14 mayo 2014

Hoy, Yoyes habría cumplido 60 años y los odios, todos, habrían remitido más y mejor

María Dolores Yoyes González Katarain [Ordizia, 14 mayo 1954 – 10 septiembre 1986] habría cumplido hoy 60 años pero fue asesinada a los 32 por orden de Artapalo (la dirección de ETA), cuyo objetivo era destruir los significados de la singular vasquista a la vez que castigarle por regresar al País Vasco español y por "traicionar" a ETA, así calificaba Artapalo el abandono de la organización.
Quitando la vida a Yoyes la cúpula también lanzaba una advertencia a los cada vez más numerosos etarras que por aquel entonces ya planteaban la necesidad de abandonar la vía armada.
No era la primera vez que miembros de ETA apostaban por renunciar a la violencia, pero nunca antes habían sido tantos ni lo habían manifestado con tanta naturalidad e insistencia.
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¿Por qué cada vez eran más los etarras
partidarios de enfundar las pistolas?
Aparte de consideraciones de índole personal de las que apenas existen testimonios fiables, el auge de los partidarios de abandonar las armas se debía a que en el verano del 86 existían posibilidades ciertas de que el Estado español asumiera algunas de las propuestas que Domingo Txomin Iturbe Abasolo exponía en Argel a los emisarios enviados por el Gobierno de Felipe González.
Los partidarios de hacer política en la legalidad eran cada vez más numerosos porque los hechos no sólo habían probado la inutilidad de la violencia, sino que además en los países desarrollados con regímenes parlamentarios las balas y las bombas causaban (causan) efectos contrarios a los perseguidos.
Esa y otras circunstancias llegaron a ser debatidas tanto informal como oficialmente en varias reuniones celebradas en Francia.
La propuesta de abandonar las armas también concitó lógica expectación en la generalidad de la izquierda y del nacionalismo vasco.
Los etarras partidarios de hacer política en la legalidad contaban con el apoyo de quien por aquel entonces era el dirigente con mayor peso en ETA, Txomin, partidario de recurrir a las armas sólo si era necesario ejecutar «acciones de carácter defensivo».  
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Un reportaje inoportuno
Involuntariamente, la revista Cambio16 reforzó la convicción del sector duro de silenciar a Yoyes para siempre. La publicación del reportaje titulado «El regreso de la etarra» no fue inoportuna, sino demoledora. En el texto se afirmaba que Yoyes se había acogido a las medidas de reinserción arbitradas por el Gobierno, lo cual era falso. Y lo que es peor, el reportaje incluía opiniones positivas sobre el plan gubernamental dando a entender que reflejaban la posición de la ex etarra al respecto, cosa que también faltaba a la verdad.
El reportaje contó con la colaboración (intoxicación) de alguien próximo al Gobierno [nunca se ha sabido quién o quiénes] con la intención de explotar políticamente el regreso a España de la antifranquista para poner en valor la vía de la reinserción.
La difusión de que Yoyes se había acogido al programa gubernamental provocó que en la cúpula de ETA la balanza se inclinara un poco más a favor de eliminarla.
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La perversa utilidad del maniqueísmo
La dirección de ETA consideró que matar a la traidora era la solución a sus problemas internos y externos de credibilidad por dos motivos:
* Primero, porque con ese asesinato demostraba que estaba decidida a castigar con máximo rigor a quien abandonase ETA para acogerse al plan de reinserción del Gobierno, tal como se suponía que había hecho Yoyes, según difundieron los medios [el desafortunado reportaje de Cambio16 obtuvo generalizado eco en todos los medios], y
* Segundo, porque el prestigio de Yoyes y de los etarras partidarios de abandonar las armas crecía en la misma proporción que ETA sangraba crédito y admiradores; de modo que matar a Yoyes rompería esa dinámica, según la tesis de Artapalo, imponiendo una vez más el maniqueísmo: blanco o negro, buenos y malos, pactar con el enemigo o seguir en ETA, sin margen alguno para otras alternativas.
Por si fuera poco, Yoyes había mantenido enfrentamientos políticos directos, cara a cara, con varios miembros del sector duro de ETA, que era mayoritario en la dirección, a los que desde 1980 tildaba de irracionales y acusaba de empujar a la izquierda vasquista a un callejón sin salida. Más claro: entre los "militaristas" abundaban quienes habían personalizado las críticas hasta el punto de que el odio personal pesaba tanto o más que el político.
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Yoyes
Fue la primera mujer que tuvo
poder político en ETA
Yoyes se incorporó a ETA a finales de 1971. Su cicerone fue Joxe Etxeberría, Beltza, con quien mantuvo una estrecha relación tanto en el ámbito político como en el personal. La desaparición de Beltza, muerto dos años después en Algorta al explotar la bomba que transportaba, influyó poderosamente en la actitud de Yoyes, que se tornó más introvertida de lo que ya era y extremadamente precavida en las relaciones personales.
Yoyes, racionalista hasta el punto de que parecía insensible pese a que no lo era, fue la primera mujer que accedió a la dirección de ETA al ser cooptada por el comité ejecutivo.
En 1978, el asesinato de Joxe Mikel Beñarán, Argala a manos del Batallón Vasco-español favoreció a los partidarios de militarizar la vida de la organización y relegar a segundo plano la política; esto provocó que Yoyes y otros militantes que habían mantenido una relación de máxima confianza política con Argala exteriorizaran sin ambages sus discrepancias ante miembros de la dirección, sobre todo en lo tocante a la comisión de atentados y a la política de alianzas.
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[Hablar de la política de alianzas de ETA es un tanto absurdo porque en la práctica no existía. ETA mantenía una actitud prepotente frente al resto de las fuerzas nacionalistas y de la izquierda, con las que había roto prácticamente todos los lazos]
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Al año siguiente (1979), una vez comprobado que seguían ganando espacio los que fiaban casi todo a la violencia, Yoyes comunicó formalmente su decisión de abandonar ETA, en principio temporalmente. Pero el proceso para formalizar esa ruptura provisional quedó interrumpido debido a que fue detenida y encarcelada en Francia.
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Exilio en México y regreso a Francia
En 1980, una vez excarcelada, Yoyes ratificó su desacuerdo, que en prisión se había acrecentado, y comunicó que abandonaba por tiempo indefinido la disciplina de la organización. Todo se complicó debido a la creciente agresividad verbal de varios de sus ex compañeros (incluidas amenazas más o menos veladas), lo que aconsejaba alejarse lo más posible de ellos, motivo por el que Yoyes decidió emigrar a México.
En la capital azteca la vasquista cursó Sociología y trabajó para Naciones Unidas. Tras cuatro años de estudio y una breve pero intensa experiencia profesional, en 1984 González Katarain regresó a Europa, se instaló en París para ampliar estudios y obtuvo el estatuto de refugiada política.
A través de una persona de su máxima confianza que a su vez mantenía relación de amistad con Julián Sancristóbal, a la sazón director de Seguridad del Estado, la ex etarra obtuvo confirmación oficial de que en España no había ninguna causa judicial abierta contra ella en aplicación de la Ley de Amnistía de 1977, pues no estaba implicada en delitos de sangre; de modo que estableció contacto con Txomin para garantizar que la dirección de ETA asumía sin problemas su regreso a territorio español.
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[En 1979, la dirección de ETA empezó a controlar la vida privada y las decisiones de sus militantes en el ámbito personal, aunque la intensidad de esa vigilancia dependía de las circunstancias de cada militante a la vez que de la situación política española. Ese control se mantenía aunque el/la activista o colaborador/a se apartara de la organización, como en el caso de Yoyes.
En su huida hacia delante, el sector duro de ETA incrementó sus controles para contrarrestar el plan de reinserciones del Gobierno de Felipe González. En el origen de esa decisión, no obstante, figuraban ante todo las conversaciones de Argel, pues amenazaban con dejar fuera de juego a los "puristas".
Otro tanto ocurrió cuando el Ejecutivo de José María Aznar intentó que los dirigentes de ETA, o bien los militantes uno a uno, aceptaran una «rendición recompensada»]
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Txomin apoyó a Yoyes e impuso su criterio en la dirección, que en principio aceptó el regreso a Euskadi de la ex militante pero con una condición: no debía acogerse a las medidas de reinserción. Esta exigencia era innecesaria porque la ex etarra ya había comunicado que era firme partidaria de esa limitación, habiendo dejado claro que rompía con ETA pero seguía defendiendo y aplicando el criterio de que los vasquitas consecuentes debían rechazar todo tipo de pactos personales con las autoridades españolas.

