10 de septiembre de 2006

El "agujero negro" de Oriente Próximo: los Saud

¿Se imagina usted que la denominación oficial de España fuera España BorbónicaPues Arabia Saudí es el único Estado del mundo en cuya denominación oficial el topónimo va acompañado del nombre de la familia reinante. La finca de los Saud es de otro mundo...
La historia del clan de los Saud se inició hace 240 años, cuando el jeque Muhamad Ibn Saud convirtió en ley fundamental de su señorío el catecismo de los wahabitas, secta fundamentalista de fe suní creada por Muhamad Ibn al-Wahab, coetáneo del primer "padrino" de los Saud.
Desde entonces, el patriarca de la familia saudí (hoy rey) es el guardián del wahabismo, al tiempo que lidera una élite cohesionada por vía del parentesco y de los matrimonios (casi todos planificados) compuesta por unas 3.000 personas, entre las que figuran varios cientos de jeques y decenas de príncipes.
Los Saud controlan todas las instituciones y entidades más relevantes, desde los poderes legislativo, judicial y ejecutivo del Estado hasta los consejos de administración de las más importantes empresas, bien directamente o por personas de confianza: desde las petroleras y las constructoras hasta las tecnológicas y los servicios, destacando el interés por invertir, controlar y/o intervenir oficialmente en el suministro de agua, en las distribuidoras de alimentos, en los negocios de las telecomunicaciones y en la información, naturalmente.
Al mismo tiempo, los Saud se reservan la comandancia suprema de las fuerzas armadas y dirigen tanto la policía convencional como la temida Mutawan, el cuerpo de funcionarios encargado de ejecutar las sentencias religiosas del Comité para el Fomento de la Virtud y la Prevención del Vicio.
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Muhamad Ibn al-Wahab (1703-1792)
La legislación wahabita
aplica criterios del siglo VIII

El wahabismo nació en el XVIII y ganó crédito con inusitada rapidez entre los miembros del clero musulmán, prestos a endurecer los criterios religiosos para contrarrestar la progresiva secularización que imponía la Administración colonial otomana, que hasta el siglo XX gobernó con mano de hierro el norte y la mitad occidental de la Península Arábiga.
Durante la época más negra del imperio otomano, que hizo uso sistemático de la violencia, las reivindicaciones de Ibn al-Wahab se mezclaron con reclamaciones civiles y aspiraciones políticas.
Poco a poco y gracias a su influencia en los hogares y en un creciente sector social de las ciudades de La Meca, Medina y Riad, los cuadros wahabitas tejieron una vasta red de complicidades.
La doctrina wahabí caló sobre todo en las familias de comerciantes y en las tribus nómadas, dedicadas en su mayoría al pastoreo.
El credo de la secta asumió los postulados del salafismo, que a su vez contiene los preceptos jurídicos de la escuela hanbalí, cuyas esencias teóricas fueron enunciadas por Ahmed Ibn Hanbal (siglo VIII), impulsor de la madhab, la corriente jurídica coránica más estricta y también la más panarabista del islam.
Los wahabitas defienden que la sharia (el conjunto de normas y preceptos musulmanes) tenga rango de ley civil y que las constituciones de los países de mayoría musulmana hagan suyo ese principio.
La sharia de los wahabitas, por ende, es singularmente involucionista porque al contrario que la sharia de general aplicación entre los suníes, prescribe que los únicos preceptos y normas islámicas válidas son las extraídas del Corán y de los seis libros de hadices, la suna, que expone las sentencias y opiniones atribuidas a Mahoma y sus primeros discípulos.
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Las creencias religiosas convertidas en código civil
garantizan inhumanas barbaridades 

El wahabismo estima que todas las normas y preceptos dictados con posterioridad a los seis hadices carecen de legitimidad. Ese criterio, que los dirigentes del wahabismo saudí imponen con intolerante rigor, ha impedido la modernización y adecuación de las leyes civiles (marcadas por la sharia) a los cambios derivados de los avances culturales y científicos de la humanidad.
En resumen, el wahabismo impone valores morales y aplica soluciones (incluidas las penales) propias de los siglos VIII y IX (calendario europeo).
Los Saud, en su calidad de cardenales del wahabismo, han rechazado sistemáticamente todo tipo de innovación o reforma racional; lo cual es lógico porque el credo wahabí es el pilar ideológico y institucional sobre el que descansa a la vez que ha sido levantado el Estado de los Saud, que han impuesto un código penal que contempla, entre otras aberraciones, la amputación de una mano al ladrón, la flagelación de quien consume una bebida alcohólica y la lapidación de la mujer adúltera (sea real o supuesta): la infidelidad matrimonial de la esposa está catalogada como un delito penal muy grave.

