Los límites del perdón: Dilemas éticos y racionales de una decisión es quizá el texto que mejor resume la personalidad y tambièn la trayectoria públicas de Simon Wiesenthal, que alcanzó notoriedad internacional debido a su empeño en identificar a los cientos de criminales nazis que lograron esconderse en Alemania u otros países una vez finalizada la segunda guerra mundial.
Wiesenthal empezó a escribir este libro mucho antes de dibujar la primera letra sobre un papel:
Un día, mientras estaba recluido en uno de los doce campos de concentración nazis en los que malvivió, Simon fue conducido hasta el lecho de muerte de un miembro de las Schutzstafell (las SS; en castellano, escuadrones de defensa) que agonizaba. El nazi, atormentado por los crímenes en los que había participado, deseaba ser perdonado por un judío.
En ese singular encuentro Weisenthal se enfrentó a un dilema que, al paso de los años, retomó para indagar en lo que él describió como la interminable búsqueda de los límites del perdón... ¡Si los hay!
¿Es justo perdonar a un criminal que lo ha sido de forma consciente y que ha causado muertes de manera reiterada, sin que mediara motivación personal objetiva y con ausencia total de escrúpulos?
¿Qué hubierais hecho en su lugar?
Un cuarto de siglo después de aquel encuentro, Wiesenthal formuló varias preguntas relacionadas con el mismo dilema a nunerosos intelectuales, hombres de ciencia y juristas de renombre. Y por encima de todos los interrogantes, inquirió:
¿Qué hubierais hecho en su lugar?
Las respuestas a ese y otros interrogantes constituyen el eje de este libro, que no sólo es un clásico de la llamada literatura del holocausto, sino que además introduce al lector en un debate en el que se entremezclan concepciones filosóficas, herencias ancestrales, conocimientos de antropología, así como las aportaciones positivas y las taras de origen religioso y, por ende, las exposiciones que desgrana Weisenthal están en boca de líderes políticos, escritores, psiquiatras, teólogos, psicólogos, sociólogos, activistas pro derechos humanos, historiadores, supervivientes de las matanzas nazis y también algunos de los que vivieron otros genocidios y asesinatos múltiples, como los habidos en los Balcanes y en Camboya.
Una vida extraordinaria
Para aquilatar en todo su sentido los valores del libro es preciso tener en cuenta que Weisenthal fue un humano singular, ¡extraordinariamente singular!, no sólo por sus actitudes, sino también por su trayectoria vital.
Nació en Buczacz, en 1908, cuando esa localidad ucraniana todavía formaba parte del Imperio Austro-húngaro (hoy forma parte de la independizada Ucrania) y murió en Viena, en el 2005.
Wiesenthal estudió Arquitectura, licendiándose en 1932, en la Universidad de Praga, adonde tuvo que emigrar para cursar la carrera porque su matrícula fue rechazada por las autoridades de la Politécnica de Lvov (ciudad que tiene topónimo castellano, Leópolis, y que también es de cultura ucraniana pero que por aquel entonces pertenecía a Polonia).
En 1936, Simón se casó con Cyla Mueller --también judía-- y la pareja se afincó en Leópolis, que a raíz del pacto Ribbentrop-Molotov (los representantes de Hitler y Stalin) pasó a formar parte de la Unión Soviética, que se anexionó parte de Polonia oriental; en tanto que el III Reich se garantizaba mediante el pacto la inhibición de Stalin ante la ya entones decidida invasión y ocupación del resto de Polonia.
Los primeros Wiesenthal, asesinados
Varios parientes de Wiesenthal fueron encarcelados y dos de ellos asesinados por agentes de la policía política estalinista, la NKVD [ Comisariado del Pueblo para Asuntos Internos], en tanto que a Simon le clausuraron el bufete de arquitectura que regentaba y le obligaron a trabajar para el Estado.
Cuando las tropas nazis invadieron la URSS, en 1941, todos los familiares en primer grado de Simon que quedaban vivos fueron capturados por los nazis en Checoslovaquia, adonde ya se habían mudado en un intento de rehacer sus vidas y huir de la muerte o del destierro a la Siberia soviética.
Simon pudo ocultar durante cierto tiempo su calidad de judío debido a su aspecto físico (rubio y corpulento) y a la documentación falsa que le había proporcionado la resistencia polaca. Pero, finalmente, fue identificado, encarcelado y durante los cuatro años que permaneció preso pasó por doce campos de concentración; evitando ser fusilado, gaseado o golpeado hasta la muerte en varias ocasiones.
Primeras notas
Wiesenthal tomó notas de cuantos datos pudo de los criminales nazis que conoció y, una vez liberado --lo que ocurrió en el infierno de Mauthausen, en 1945--, siguió reuniendo información. Su empeño tenía raíces profundas: 89 del centenar de miembros de su familia habían sido sacrificados en aplicación de la solución final diseñada por la cúpula nazi, siendo Polonia y Rusia los países que más víctimas aportaron al genocidio.
Cuando recobró la libertad, Simon pesaba solo 45 kilos; pero al paso de apenas un mes, en cuanto recuperó cierto grado de salud empezó a sistematizar las notas que ya había reunido y luego se las entregó a las autoridades militares estadounienses… Y siguió recogiendo notas y documentos para ilustrar a los acusadores de los juicios de Núremberg.
En 1947, treinta personas de distintas nacionalidades --aunque casi todas germanas o eslavas-- pusieron en marcha el Centro de Documentación Judía de Linz (Austria), dando forma al primer archivo y fondo documental sobre criminales nazis.
Estados Unidos, primero, e inmediatamente después la Unión Soviética y poco después Gran Bretaña y Francia, uno a uno todos los gobiernos aliados renunciaron a seguir organizando procedimientos judiciales contra los asesinos. El archivo de Linz acabó siendo cerrado y sus miembros se dispersaron por Centroeuropa.
Pero Wiesenthal se encargó de guardar todos los documenos y notas, amén de seguir reuniendo información en su tiempo libre. El resto de la vida de Wiesenthal es por todos conocido: convirtió un inmueble de Viena en la oficina de referencia de quienes buscaban a los criminales nazis que habían logrado esquivar a la justicia.
No obstante, Wiesenthal nunca obtuvo respuesta inequívoca a la más fundamental de las dicotomías humanas: matar o dejarse matar, matar o morir por no matar...
¿Qué hubiera hecho usted en su lugar?
Sobre este asunto, muy complejo, Primo Levy dio lecciones magistrales que deben ser nuestra guía de conducta.
ResponderSuprimirun saludo
Normalmente se suele asociar el perdón a la ausencia de castigo, yo no creo eso, creo que el perdón es algo que das a quien reconoce que ha cometido un acto erróneo, criminal, o lo que sea, pero no asocio el perdón al indulto, por ejemplo.
ResponderSuprimirPara mí el perdón es comprender al otro, comprender las razones que le han llevado a cometer maldades, delitos, traiciones, deslealtades, etc., pero bajo ningún concepto el perdón, o la comprensión, es una justificación de estos hechos, o un indulto a estos hechos.
Perdonar al enemigo, como sería este caso, al enemigo que te asesina o asesina a los tuyos, es un gesto de grandeza espiritual, más no justifica al asesino, no lo indulta, es simplemente una forma de decirle "Sí, te comprendo, y porque te comprendo y te perdono te darás cuenta que has sido doblemente asesino, doblemente idiota".
Un abrazo.