04 abril 2015

La guerra civil del Yemen es mucho más que una pugna entre chiíes y suníes

La revuelta huzí, los atentados de Al Qaeda más los bombardeos saudíes
amenazan con reventar el Estado árabe más débil, creado en 1990
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La mayoría de los medios y analistas resumen el conflicto yemení aludiendo a la pugna entre los islam suní y chií, lo que supone, según dicen los "expertos" de orden, un enfrentamiento indirecto entre los gobiernos de Arabia Saudí e Irán. No es tan simple. Antes que secta islámica los huzíes constituyen una nación cuyos miembros son en su mayoría (no todos) de credo zaydí [variante del chiísmo fundada por Zayd Ibn Alí].
Además, el asunto se ha complicado con la intervención de Arabia Saudí, que con apoyo estadounidense ha movilizado tropas y bombardea ciudades del Yemen para imponer la disciplina wahabita [ver actualización al pie de este texto], tal como hizo la aristocracia de la antigua corte de Saná.
La revuelta de los huzíes se inició en 2004 y no estalló por motivos religiosos —aunque también influyeron—, sino por asuntos socio-políticos y como respuesta al centralismo del Gobierno y contra la codiciosa élite de Saná.
Los huzíes aspiraban a una amplia autonomía de gobierno en la norteña provincia de Sa'dah [ver mapas adjuntos]. Ya entonces, en 2004, tras la eclosión del conflicto y la demanda de independencia formulada por un sector de los huzíes, Riad se alineó con Saná y participó en la represión del movimiento, que aparentemente pareció haber sido liquidado. Sólo fue el fin de la primera batalla. Las reivindicaciones sociales y políticas huzíes rebrotaron, ganaron consistencia, se extendieron y en varias provincias hicieron piña en torno a una organización: Ansarolá, frente del que también forman parte miles de yemeníes no creyentes.
Pero no sólo los huzíes constituyen un mundo que va más allá de la religión, sino que en el otro bando —dando por buena la falacia de que sólo hay dos— tampoco todos los suníes constituyen un bloque uniforme y pro gubernamental, pues en vastas zonas de la mitad sur del país son cada vez más los suníes y no suníes partidarios de dar marcha atrás y reconstituir el Estado de Yemen del Sur que en 1990 tuvo que aceptar o la fusión con el viejo reino del norte.
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Sayed Abdel Malek al-Huthí, líder de Ansarolá
Si lo hay, el apoyo iraní es innecesario
para derrotar al ejército yemení
En rigor, el cemento de la coalición árabe que apoya al Gobierno yemení no es el sunismo, sino la voluntad de derrotar a las milicias huzíes que controlan casi totalmente el norte del país y a los yihadistas que se han hehco fuertes en vastas zonas del centro y el oriente yemeníes.
Más claro: el principal motor de la coalición que amparan los Saúd y EE UU es destruir el movimiento huzí, principal pilar de la "entente de facto" --aunque sean enemigos potenciales-- que conforman Ansarolá, la fracción arábiga de Al Qaeda y la incipiente sección del ISIS. Los primeros operan en el norte y las columnas de las dos organizaciones yihadistas se mueven con libertad casi total en varias comarcas [ver mapa al pie del post].
La pésima situación económica del que ya era el país árabe más pobre es la causa fundamental del deterioro del Estado yemení y los insurgentes de uno u otro signo han acelerado el derrumbe..
Numerosos observadores consideran probable (algunos lo aseguran) que los huzíes hayan recibido apoyo material de Irán. Esta posibilidad es exactamente eso: una hipótesis, pero en los medios convencionales le otorgan calidad de certidumbre porque los occidentalistas aprovechan esa veta para emponzoñar las presiones de las que es objeto el régimen iraní, máxime desde que se iniciaron las conversaciones Occidente-Irán para pactar el futuro del programa nuclear del país asiático [negociación, por cierto, que ayer día 3 quedó cerrada con éxito, según todas las fuentes periodísticas e institucionales, exceptuados los islamófobos y el Gobierno de Israel].
