (televisión pública francesa) retransmitía en directo, cientos de miles de ciudadanos galos, si no millones, fueron testigos de la blasfemia. Todos los periódicos de Francia recogieron al día siguiente la noticia. Los responsables (encerrados durante unos días) comenzaron a ser famosos. Eran miembros del grupo Letrista, movimiento cultural revolucionario creado en Francia alrededor de 1945 por Isidore Isou que perseguía, a través de actos insólitos y provocadores, denunciar la situación aburguesada de la sociedad de su tiempo».

Sin restar mérito al impulsor inicial del letrismo, el galo-rumano Isidore Isou (1925-2007), el miembro del grupo que más sustancia destiló, el que fue aupado al rango de líder y el más conocido de los letristas fue Guy Ernest Debord (1931-1994), autor de La sociedad del espectáculo, libro que conviene leer para entender no solo ideas y actitudes sensentaiochistas, sino también para conocer las mil y una imposturas y falacias que adornan la realidad oficial, esa suma de maravillas maravillosas en las que creen y “pastan” millones de inocentes corderos del culto y rico Primer Mundo.
Debord, enamorado ideológica y vitalmente de Rosa Luxemburgo, era ante todo un declarado admirador del singular literato y político húngaro Georg Luckács (1885-1971), al que cabe considerar como el primer comunista antiestaliniano porque en la empobrecida y acosada República Soviética de Hungría de 1919, que presidía el comunista Béla Kun, el ya entonces social e institucionalmente respetado Luckács —afiliado al PC, siendo comisario de Instrucción Pública y haciendo gala de una visión de futuro premonitoria— lanzó y defendió públicamente que el Gobierno apostara por «la revolución democrática social» en vez de por la revolución proletaria, objetivo este que él consideraba a corto plazo contraproducente en Hungría, país trufado de contradicciones que recién había logrado desvincularse de la monarquía austracista. Al año siguiente el Gobierno pro soviético cayó y Luckács emigró a Viena.
Años después Luckács regresó a Budapest y en octubre de 1956 ingresó en el gobierno de Imre Nagy como ministro de Cultura Popular, responsabilidad que le costó ser encarcelado por los soviéticos junto con el resto de los dirigentes que abanderaron la revolución antiestalinista húngara.

Guy Debord, Michele Bernstein y Asger Jorn, en París

De Cosio di Arroscia a París
El ejemplo intelectual y vital de Luckács marcó poderosamente el pensamiento de Debord, quien además mantuvo estrecha relación con los letristas más comprometidos socialmente (Gilles Ivain, Mohamed Dahou, Gaëtan Langlais, Michèle Bernstein, Asger Jorn y Patrick Straram); como resultado de esas influencias y experiencia se convirtió en uno de los impulsores y en el principal animador de la cumbre letrista de 1957, celebrada apenas un año después de la derrotada revolución húngara en Cosio di Arroscia​, pequeña localidad de la Liguria junto a la frontera italo-francesa, donde se sentaron las bases para que la ya conocida como Internacional Letrista se transformara en vanguardia política y superara la frontera de lo puramente intelectual y artístico; proyecto y tesis que Debord plasmó en el ensayo "Rapport sur la construction de situations et sur les conditions de l'organisation et de l'action de la tendance situationniste internationale" (Informe sobre la construcción de situaciones y las condiciones de organización y acción de la corriente situacionista internacional).
Así nació la Internacional Situacionista, cuyas tesis junto a las del grupo Socialismo o Barbarie, más las aportaciones de los cada vez más numerosos comunistas antiestalinianos —básicamente, los trotskistas y de los anarquistas más pragmáticos constituyeron la plural fuente de la que bebieron los líderes de Mayo del 68.
Sin duda, el caño que vertió más agua y más fresca fue el situacionista, colectivo que acabó casándose con el grupo Socialismo y Barbarie que pilotaba Cornelius Catoriadis.
En todo caso, para gustos y opiniones hay colores y cuando se trata de resumir el origen ideológico de Mayo del 68 me inclino por mencionar los trabajos básicos que se autoimpusieron los situacionistas de primera hora:
1.º desnudar siempre que sea posible y a la vista de todos la sociedad de clases como sistema inhumano y opresivo y,
2.º luchar constantemente —empezando desde abajo— contra los valores morales que reinan en Occidente, cuya razón de ser es contribuir al eficaz funcionamiento del capitalismo [o sea, las empresas y los propietarios tienen derecho a extraer el máximo beneficio posible del trabajo y de los bienes naturales con independencia del interés y del bien general].
Para redondear esta breve relación de los motores iniciáticos de Mayo del 68 es obligado recordar que los consejistas se encargaron de poner el descentralizado orden-desorden organizativo de una rebelión que, para sorpresa de todos los analistas convencionales de la época, ridiculizó el golismo (centro-derecha francés) y a todos los gobiernos que fiaban y fían la paz social e institucional a cifras económicas que en mayor o menor grado son ajenas a la realidad de la inmensa mayoría de los ciudadanos.

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