lunes 13 de julio de 2009

La corrupción no es hija de la política ni de los partidos

La corrupción ha generado una prolija y apasionada literatura. Desde ensayos hasta novelas, pasando por todo tipo de informes y estudios, entre los que abundan los que analizan el fenómeno (o casos concretos) desde el punto de vista psicológico. Tanto se ha pensado y escrito sobre el asunto que, inevitablemente, menudean los expertos que están empeñados en que tal o cual factor es el más relevante, hasta el extremo de que relegan todas las demás circunstancias a simples complementos o anécdotas.
Y en ese grupo de expertos abundan los que han convertido la política en la madre de todos los males... ¿Por qué será?
Circunscribiendo el asunto a un espacio geográfico, Europa, esos expertos que apuntan siempre a la política y a los políticos acostumbran a abrir sus razonamientos con interrogantes perversos como este: ¿Por qué en España hay más corrupción que en Alemania, Dinamarca o Finlandia, países que forman parte de la Europa económicamente más desarrollada y socialmente mejor estructrada?
Y prácticamente todos los expertos que recurren a esa o a similares comparativas concluyen que la causa central de la corrupción en la Administración española es la excesiva politización de la vida institucional, señalando el excesivo poder de quienes toman las decisiones ejecutivas y nombran altos cargos en ayuntamientos, comunidades y administración central.
La madre de todas las corrupciones... ¿Seguro?
Esos empecinados expertos insisten en que la corrupción más practicada y económicamente más cuantiosa o perjudicial es la que tejen cierto número de dirigentes políticos y, ¡zas!, a renglón seguido generalizan --¡con mayor o menor disimulo!-- para satanizar a los partidos y a los políticos en general, provocando que la vida y la acción políticas sean percibidas como la fuente de casi todas las corrupciones.
Estos días, por ejemplo, ya hay quienes afirman que la trama Gürtel habría sido puesto en marcha por la dirección del PP. Esta aseveración falta a la verdad. Esa y otras tramas son puestas en marcha por individuos adscritos a un partido, a una institución, a una entidad civil o a una empresa que aprovechan las relaciones y los contactos que proporciona la organización a la que pertenecen para acceder a favores, privilegios, contratos, comisiones.
Hay corruptelas cotidianas que se practican durante años en entidades de todo tipo (desde asociaciones de vecinos hasta clubes de fútbol) o en empresas (desde supermercados hasta bancos) y no pasa nada... Y lo que es peor: ¡Nadie dice nada!, ¡nadie denuncia!
Desprestigiar la política es hacer política
La trama Gürtel no es hija de la dirección del PP, al igual que la trama Filesa tampoco fue creada por el PSOE.
La dirección del PP no ha dado instrucciones para que tales y cuales cargos públicos beneficien a fulano, mengano y perengano para que perengano, mengano y fulano saquen tajada. En todo caso, el error y la irresponsabilidad imputable al PP como partido radicaría en que defienda al conjunto de sus militantes --que en la práctica totalidad son ajenos al sainete-- recurriendo a tácticas que podrían beneficiar directa o indirectamente a los investigados, imputados y acusados.
El origen del mal apellidado Gürtel no está en los órganos del PP ni en su acción política, sino en las personas que actuando individualmente o en comandita han puesto en marcha la trama ahora investigada por policías, fiscales, jueces y magistrados.
La acción política no corrompe a las personas
El ejercicio de la política --sea profesional o sin mediar emolumentos-- no corrompe. Lo que ocurre es que la acción política, como otras actividades y en otros ámbitos, da acceso a cuotas de poder, a medios y a oportunidades. Pero la corrupción es fruto de una decisión de índole personal que no precisa ideología. Es más, la corrupción --sea pequeña o grande-- está más extendida y es más profunda en las empresas y en las entidades privadas en general que en las instituciones públicas y en los partidos.
[Seamos sinceros: Hay casos de corrupción hasta en las familias, sea por la herencia o por el trato económico que se da a unos u a otros hijos... Hablar de preferencias o de inclinaciones oculta en demasiadas ocasiones actos de pura discriminación que son injustificables. ¡No nos engañemos!]
Una vez decidido a ganar dinero fácil y ya obtenidos los primeros éxitos, el corrupto da un segundo paso: organizarse con otros para mejorar el negocio. Y luego, avanzado el proceso y a medida que se suceden los ingresos o beneficios, el grupo de corruptos da el tercer paso, que es el más arriesgado pero que permitirá multiplicar y prolongar en el tiempo las rentas: Implicar al mayor número posible de compañeros de partido, de entidad o de empresa para levantar muros de complicidad, de silencio y de miedo.
Muchos de los que afirman que la corrupción es intrínseca o consustancial a los partidos políticos persiguen objetivos añadidos que son radicalmente políticos. ¿Por ejemplo? Fomentar el apoliticismo, el nihilismo (o pasotismo) y, a la postre, alimentar el rechazo social a la democracia política.
Si las empresas, las asociaciones de vecinos, los sindicatos, las patronales, las cámaras de comercio, los juzgados, la Iglesia Católica, las oenegés, los bancos y las cajas, etcétera, etcétera y ¡las familias! fueran sometidos a investigaciones y a sanos acosos públicos y mediáticos como los que fiscalizan la actividad de los partidos descubriríamos, ¡también con hipócrita y generalizado escándalo!, los orígenes reales de la corrupción.
Corruptos tercermundistas, pero corruptos
Volviendo a la pregunta del segundo párrafo, ¿por qué en España hay, o parece haber, más corrupción que en otros países del centro y norte europeos, los más ricos?, cabe subrayar que lo que distingue la corrupción española de la belga, de la alemana o de la finlandesa son, básicamente, dos aspectos:
Numerosos corruptos españoles son singularmente chapuceros y un alto porcentaje de los mismos delinquen o se dejan implicar por cuatro pesetas (o por cuatro trajes…)
No se deje engañar: La política no corrompe, los individuos propensos a corromperse o a dejarse corromper acaban delinquiendo en su partido, en su círculo social, en su empresa e incluso entre amigos y en familia. Tanto les da.