Sea como fuere, casi nadie duda de que los huzíes han recibido apoyo económico de organizaciones chiíes, pero poco importan esas ayudas, sean iraníes, iraquíes o libanesas, pues las milicias huzíes no als necesitan para controlar las rutas y prácticamente todas las ciudades del noroeste del país [la capital Saná sigue bajo control del Gobierno pero es escenario de combates diarios], el apoyo exterior era innecesario porque el Estado yemení se cae a pedazos, su ejército está mal armado y pertrechado, peor dirigido, actúa sin coordinación y para colmo las deserciones son numerosas.
Los éxitos de las milicias huzíes alcanzaron el culmen con la osada operación iniciada la semana pasada, atacando y finalmente tomando la estratégica base militar de Al Anad y su aeropuerto, a poco más de 50 kilómetros de Adén, lo que a corto o medio plazo podría desembocar en el derrumbe del ejército yemení y la caída en manos rebeldes de la emblemática ex capital de la desaparecida República Democrática Popular del Yemen.
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Si Adén cae, en Riad y Washington
sonarán todas las alarmas 
Adén es un enclave de alto valor político. Hasta 1967 fue la capital de la colonia británica que abarcaba gran parte del litoral sur de la Península Arábiga, territorio en el que una vez derrotadas las tropas de la metrópoli [tras sucesivos reveses militares el Reino Unido negoció la independencia con la guerrilla] fue constituida la República Democrática Popular del Yemen [o Yemen del Sur], alineada con el bloque soviético.
Afortunada o infortunadamente, según quien lo analice, días antes de que el centro militar de Al Anad fuera conquistado por las milicias huzíes fueron evacuados los estadounidenses que desde esa base manejaban los aviones no tripulados (drones) con los que atacaban las columnas de Al Qaeda en la Península Arábiga.
Pero ese casual carece de relevancia, pues la hipotética muerte del medio ciento de estadounidenses nada nuevo habría provocado porque EE UU no necesitaba esgrimir ese u otro motivo para apoyar la guerra iniciada por Arabia Saudí. Washington ya había otorgado su plácet antes de que los Saud anunciaran sus planes bélicos y antes de que los huzíes conquistaran Al Anad.
De momento, el régimen saudí se limita a bombardear las posiciones huzíes [todas las informaciones llegadas de Saná coinciden en que los ataques aéreos están causando más víctimas y daños civiles que militares], pero Arabia, también con el apoyo de Washington, está decidida a desplegar tropas terrestres e invadir el Yemen.
Si Riad renunciara a derrotar a los huzíes y a los yihadistas yemeníes, para lo que es imprescindible la invasión, su preeminencia geopolítica en la región quedaría debilitada, pues incumpliría el objetivo de restituir en el poder al presidente y al Gobierno yemeníes, tal como el reino de los Saud se comprometió al solicitar apoyo político, económico y/o militar al resto de países de mayoría islámica y credo suní.
El presidente yemení Mansur al Hadi ya se ha mudado a Riad debido a la precaria situación de Saná, a punto de caer totalmente en manos de las milicias, de modo que al paso de unos días (quizá de unas horas) deberemos hablar o escribir del Gobierno yemení en el exilio.
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Imagen de la legendaria Saná, que no sólo es una
de las ciudades más antiguas de la Península Arábiga,
sino de todo el Oriente Medio
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Saleh, "resucitado", personifica
la tragedia vivida en 1990-94
La República del Yemen (unido) fue constituida el 22 de mayo de 1990 y el primer presidente fue Ali Abdalá Saleh, que permaneció en el cargo hasta 2012 y que estos días se ha posicionado en contra de su sucesor, Mansur al Hadi, al que culpa del derrumbe del Estado por su «incapacidad para el mando».
En 1990, armonizar siquiera superficialmente dos regímenes tan contradictorios (norte monárquico, sur republicano) y dos economías divergentes se prolongó durante dos años y medio, tras lo que el nuevo parlamento afrontó redactar una constitución.
Los resultados de los comicios de abril de 1993 para elegir a los legisladores encargados de elaborar la carta magna desembocaron en enfrentamientos norte-sur.
