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Mapa de la antigua Canaán
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Los palestinos (denominación derivada del vocablo pilistino, o filisteo) constituían un pueblo seminómada que originariamente habitó en distintos enclaves de las riberas del mar Egeo y que a partir del siglo X a.C. también se estableció en enclaves de Libano, Siria, Jordania, Israel, Gaza y del oriente de Egipto, aunque siempre formando colonias de tamaño menor, dispersas y sin contactos estables entre sí.
En el siglo I d.C., una vez aplastada la última revuelta judía contra el Imperio Romano, fue la metrópoli ocupante la que decidió que el topónimo oficial de la antigua Canaán (luego Israel y Judá) fuera Palestina, con la intención declarada de quebrar la identidad de la población autóctona mayoritaria y original. De hecho, el vocablo árabe filastin es hijo de esa denominación latina.
Siglo XII a.C.: Los hebreos pueblan Canaán
Los hebreos se asentaron en parte del territorio de los actuales Israel, Gaza y Cisjordania (Canaán) durante los siglos XIII y XII a.C., aproximadamente, organizándose como una confederación de tribus hasta unificar sus estructuras bajo una monarquía, siendo el primero de sus reyes Saúl. En torno al siglo X a.C. se estableció la capital en Jerusalén y un rey llamado Salomón construyó el primer templo de la fe judaica.
Más tarde, esa nación se dividió en dos reinos, uno al norte (Israel) y otro al sur (Judá). Israel desapareció como entidad política en el siglo VII a.C., a raíz de la invasión asiria y Judá sobrevivió un siglo más, hasta la llegada de los babilonios.
Siglo X a.C.: Clanes pilistinos se asientan en el territorio
La desaparición de los dos reinos hebreos no significó que dejara de practicarse el judaísmo, ni que dejaran de existir las tribus hebreas o judías, ni que abandonaran sus tierras, pues siguieron conformando el grueso de la población de la región, a la que a partir del siglo X a.C., aproximadamente, también se fueron incorporando familias y clanes de la tribu egea de los pilistinos, o filisteos.
[La historia, los hechos probados, es notablemente distinta de lo que cuentan la Biblia, el Corán, la Torá y demás textos de carácter religioso. La solidez del judaísmo, que es la más antigua de las tres grandes religiones monoteístas, no se alcanzó hasta varios siglos después de Salomón, influyendo sobremanera en su desarrollo las aportaciones teórico-morales del mazdeísmo]
La población judía sólo empezó a reducirse notablemente en el siglo I a.C., cuando los seguidores de la fe judaica fueron considerados enemigos de Roma y en gran medida expulsados de sus tierras.
Palestina --que así fue rebautizado el territorio por los romanos-- jamás existió como nación ni como reino o estructura similar; eso sí, la población de origen árabe acabó siendo mayoritaria en casi todos los territorios de esa región del Oriente Próximo tras las sucesivas migraciones e invasiones árabes habidas a partir del siglo VII d.C. (exceptuadas grandes zonas de los actuales Egipto, Turquía, Kurdistán o Irán, donde prevalecen las etnias turcas, turcomanas, iranias, kurdas, armenias, etcétera). Mas en la antigua Canaán jamás existió una nación palestina creada por los primitivos pilistinos ni por los árabes que se asentaron allí.
Mayoría árabe a partir del siglo VII
Ninguno de los palestinos que actualmente se identifican como tales son descendientes de los pilistinos que se establecieron en la región a partir del siglo X-IX a.C.
La mayoría de los palestinos actuales son árabes y jamás --hasta entrado el siglo XX-- se consideraron un pueblo o etnia distinta de los pueblos, etnias y naciones árabes que se extendieron por toda la región, fenómeno que se deriva directamente del mandato mahometano de propagar e imponer el islam.
Es más, la construcción de una nación palestina es tan moderna que esa posibilidad ni siquiera fue tenida en cuenta por los árabes que poblaban mayoritariamente la vieja Canaán en la década de 1930, cuando la comunidad internacional empezó a considerar la posibilidad real de crear un Estado judío o hebreo en la zona.
Durante más de doce siglos, el territorio de la vieja Canaán permaneció prácticamente despoblado, hay múltiples testimonios de la gran soledad que caracterizaba el interior del país, en tanto que la costa sí estaba notablemente poblada. Las tierras de la vieja Canaán pasaban de mano en mano, de potencia en potencia, sin pena ni gloria; ni siquiera había oposición autóctona a esos cambios, sencillamente porque no había identidad ni sentimiento de pueblo. La mayoría de habitantes eran de origen árabe y la fe islámica era la única seña de identidad de los árabe-pilistinos [también existían asentamientos cristianos de distintas iglesias con presencia de etnias europeas, aunque sus poblaciones eran cuantitativamente testimoniales; más colectivos hebreos también de cuantía menor].
El recuerdo de un topónimo creado por Roma
Es más, incluso después de la segunda guerra mundial, Ahmed el-Shuqeiri, que con el tiempo llegó a ser presidente de la Organización para la Liberación de Palestina (OLP), declaró ante el Consejo de Seguridad de la ONU que “todos sabemos que Palestina no es nada más que la provincia sureña de Siria”. El recuerdo oral y documental de la extinta provincia sirio-palestina de los romanos seguía presente.
