28 octubre 2006

Consenso sagrado = democracia débil

En los regímenes parlamentarios es necesario el consenso entre contrincantes en ocasiones, cuando se dan situaciones de extrema gravedad o para, por ejemplo, realizar cambios constitucionales, pero ni siquiera para esto es imprescindible el consenso.
Por motivos igual de pragmáticos y por respeto a lo esencial de la democracia, convertir el consenso en norma es un absurdo y, por lo general, renunciar reiteradamente a la propia ideología o intereses es síntoma de males mayores.
Uno de los principios básicos de un Estado democrático de Derecho consiste en acatar las decisiones de la mayoría (de los votantes) y con el mismo rigor, la mayoría (máxime si es relativa) debe respetar a las minorías y garantizar que pueden discrepar, difundir sus opiniones y pactar con las de ideología pareja para gobernar.
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La verdad verdadera de unos
y el buenismo de los otros hacen estragos
Hoy, al empeño de Mariano Rajoy en que él y su partido son depositarios de la verdad más verdadera se ha sumado el buenismo de los muy buenos de Rodríguez Zapatero, que parece avergonzado de disponer de mayoría (aunque inestable) en el Congreso de los Diputados.
Ni uno ni otro parecen haber comprendido que la democracia parlamentaria radica precisamente en que cada agente político cumpla sus funciones.
Rajoy, ¿líder? del PP, es esclavo del nacional-catolicismo que hoy representan los Acebes, Zaplana y Aguirre, entre otros; y Zapatero está condicionado por los juegos de cintura de los Bono y Vázquez.
Dicho de otro modo: casi siempre acaban ganando los que carecen de ideología, principios o proyectos, más los que se avergüenzan de lo que representan o dicen representar.
Esas dos familias (conservadores y falsos socialdemócratas) son las que necesitan pactos políticamente apolíticos para, entre otros objetivos, perpetuar que el gobierno democrático siga siendo el gobierno de las élites, para lo que es esencial que la ciudadanía confunda estabilidad con uniformidad, prudencia con resignación y Economía con econometría.
El funcionamiento de un país democrático radica, entre otras cosas, en que dirigentes y ciudadanos en general acepten a sus contrincantes y a sus vecinos tal cual son, aunque no se dirijan la palabra, admitiendo que hay distancias insalvables y que la única forma de dilucidarlas es ser democrático (aceptar al otro) o convocar a las urnas.
En un Estado democrático de Derecho, apostar o imponer que todo se decida por consenso es sospechoso.
Una democracia que evita el lógico y sano enfrentamiento entre proyectos, renunciando al debate y que apuesta siempre por las renuncias está enferma o, a lo peor, nació enferma.

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