El Partido Socialista Yemení, que actuaba como representante de la extinta república popular sureña, se negó a participar en lo que calificó de «encerrona» de los clanes tradicionalistas del norte, a los que acusó de «marginar económicamente al sur».
Las negociaciones para salir del callejón se prolongaron otro año y en febrero de 1994 todas las partes firmaron un principio de acuerdo constitucional.
Fue en vano. Los ejércitos de los dos yemen unificados mantenían sus propios mandos e incluso las posiciones fronterizas en la línea divisoria, que teóricamente había desaparecido.
Por motivos nunca esclarecidos, el 27 de abril de 1994 se desencadenó una batalla entre dos compañías de caballería (tanques) en Amran, proximidades de Saná. Los dirigentes políticos y militares norteños acusaron a los sureños de haber iniciado el intercambio de obuses, y viceversa.
Aeronaves del norte bombardearon la capital del sur, Adén, y desde la ex república popular lanzaron misiles Scud que impactaron en Saná. El presidente Saleh declaró el estado de emergencia e intentó imponer su autoridad para frenar la escalada. Fue inútil.
Los líderes sureños declararon reconstituida la República Democrática de Yemen el 21 de mayo de 1994, pero ningún país reconoció el renacido Estado [EE UU jugó todas sus bazas en Naciones Unidas], a lo que contribuyó que la URSS y el bloque soviético ya no existían.
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1994: Primera intervención saudí
en el conflicto yemení
El ejército norteño inició movimientos para invadir el sur, pero el consejo de seguridad de Naciones Unidas adoptó una resolución [la número 924] instando el alto el fuego. Tras unas horas de paz armada, los combates se reiniciaron, mas la ONU había logrado que emisarios de ambas partes iniciaron negociaciones en El Cairo.
Las conversaciones resultaron ser un perverso entretenimiento para los dirigentes norteños, que aceptaron paralizar la invasión al tiempo que perfeccionaban sus planes bélicos, mejorando equipos y armamento. Con apoyo saudí, el norte invadió el sur y en menos de un mes (a finales de julio) sus tropas entraron en Adén.
Curiosamente, durante la crisis yemení de 1994 Arabia Saudí jugó las dos cartas: primero abonó las divisiones internas en el nuevo Estado porque la unificación generaba desconfianza en Riad, entre otros motivos porque los yemeníes constituyen la población más numerosa de la Península Arábiga; pero finalmente Riad apoyó al gobierno de Saná, muy probablemente siguiendo instrucciones de Washington y con la "lógica" finalidad de liquidar definitivamente a los izquierdistas sureños.
Uno de los pocos triunfadores de la guerra civil de 1994, aparte de la familia Saud, fue Saleh, pues dispuso de margen para "regatear" a unos y otros a fin de mantenerse en el cargo, erigiéndose en un dictador de facto.
El autoritarismo del nuevo Yemen (formalmente democrático pero extremadamente presidencialista) queda parcialmente disimulado por la existencia de un parlamento elegido mediante sufragio.
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La pugna norte-sur sigue viva
En la actualidad la lid norte-sur va más allá de lo estrictamente territorial, ni tampoco se ha desatado a raíz de la animadversión existente entre los tradicionalistas norteños —incluidos los cohesionados y poderosos huzíes— y lo poco que queda de los progresistas del sur.
En el conflicto actual las diferencias tienen raíces más tangibles, son socio-económicas y el objetivo final de la mayoría de los contendientes es comer cada día.
Además, en un escenario que es explosivo desde siempre el Gobierno de Saná ha alimentado las iras de unos y de otros al combatir la falta de cohesión nacional recurriendo al centralismo y prescindiendo de la población rural, sobre todo de los empobrecidos sudistas, ninguneados históricamente por los clanes del antiguo Reino del Yemen (1918-1968), que es el Estado y el orden añorado por la élite, fundado aprovechando el derrumbe del Imperio Otomano.
La lid norte-sur, que se dilucida en varios frentes (entre clanes, clases, creencias y economías) estrenó actor en 2007 al ser constituido el Movimiento de Yemen del Sur, que desde entonces gana adeptos a favor de la secesión. Para más inri, los sudistas han creado una suerte de fuerzas de choque (grupos armados), si bien en la actual guerra civil se mantienen en segundo plano, de momento...