4 comentarios:

Anónimo dijo...

¿No será que la gente con tendencias corruptas tiene mayor interés por la política?

Félix Soria dijo...

AL ANÓNIMO,
La gente propensa a querer ganar dinero fácil tiene propensión a prácticar todo tipo de actividades u oficios que "faciliten" el beneficio, máxime en organziaciones que sean vulnerables a la instrumentalización.
Evidentemente, las institcuiones públicas ofrecen posibilidades singulares, no tanto porque sea más fácil robar en ellas como porque desde siempre el hombre ha cultivado la cultura-creencia (con criterios propios de un cazador o de un recolector del neolítico) de que lo que es de todos es del primero que llega o del primero que se apropia del objeto...
Es un asunto complejo en el que deberíamos evitar en la medida de lo posible la simplificación.
La acción política, aparte de corupciones, también ha escrito páginas vistosas y ejemplares en la historia de la humanidad... ¿Justifican esas bondades afirmar que la política es el motor de todo lo bueno que hay en el hombre? No. Y sin embargo, achacamos a la práctica política casi todo lo que es deleznable.
Curioso.
Saludos y, por favor, salvo que por motivos laborales sea un problema, sería bueno que se identificara. En todo caso, ha sido usted correcto y sea bienvenido simpre a esta su "casa".

Anónimo dijo...

Hola

No sé si he interpretado correctamente tu artículo, pero me parece que deslizas una hipótesis que no comparto totalmente. Desde tu punto de vista, una cosa son los políticos, otra distinta los partidos. De aquí extraes la siguiente conclusión: no son los partidos, sino las personas, las que pueden calificarse moral o jurídicamente como corruptas. Esto es así sin duda, pero hay algunos condicionantes que me gustaría comentar.

Los partidos políticos son tanto una comunidad de ideas dirigida a un fin -político, digamos- como una comunidad de personas decididas a llevarlas a cabo. Una sin la otra puede ser cualquier cosa, pero no un partido político. El único modo conocido para conseguir su fin es este: la patrimonialización del poder. Sin la pretensión de copar el poder, tampoco podríamos hablar de un partido político. Pero patrimonializar el poder exige, fundamentalmente, tres cosas: una estricta jerarquía y no poca concentración de mando en unos órganos limitados, importantes recursos económicos y, por último, doblegar la voluntad del electorado ante otros “cantos de sirena”.

En el logro de la patrimonialización del poder, los tres aspectos anteriores constituyen la genética de los partidos, y, como en ésta, dichos principios pueden servir tanto para la formación y desarrollo de un órgano como para su corrupción o fatal destrucción –igual que ciertos genes implicados en algunos tipos de cáncer, por ejemplo-. Con esto quiero decir que, en los partidos con voluntad de Gobierno, la decisión de ser honesto o no de sus miembros no es completamente libre. Está fuertemente condicionada tanto por el fin a conseguir como por los medios empleados. Y esto es así, desde mi punto de vista, desde que se “inventó” la democracia parlamentaria. Claro que sería deseable una estricta competencia de ideas y no de medios. Pero, mientras no se demuestre lo contrario, esos son los mundos de Yuppy.

Un saludo . Álvaro.

Navegante dijo...

Hay una persona que se dedica al estudio de estos temas y que publica cosas muy interesantes. Os recomiendo la lectura del artículo: "¿Por qué hay tanta corrupción en España?", de Victor Lapuente Giné, El País, 27.03.09, pág. 31. Es un español que trabaja en la Universidad de Gotemburgo (Suecia). Podéis contactar con él via internet. Un saludo.