20 agosto 2010

Nadie ha despejado la duda que plantea Wiesenthal en «Los límites del perdón»

Una pregunta con miles de respuestas: «¿Qué hubierais hecho en mi lugar?» 
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Los límites del perdón: Dilemas éticos y racionales de una decisión es el texto que mejor resume la personalidad y también la trayectoria pública de Simon Wiesenthal, que alcanzó notoriedad internacional debido a su empeño en identificar a los cientos de criminales nazis que lograron esconderse en la propia Alemania y en otros países una vez finalizada la segunda guerra mundial.
Wiesenthal empezó a escribir este libro mucho antes de dibujar la primera letra sobre el papel.
Un día, mientras estaba recluido en uno de los doce campos de concentración nazis en los que malvivió, Simon fue conducido hasta el lecho de muerte de un agonizante miembro de las Schutzstafell [las SS; en castellano, escuadrones de defensa]. El nazi, atormentado por los crímenes en los que había participado, deseaba ser perdonado por un judío.
En ese singular encuentro Weisenthal se enfrentó a un dilema que, al paso de los años, retomó para indagar en lo que él describió como la interminable búsqueda de los límites del perdón... ¡Si los hay!
¿Es justo perdonar a un criminal que lo ha sido de forma consciente y que ha causado muertes de manera organizada, reiterada, sin escrúpulos y sin existir motivación personal alguna?
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¿Qué hubiera hecho usted en su lugar?
Un cuarto de siglo después de aquel encuentro, Wiesenthal formuló varias preguntas relacionadas con el mismo dilema a numerosos intelectuales, hombres de ciencia y juristas de renombre. Y por encima de todos los interrogantes, inquirió, como siempre:
«¿Qué hubierais hecho en mi lugar?»
Las respuestas a ese y otros interrogantes constituyen el eje de este libro, que no sólo es un clásico de la llamada literatura del holocausto, sino que además introduce al lector en un debate en el que se entremezclan concepciones filosóficas, valores ancestrales, conocimientos de antropología, así como las aportaciones positivas y las taras de origen religioso y, por ende, las tesis de líderes políticos, escritores, psiquiatras, teólogos, psicólogos, sociólogos, activistas pro derechos humanos, historiadores, supervivientes de las matanzas nazis y también algunos de los que sobrevivieron a otros genocidios y asesinatos múltiples, como los habidos en los Balcanes y en Camboya.
Para aquilatar en toda su extensión el contenido del libro es preciso tener en cuenta que Weisenthal fue un humano singular, ¡extraordinariamente singular!, no sólo por su actitud, sino también por su trayectoria, que fue feraz, densa y larga, 98 años.
Nació en Buczacz, en 1908, cuando esa localidad ucraniana todavía formaba parte del Imperio Austro-húngaro (hoy forma parte del nuevo Estado de Ucrania) y murió en Viena hace ahora casi tres años, el 20 de septiembre de 2005.
Wiesenthal estudió Arquitectura, licendiándose en 1932, en la Universidad de Praga, adonde tuvo que emigrar para cursar la carrera porque su matrícula fue rechazada por las autoridades de la Politécnica de Lvov (ciudad que tiene topónimo castellano, Leópolis, y que también es de cultura ucraniana pero que por aquel entonces estaba bajo soberanía de Polonia).
En 1936, Simón se casó con Cyla Mueller --también judía-- y la pareja se afincó en Leópolis, que a raíz del pacto Ribbentrop-Mólotov (los ministros de Exteriores alemán y ruso) pasó a formar parte de la Unión Soviética, que se anexionó parte de la Polonia oriental; en tanto que el III Reich se garantizaba mediante el pacto la inhibición de la URSS ante la invasión y ocupación alemana del resto del país.
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En total, 89 de sus familiares fueron asesinados
Varios parientes de Wiesenthal fueron encarcelados y dos de ellos asesinados por agentes de la policía política estalinista, la NKVD [Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos], en tanto que a Simon le clausuraron el bufete de arquitectura que regentaba y le obligaron a trabajar para el Estado.