La Administración civil saudí conculca a diario 
los derechos humanos que ampara Naciones Unidas

Los dogmas del wahabismo se aplican (aunque no de forma general e indiscriminada) en una sociedad cada vez más influenciada por los efectos sociales y culturales que genera la descomunal riqueza petrolera del país, donde conviven y rechinan las más avanzadas tecnologías, un torrente de petrodólares y unas reglas de juego medievales.
El actual monarca, Fahd bin Abelaziz al-Saud [ver nota a pie de post], inició su carrera política en 1962, cuando fue nombrado ministro de Interior. 
Fahd fue el impulsor del primer y hasta ahora único programa de desarrollo económico planificado y equilibrado [¡ojo!, no me refiero a equilibrio socio-económico, sino al equilibrio macroeconómico en el marco de un capitalismo clásico y primerizo], racional y ejecutado en Arabia, abarcando el sexenio 1975-1980.
Gracias a las reformas y a las infraestructuras diseñadas por el equipo de tecnócratas que dirigía Fahd, la finca de los Saud dispone de autopistas, puertos, aeropuertos, hospitales y sus nacionales (tras previa selección y constante fiscalización personalizada) gozan de modernos servicios asistenciales, aunque de marcado sesgo paternalista y coactivo.
En paralelo, Fahd "occidentalizó" el sistema financiero del país, en este caso al 100 %.
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La región más conflictiva del mundo
La modernización
es exclusivamente
tecnológica e interesada

El afán modernizador de Fahd obedecía a su formación y a su dilatada experiencia diplomática, lo que antes de acceder al trono concitó esperanzas en el sector liberal de la exigua clase media árabe.
De sus viajes y prolongadas estancias en Occidente, Fahd aprendió que para perpetuarse en el poder es necesario propiciar cierto grado de  estabilidad social, pero también aprendió tácticas de dominio menos medievales y por tanto más efectivas para callar bocas: contentar bolsillos mediante comisiones, regalos, concesiones administrativas, permisos de importación, subvenciones, etc. y etc.
En consecuencia, la Arabia de los wahabitas es una sociedad silenciada por el miedo, comprada con el reparto selectivo de su proverbial riqueza petrolera y adormecida con prestaciones sociales convenientemente repartidas y siempre condicionadas.
A pesar de las connivencias institucionales y de la complicidad de la mayoría de los mass media de Occidente, ha sido imposible ocultar que en Arabia la falta de respeto a los derechos humanos es tan palmaria como la sufrida por los afganos a manos de los talibanes o los camboyanos a manos de los jemeres de Pol Pot, aunque lejos de vivir en la miseria; dándose la curiosa circunstancia de que los talibanes son salafistas y admiradores confesos de la intolerancia que predicó Al-Wahab y los Saud aplican a sus subditos...
Nadie ignora, tampoco quienes ocupan los más altos cargos en las capitales de Occidente, que miembros y socios de la familia Saud apoyaron económicamente a los talibanes para derrocar al Gobierno afgano e instaurar en Kabul un régimen religioso, al tiempo que financian directa o indirectamente movimientos y organizaciones islamicas de orden político, con fines y usos religiosos (mezquitas), o también las socio-caritativas, y en todo el mundo, incluso en EE UU, en China y en países miembros de la Unión Europea.
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Arabia financia el fundamentalismo religioso
en todo el mundo, desde el Magreb hasta las Filipinas 
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En los últimos años, el comportamiento de los Saud ha demostrado que el primer productor mundial de petróleo ni siquiera necesita una política estable de alianzas.
El Gobierno saudí coquetea con y en Londres desde que se independizó, con EE UU y Francia desde inicios del siglo XX, desde la década de 1950 también con todos los miombros de la CEE-UE y pese a ello financia las corrientes religiosas islámicas más rigoristas, desde Marruecos hasta Indonesia, ha alimentado revueltas, insurrecciones, golpes de Estado e incluso guerras y salvo UK hasta mediado el siglo XX, la URSS mientras existió y EE UU en la actualidad, nadie osa echarle en cara su predisposición a "predicar" con petrodólares aunque pise callos ajenos,  como ocurrió en la guerra de los Balcanes o en Chechenia una vez liquidada la URSS.
Los Saud han aplaudido la política de Occidente al mismo tiempo que pestañear emponzoñaban las relaciones islam-cristianismo en los Balcanes y en el Cáucaso: extremistas musulmanes de Chechenia, Kosovo y Bosnia han recibido millones de petrodólares...
Los Saud, generosos también en la costa malagueña, gozan de un poderoso salvoconducto geopolítico: las reservas conocidas de hidrocarburos más cuantiosas de la Tierra y dólares a espuertas.
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Los Saud fían
la estabilidad del régimen
a la caridad y el nepotismo