Resumiendo, en el conflicto yemení se dilucidan varios enfrentamientos:
* suníes versus zaydíes (chíies);
* los del norte contra los sudistas;
* los huzíes, como tribu y natio preeminente, frente al resto de tribus y clanes;
* los tradicionalistas del viejo reino yemení creado en Saná frente a los campesinos y ganaderos empobrecidos que conforman la mayoría del país (tanto en el norte como en el sur);
* el régimen de los Saud, que está obligado a derrotar a los que hoy son los dos principales enemigos en su península: el movimiento huzí y la sección yemení de Al Qaeda...
Hay más fuerzas guerreando en el campo de batalla o en las cancillerías, pero los diez protagonistas aquí mencionados son los más directamente implicados [hay yemeníes que "participan" en más de una de esas pugnas].
Lo dicho, la de Yemen no es una simple guerra religiosa. Hay variados intereses en juego y no sólo yemeníes.
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DE INTERÉS:
«De l'Irak au Yémen, le piège confessionel», Grègoire Lalieu (fr);
«Le Yémen en morceaux», por Laurent Bonnefoy (fr);
«Derribando mitos acerca de los hutíes en Yemen», por Thalia Rahme.
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ACTUALIZACIÓN (8 abril 2015):
El ejército saudí ya ha ejecutado una misión en territorio yemení
Los combates entre el ejército leal al presidente Al Hadi y las milicias huzíes se han intensificado en la capital, Saná, y en la sureña Adén, la primera casi totalmente controlada por los rebeldes norteños y la segunda, rodeada por ellos.
Además de los bombarderos, el ejército de tierra de Arabia Saudí ya ha entrado en el Yemen, pues ha tomado posiciones a lo largo de la frontera para acometer la previsible invasión, que «sólo se ejecutará si es preciso [es decir, si los huzíes no se rinden, cosa improbable] y cuando lo aconsejen las circunstancias», puntualizaron ayer fuentes oficiales de Riad, según informa Le monde.
Comandos saudíes han participado en el asalto de una estratégica base militar ubicada en una de las islas yemeníes del estrecho de Bab el Mandeb. El objetivo de la acción era doble: reconquistar las instalaciones y, sobre todo, evitar que las milicias huzíes interrumpan o dificulten el tráfico de buques en el mar Rojo, por el que transitan decenas de portacontenedores, petroleros y todo tipo de navíos procedentes de o con rumbo al Mediterráneo vía canal de Suez.
Naciones Unidas estima que sólo en el área de Saná el número de personas desplazadas ya supera las 100.000.
En paralelo, la sección arábiga de Al Qaeda mueve sus columnas con total libertad en las provincias de Shabwah, Abyan y Hadhramaut [ver mapa], y los combatientes del Estado Islámico, que también posee "delegación" en el Yemen, tampoco se ven afectados por la guerra ni se han involucrado, de momento.
Al Qaeda no se plantea entrar en una guerra abierta, no es su "estilo", y Estado Islámico carece de estructura y poder bélico suficiente en el Yemen para acometer una ofensiva similar a la que mantiene en Siria e Irak.

1 comentario:

  1. Enhorabuena, Félix, por el magnífico artículo, muy explicativo y pormenorizado, que llega a las raíces del conflicto eludiendo simplismos y teniendo en cuenta los intereses de los países cercanos... y no tan cercanos.

    Llama la atención ver hoy día a gente que no ha sabido nunca casi nada del Islam (y me incluyo) esforzándose por desentrañar conceptos como el sunismo y el chiismo, el wahabismo, el salafismo.... Hasta tal punto se ha puesto candente la situación en los países árabes e islámicos.

    Dada la excelente información que acostumbras manejar, creo que estás en muy buena situación para trazar un cuadro histórico esquemático del Islam, sus ramas doctrinales, su desarrollo histórico, sus diversos compromisos políticos y esferas de influencia. Espero que te animes a ello en próximos posts. Harías un gran favor a muchos podando de mitos y sandeces, hijos de la pereza analítica y del pensamiento único, las creencias tan burdas y sin matices que se extienden sin freno.

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