Una de las pintadas con
las que ETA intentó
desprestigiar a Yoyes
(foto, Gerinda Bai)
Yoyes regresa a casa
En otoño de 1985, Yoyes cruzó la frontera hispano-francesa y regresó a casa de sus padres, en Ordizia. No iba sola, la acompañaban su compañero y su hijo. Días después, los tres se instalaron en Donosti-San Sebastián.
Ya en 1986, con Txomin desterrado en Argel, la correlación de fuerzas en la dirección de ETA se inclinó todavía más a favor del sector militarista.
Yoyes nunca fue persona dispuesta a callar opiniones y seguía criticando las acciones etarras, que eran cada vez más sangrientas.
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[El deterioro político e intelectual de la dirección de ETA fue a más y alcanzó cotas de máxima irracionalidad en 1987, cuando colocó una bomba en los almacenes Hipercor de la barcelonesa avenida Meridiana, causando 21 muertos y 45 heridos]

Kubati dispara
Yoyes no parecía ser consciente de que Txomin era el único parachoques que la había protegido con eficacia y pese a la ausencia de este, ella siguió criticando abiertamente a la dirección de ETA. Las conversaciones de Argel se desarrollaban "lejos", la información circulaba con lentitud y por si fuera poco, los "tiempos" de los tres miembros de Artapalo y los de Txomin no coincidían.
Poco a poco, la influencia del argelino declinó y aprovechando su ausencia física los militaristas acabaron planteando abiertamente la necesidad de poner fin a lo que ellos consideraban "el problema Yoyes".
En la reunión donde se debía tomar la decisión definitiva, Mujika Garmendia (alias Pakito) tomó la palabra para dictar sentencia sin ambages, ratificando lo que ya había manifestado en varios ocasiones: acusó de traición a la ex militante y afirmó que colaboraba con el Gobierno español. Pakito concluyó su rosario de falacias y estupideces diciendo que sólo hay una solución: matarla.
El encargo de cumplir la sentencia fue confiado a Antonio López Ruiz, alias Kubati, miembro del comando Goyerri-Costa
En la tarde del 10 de septiembre de 1986, Kubati se acercó a Yoyes por la espalda mientras ella jugaba con su hijo junto a una caseta de las fiestas de Ordizia. El verdugo apretó el gatillo a poco más de un metro de distancia matando a la vasquista con un solo disparo en la cabeza.

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