Dando por cierto que los últimos atentados perpetrados en territorio saudí son obra de Al Qaeda, en Arabia se dan condiciones objetivas inmejorables para la desestabilización pero no por las acciones de organizaciones como la  liderada por el ciudadano saudí Bin Laden, sino por el fanatismo asesino del régimen, por la ausencia de clases medias (no hay ningún colchón social entre la generalidad de la población y las familias que gobiernan y se enriquecen), y porque el sistema socio-económico, todo ese interesado reparto de dinero y prebendas, absolutamente todo, depende de la generosidad y de los criterios que marca la familia real.
La muy eficaz y muy expeditiva labor de las policías civil y religiosa en coordinación con un ejército generosamente remunerado es lo que impide que estalle el polvorín.
Es absurdo pensar que Al Qaeda pueda ser el motor de la desestabilización en la finca saudí. Cuanto ocurre y cuanto pueda ocurrir en Arabia en los próximos años será responsabilidad y culpa exclusiva de los Saud, por mucho que lo nieguen los interesados en inventar mentiras piadosas y los que cobran por difundirlas...
Lo que carece de explicación lógica, incluso desde un punto de vista sistémico, es que los gobiernos del muy culto y muy democrático Occidente se empeñen en respaldar, legitimar y defender a un régimen corrupto y podrido cuya caída puede generar una crisis energética y política de imprevisibles consecuencias.
Los Saud se han negado sistemáticamente a racionalizar sus criterios de gobernación por lo que, precisamente por eso, constituyen el factor desestabilizador más grave del Oriente Próximo.
Que nadie se engañe: más desestabilizador que el terrorismo islamista es la medieval ruindad de un clan que aplaude el apedreamiento de las esposas que deciden divorciarse a pesar de que el marido no las repudia... 
Solo es un detalle, cierto, pero radicalmente revelador.
Dicho de otro modo: ¿quién alimenta con mayor eficacia el nihilismo y el caos?, ¿el desesperado que se inmola con una bomba adosada al cuerpo o el gobernante que ampara la iniquidad y la corrupción generalizadas?
En ese escenario, los criterios geopolíticos de EE UU y la UE se resumen con dos palabras: petróleo y codicia. Los hidrocarburos están en el origen de todas las decisiones que adoptan Washington y los "grandes" de la UE con relación a Oriente Próximo.
La Arabia de los Saud es una bomba de relojería y lo saben.
Hay una paradoja que refleja con elevada fiabilidad la esencia del dislate: el wahabismo fue el motor que nutrió los criterios yihadistas de Bin Laden.
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NOTA:   
Este texto fue publicado por el Instituto Galego de Análise e Documentación Internacional en noviembre de 2003, cuando el rey Fahd aún vivía. Tras su fallecimiento (2005), la jefatura del Estado pasó a manos de su hermanastro Abdalá bin Abdelaziz al-Saud.
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ACTUALIZACIÓN (abril 2014):
A fin de evaluar en qué medida ha logrado el régimen saudí imponer y mantener vivos los preceptos del rigorista islam salafista o wahabita, es útil conocer los resultados del estudio que ha realizado la Universidad de Míchigan para conocer el porcentaje de mujeres que usan a diario la ropa que unos islamistas u otros estiman adecuada.
La recogida de datos y opiniones para elaborar el estudio se realizó durante 2013.
Las referencias que figuran en la infografía adjunta indican sin resquicio de duda que Arabia Saudí es el país de tradición musulmana donde se aplican y se hace cumplir las normas religiosas más extremas y en el más alto porcentaje de la población femenina.
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DE INTERÉS:
→ "Wahabismo actual, terror y petróleo", por Francisco Andrades Galindo. 
→ "Por qué las ideas religiosas saudíes han sido el terreno más fértil para el terrorismo yihadista", por Íñigo Sáenz de Ugarte.

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