28 agosto 2010

La permisividad social y los votos de los que gozan los corruptos tienen raíces históricas

Desde hace ya años y años, una de las grandes cuestiones que debaten psicólogos, sociólogos, politólogos y demás especialistas en actitudes y comportamientos socio-políticos individuales y colectivos, es esta:
¿Cómo es posible que un elevado porcentaje de electores siga votando a personas o grupos de personas que han conculcado leyes y principios básicos de convivencia o que tienen comportamientos éticamente indecentes?   
A pesar de lo que digan los buenistas y los que, erre que erre, mantienen la falacia de que en España hubo un tránsito completo de la dictadura a la democracia, lo cierto es que "sociológicamente" la sacralizada Transición fue en gran medida sólo formal, sin menoscabo de que se instaurará un régimen democrático.
La escuela de corrupción del franquismo caló con fuerza y ni siquiera generaciones posteriores a la dictadura han superado la cultura del tonto el último...
Rapiñar dinero de la caja común sigue siendo una práctica demasiado habitual que, para colmo, incluso hay un sector de la sociedad que la considera "normal" e inevitable: ¡Que listo es mi marido!... ¡que bien se lo monta mi mujer!... ¡mi hijo es un lince para conseguir becas!... ¡si no lo hago yo, lo hará otro!... ¡no seas tonto y...!
El periódico Granada hoy ha difundido una información que ilustra cuan lejos está la sociedad española de romper con resabios que se arrastran desde hace decenios.
Pulse, lea y compruebe lo que casi nadie ignora: uno de los deportes más practicados en las Españas consiste en muscular la inteligencia para aprovecharse de lo público.   
Pero no se engañe, lo que relata Granada hoy no sólo ocurre en esa ciudad y otros enclaves. Concluir que episodios como el de referencia son puntuales o locales sería faltar a la verdad:
La corrupción, ¡urge decirlo sin paños calientes!, goza de buena salud y obtiene votos porque tiene notable penetración social.

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