19 junio 2006

El federalismo aglutina, el españolismo disgrega

Los nacionalistas españoles siguen empeñados en embrutecer el debate político y, lo que es peor, han logrado que millones de ciudadanos sigan confundiendo los significados de ciertas palabras y conceptos. Eso, en rigor, es embrutecer el conocimiento para... ¡justo eso!
Por ejemplo, siguen empeñados en satanizar el federalismo, lo que resulta chocante si se tiene en cuenta que España ya es un Estado federal de facto --aunque singular, inacabado e imperfecto.
Los Estados federales (derivado del latín foedus, cuya traducción literal es pacto) están formados por dos o más territorios que mediante un acuerdo consensuado se dotan de poderes comunes que, a su vez, reconocen y amparan que cada uno de los territorios ostente una serie de competencias administrativas y políticas, incluidas la legislativa y la judicial.
El federalismo contempla la posibilidad de que los territorios tengan diferentes grados de autogobierno y competencias dispares, tal como ocurre en Alemania y en España, a la que los constitucionalistas rigurosos catalogan como un Estado federal de facto.
La denominación Estado de las Autonomías obedece, entre otras cosas, a un ardid político que en su día sirvió para desactivar a los franquistas que, aun aceptando la transición a una democracia formal, se oponían visceralmente a que el Estado español perdiera su carácter uniforme y uniformador.
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Formalidades semánticas
La denominación más común de cada uno de los territorios federados es la de Estado, tal como ocurre en los Estados Unidos de América del Norte o en los Estados Unidos Mexicanos (tales son las denominaciones oficiales de esas dos repúblicas federales). Sin embargo, en otros casos los territorios federados reciben otras denominaciones: cantón, land, región, comunidad, provincia, etcétera… Y es que el hábito no hace al monje.
La capacidad de autogobierno y las competencias de cada uno de los territorios federados se establecen en la constitución y el reparto de competencias no puede ser alterado unilateralmente por las instituciones de la federación ni tampoco por las de un territorio federado; de forma que los poderes legislativos de uno y de los otros deben pactar las posibles refomas, incluidas las de la propia federación.
Teóricamente, el modelo federal puede incluir el derecho de autodeterminación --lo cual no dice nada, pues eso también es jurídicamente posible en un Estado centralizado si así lo aprueba el poder legislativo--, pero esa posibilidad debe quedar reflejada expresamente en la constitución o pacto que une a los territorios, tal como ocurría en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). Este detalle fue el que posibilitó el desmembramiento pacífico del Estado fundado en 1917 por el Partido Bolchevique. Es decir, las clases dirigentes de Ucrania, Letonia, Kazajastán y del resto de territorios ex soviéticos que se independizaron durante la década de 1990 se limitaron a utilizar una prerrogativa constitucional en coordinación con las instituciones centrales de la URSS.
Quienes afirman que el proceso de desmembración de la patria soviética fue fruto de acciones ilegales o subversivas propiciadas por la condición federal del Estado, mienten, y en la mayoría de los casos lo hacen a sabiendas de que mienten. Para los políticos partidarios del uniformismo todo vale con tal de satanizar el federalismo.
Las constituciones federales no acostumbran a reconocer el derecho de autodeterminación, sencillamente obvian regularlo. Un caso excepcional es el de la carta magna de Canadá, a la que en tres ocasiones apelaron las formaciones independentistas de Quebec para convocar sendos referendos. En las tres convocatorias triunfaron las tesis de los federalistas; es decir, en el propio Quebec fueron mayoría los partidarios de que ese territorio francófono siga formando parte de Canadá. Dicho de otro modo: ¡quienes identifican federalismo y segregacionismo manipulan hechos y conceptos! De hecho, el federalismo une.
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Lo esencial del federalismo
En contra de lo que dicen los españolistas, en la mayoría de ocasiones las federaciones son de raíz política o fruto de circunstancias económicas, no culturales. Tal es el caso del Reino de los Belgas (nombre oficial de Bélgica), que actualmente es un reino federal.
En Bélgica existen dos comunidades cultural, social y económicamente diferenciadas (la neerlandófona o flamenca y la francófona o valona), pero la paulatina introducción desde los años ochenta de criterios federales en las leyes y en la carta magna belgas se debe fundamentalmente a razones más económicas que culturales. ¿Paradójico?, puede, pero cierto.
Hay Estados federales que nacieron por acuerdos entre territorios independientes que decidieron unirse para solventar problemas o retos comunes, o bien para afrontar complejas o delicadas situaciones históricas o geopolíticas. Estos fueron los casos de Suiza y de Estados Unidos. Pero también hay Estados unitarios, o centralistas, que se han federalizado para ganar armonía y gobernabilidad. Este sería el caso de Bélgica y, en principio, también es el caso de la España de las autonomías.
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[Los partidarios de descentralizar o federalizar España gozan de histórica raigambre. Así, por ejemplo, en el siglo XIX, el fracaso de la I República no se debió a que los españolistas o uniformadores fueran mayoritarios e impidieran desarrollar el proyecto federal. Ocurrió todo lo contrario: la I República fracasó porque los movimientos federalista y cantonalista eran de tal envergadura y eclosionaron con tanta fuerza que la situación propició el debilitamiento del propio Estado.
De hecho, diga lo que diga ahora el españolista Rodríguez Ybarra, hasta en Extremadura triunfó la tesis de crear un Estado federado extremeño. Prueba de ello es que el llamado cantón de Plasencia fue, junto al de Cartagena, el que más dura resistencia opuso cuando el Gobierno central decidió poner fin al proceso federalizante]
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Todos los Estados plurinacionales acaban recurriendo a la solución más racional
También se está produciendo una progresiva federalización en la República Popular China, entre otros países plurinacionales; aunque todavía no existe un cuerpo legal que regule con rigor las cada vez más amplias competencias de las que gozan las provincias, a las que Pekín ha ido cediendo competencias por razones básicamente económicas; aunque en ese proceso también influye el hecho de que China es una suma de naciones y etnias que, por poner un ejemplo de los muchos que avalan esa descentralización, suman más de medio centenar de idiomas.
España es un ámbito que por razones históricas, culturales y económicas reúne las condiciones idóneas para organizarse como un Estado federal --que sea una monarquía no lo impide.
Si los nacionalistas españoles tuvieran más sentido de Estado, menos ombligo y antepusieran la estabilidad colectiva a ciertos intereses --entre los que destacan los presupuestarios, los fiscales, los de mercado e incluso el medieval empeño en la uniformidad religiosa e idiomática-- renunciarían a las medias verdades y admitirían lo que ya está probado: un Estado federal garantiza la unión de los diferentes, en tanto que el uniformismo alimenta la confrontación.
El problema fundamental no radica en ser diferentes, sino en satanizar la diversidad.

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