Cuando las tropas nazis invadieron Rusia, en 1941, todos los familiares en primer grado de Simon que quedaban vivos ya habían sido capturados por los nazis en Checoslovaquia, adonde se habían mudado en un intento de rehacer sus vidas y huir de la muerte o del destierro a Siberia.
Simon pudo ocultar durante cierto tiempo su condición de judío debido a su aspecto físico (rubio y corpulento), pues los nazis mantenían la absurda teoría de que los judíos constituyen una raza; y también facilitó que pasara desapercibida su pertenencia a la comunidad judía la documentación falsa que le había proporcionado la resistencia polaca.
Pero los nazis eran porfiados y finalmente lograron identificar a Simon y lo encarcelaron. Durante los cuatro años que permaneció preso pasó por doce campos de concentración; evitando ser fusilado, gaseado o golpeado hasta la muerte en varias ocasiones.
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Todo lo anotaba y cuando
no podía escribir, lo memorizaba
Wiesenthal tomó nota de cuantos datos pudo de los criminales nazis que conoció y, una vez liberado, lo que ocurrió en el infierno de Mauthausen en 1945, siguió reuniendo información. Su empeño tenía raíces profundas: ochenta y nueve del centenar de miembros de su familia habían sido sacrificados en aplicación de la solución final diseñada por la cúpula nazi, siendo las poblaciones de Polonia y Rusia las que más víctimas "aportaron" al genocidio perpetrado por el III Reich.
Cuando recobró la libertad, Simon pesaba sólo 45 kilos; pero al paso de apenas un mes, en cuanto recuperó la salud --aunque no totalmente-- empezó a sistematizar los recuerdos y las notas que ya había reunido y se las entregó a las autoridades militares estadounienses… Pero no se detuvo ahí, siguió recabando datos, documentos y recopilando notas para ilustrar a los acusadores de los juicios de Núremberg.
En 1947, treinta personas de distintas nacionalidades --casi todas de etnia germánica y eslava-- pusieron en marcha el Centro de Documentación Judía de Linz (Austria), dando forma al primer archivo y fondo documental sobre crímenes y criminales nazis.
Estados Unidos, primero, inmediatamente después la Unión Soviética y poco después Gran Bretaña y Francia, uno a uno todos los gobiernos aliados renunciaron a seguir organizando procedimientos judiciales contra los asesinos. El archivo de Linz acabó siendo cerrado y sus miembros se dispersaron por Centroeuropa.
Pero Wiesenthal se encargó de guardar todos los datos y documentos, amén de seguir reuniendo información en su tiempo libre. El resto de la vida de Wiesenthal es por todos conocido: convirtió un inmueble de Viena en la oficina de referencia de quienes buscaban a los criminales nazis que habían logrado esquivar a la justicia.
No obstante, Wiesenthal nunca obtuvo respuesta inequívoca a la más fundamental de las dicotomías humanas: matar o dejarse matar, matar o morir por no matar...
¿Qué hubiera hecho usted en su lugar?

2 comentarios:

  1. Sobre este asunto, muy complejo, Primo Levy dio lecciones magistrales que deben ser nuestra guía de conducta.

    un saludo

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  2. Normalmente se suele asociar el perdón a la ausencia de castigo, yo no creo eso, creo que el perdón es algo que das a quien reconoce que ha cometido un acto erróneo, criminal, o lo que sea, pero no asocio el perdón al indulto, por ejemplo.

    Para mí el perdón es comprender al otro, comprender las razones que le han llevado a cometer maldades, delitos, traiciones, deslealtades, etc., pero bajo ningún concepto el perdón, o la comprensión, es una justificación de estos hechos, o un indulto a estos hechos.

    Perdonar al enemigo, como sería este caso, al enemigo que te asesina o asesina a los tuyos, es un gesto de grandeza espiritual, más no justifica al asesino, no lo indulta, es simplemente una forma de decirle "Sí, te comprendo, y porque te comprendo y te perdono te darás cuenta que has sido doblemente asesino, doblemente idiota".

    Un abrazo.

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