El nacionalismo palestino es --hay sobradas evidencias históricas y documentales-- un invento, como tantos otros nacionalismos, que no todos. Un invento legítimo, sin duda, que ha servido para consolidar un movimiento socio-político de base religiosa y étnica [en esto coinciden árabe-palestinos y hebreos] y que en los primeros momentos sólo tenía tres pilares sólidos: la fe islámica de la mayoría de sus gentes, una cultura dominante (básicamente árabe) y el apoyo de varios Estados recién constituidos que, ¡en principio!, estuvieron interesados en dar alas a una nación árabe-palestina para arrumbar o contrarrestar el Estado israelí creado en 1948 por Naciones Unidas.
No obstante, el colectivo árabe desplazado por la creación de Estado de Israel apenas gozó de apoyos árabes duraderos. De hecho, el primer gran progromo y matanza de árabe-pilistinos fue ejecutado por el Reino de Jordania, durante el período junio-septiembre de 1970 [el nombre de la organización Septiembre Negro se hace eco de ese episodio], temeroso del creciente poder de los fedayín, pues los árabes no jordanos desplazados y asentados en el reino hachemita superaban el millon de personas.
La historia sólo informa, no deslegitima nada
Esos y otros hechos históricos no restan ni un ápice de legitimidad política a la opción árabe-pilistina, ni menosacaban el derecho de los árabe-pilistinos que actualmente pueblan Gaza y Cisjordania a constituir un Estado soberano, al tiempo que Israel debe asumir esa necesidad objetiva y respetar sus fronteras.
Y hablo de árabe-pilistinos para enfatizar que el término palestino es un gentilicio reciente; basado, paradójicamente, en la recuperación de un topónimo utilizado por los romanos para desindentificar el territorio que en su día fue Canaán y luego Israel y Judá.
Las guerras habidas en la región, empezando por las invasiones asirias, babilónicas, persas y egipcias, pasando por la bárbara acción de las Cruzadas, sin olvidar sucesivas oleadas de árabes procedentes de distintas geografías y acabando con los períodos de dominio otomano y británico, no dejaron ni rastro de los antiguos pilistinos.
Los únicos pueblos que siguen estando presentes en la vieja Canaán tras treinta siglos de historia son los árabes (con toda su variedad étnica) y los hebreos, si bien estos han sido escasos hasta inicios del siglo XX [la llegada de nuevos habitantes judíos fue financiada por el movimiento sionista a partir del siglo XIX, que incluso compraba tierras a los árabes para crear asentamientos], pues apenas quedaron hebreos en el viejo Canaán tras la expulsión que sufrieron hace dos mil años.
[A fecha de hoy, la población de Israel no es mayoritariamente de origen hebreo, ni mucho menos; no en vano, desde hace siglos los judíos no constituyen una etnia, sino que conforman un colectivo multiétnico que practica una religión, la judaica; entre cuyos fieles hay etnias de origen hispano (sefardíes), eslavo y germano (asquenasíes), anglosajones, francos, flamencos, etiópicos, etcétera. El único gentilicio formalmente correcto aplicable al conjunto de los habitantes de Israel es el de israelíes].
Hay que insistir, sin ambages, en que la creación del Estado palestino tiene razón de ser, pero para llegar a esta conclusión no hace falta tergiversar la historia ni arrogarse la pertenencia a una etnia desaparecida hace cientos y cientos de años que, para colmo, ni siquiera era de origen árabe.
[En este punto es conveniente precisar que tampoco existe un pueblo o una etnia semita. Semita se refiere a una serie de idiomas, sin que tenga ninguna connotación étnica o biológica, sino únicamente cultural. Ese conjunto lingüístico agrupa las formas antiguas y modernas del acadio, el árabe, el arameo, el asirio, el hebreo, el siríaco, el tigriña, etcétera. El uso de la palabra semita como designación étnica se extendió a finales del siglo XIX y durante decenios fue utilizado con fines etnicistas carentes de base científica]
Dos naciones: israelíes y árabe-palestinos
Los nuevos palestinos --llamados así porque así lo han decidido ellos-- ganarán credibilidad y respeto si sus dirigentes dejan de recurrir a mixtificaciones y, sobre todo, si dejan de cultivar la violencia suicida y el odio.
Y el Estado israelí recuperará la consideración internacional que está perdiendo si deja de zaherir identidades ajenas, combate su creciente islamofobia y respeta a sus vecinos más cercanos, que tienen todo el derecho a constituirse en Estado soberano.
NOTA: Esta entrada sólo es un esbozo del agitado pasado del territorio palestino-israelí. Maestros hay que con toda seguridad pueden aportar más datos y matices y que, seguramente, corregirán posibles errores. Con esta introducción sólo trato de desmitificar verdades de cartón piedra, que las hay en ambos bandos enfrentados y, a la postre, apuntar que nada del pasado, ¡absolutamente nada!, impide que ambas naciones tengan futuro, sean vecinas y respeten sus fronteras.
DE INTERÉS: "El mito de Palestina", por Francis Nadizi, en JUDÍOS EN EL NORTE DE SEFARAD.