El ametrallamiento del autocar en el que viajaban los futbolistas de la selección de Togo en la provincia angoleña de Cabinda, allí convocados con motivo de la copa de naciones de África, ha puesto encima de la mesa de la actualidad un territorio escasamente conocido por la gran mayoría de los europeos.
Cabinda es un exclave de la República de Angola, pues está separado del resto del país por una franja de territorio que en su día fue cedida por la antigua metrópoli, Portugal, para que las inmensas propiedades de la corona belga en centroáfrica tuvieran salida al mar. De modo que Cabinda limita al sur, al este y al norte con las dos repúblicas congoleñas [cuyas capitales son Kinshasa y Brazzaville, ver mapa], y al oeste con el océano Atlántico. En sus 7.270 kilómetros cuadrados (superficie similar a la de la provincia de Cádiz) habitan unas 280.000 personas, que en su práctica totalidad pertenecen a la etnia kongo, de origen bantú.
Antes de la llegada de los primeros europeos, en la actual Cabinda reinaban tres pequeños monarcas, los de Kakongo, Loango y Ngoyo, que a su vez eran subsidiarios del gran reino de Manikongo, que durante los siglos XIII-XVI fue uno de los proto-estados más poderosos del África central (la región comprendida entre los Grandes Lagos y la desembocadura del Níger, de este a oeste, y entre las actuales República Centroafricana y Zimbabue, de norte a sur).
Siglo XV, primer asentaminto europeo
Durante la segunda mitad del siglo XIV, las costas atlánticas de África, desde Marruecos hasta Sudáfrica, empezaron a ser frecuentadas por europeos, que en su práctica totalidad eran exploradores (incluidos aventureros y maleantes en busca de fortuna), comerciantes, misioneros y, sobre todo, tratantes de esclavos.
Los portugueses fueron los primeros en establecer acuerdos con el reino de Manikongo, ya mediado el siglo XV, a fin de establecer asentamientos en la desembocadura de río Congo y sus proximidades. La mayoría de ese tipo de pactos tenían dos objetivos: asegurar que los pequeños colectivos allí asentados no fueran atacados y facilitar los intercambios comerciales, operaciones estas en las que los europeos casi siempre incluían la compra-venta de esclavos, que en su mayoría eran prisioneros de guerra, reos de delitos y condenados a muerte por las autoridades locales; es decir, personas que ya estaban esclavizadas y que, consideradas simples bienes muebles, eran vendidas a sultanatos árabes o a países de Europa y América.
[Los apresamientos y reducciones a la esclavitud de africanos realizadas directamente por europeos fueron excepcionales. En torno al 80% de los esclavos eran proporcionados por los propios monarcas o jefes de pueblos y tribus africanas, que --acostumbrados desde hacía ya varios siglos por los árabes, que fueron los primeros en sistematizar ese negocio-- vendían los prisioneros e individuos de otras etnias con las que guerreaban. No obstante, llegó un punto en el que jefes y reyes también organizaron operaciones para raptar individuos forasteros o extranjeros con la intención premeditada de venderlos para enriquecerse u obtener pactos ventajosos con las colonias de europeos]
En Cabinda, el acuerdo alcanzado entre los portugueses y el reino de Manikongo era a su vez aplicado y respetado por las tribus y pequeños monarcas que dominban la zona, subsidiarios todos ellos de los manikongo.
Madera, aceite de palma y esclavos
Aunque en Cabinda los europeos con mayor presencia eran portugueses, también frecuentaban aquellas costas los holandeses, los ingleses y, en menor medida, belgas, españoles y prusianos. Aparte de los que recalaron allí para comprar esclavos, los más numerosos y los únicos que se afincaron en esas costas hasta bien avanzado el siglo XX eran madereros y quienes se dedicaban a producir y enviar a Europa aceite de palma.
Portugal fue la primera potencia en reclamar la soberanía de Cabinda, la que consiguió mediante el tratado de Simulambuco (1885), cuya aplicación dejó el país “bajo la protección de la Corona Portuguesa a petición de los príncipes del territorio”. La redacción de tan singular texto ha sido esgrimida como base jurídico-histórica por los cabindeños que reclaman su independencia de Angola, pues el tratado precisa que “los príncipes y jefes, y sus sucesores, declaran voluntariamente su reconocimiento de la soberanía portuguesa, poniendo bajo su protectorado a esta nación y a todos los territorios que gobierna”. Por ende, el texto especifica que el Reino de Portugal “queda obligado a mantener la integridad” de Cabinda, que en 1885 fue dividida administrativmente en tres protectorados: Kakongo, Loango y Ngoyo (los correspondientes a los tres pequeños reinos subsidiarios del de Manikongo).
En ese mismo tratado figura la cesión que hizo Portugal de un franja de territorio (a lo largo de la ribera norte del río Congo) a favor de Leopoldo II de Bélgica, a fin de facilitar una salida al mar a las propiedades del monarca centroeuropeo.
El Sahara Occidental del Portugal democrático
En rigor, Cabinda jamás formó parte administrativa de Angola --sin olvidar que Angola en si misma es un país prefabricado por una potencia colonial, como la mayoría de los actuales estados africanos.
El protectorado de Cabinda ni siquiera fue incorporado a Angola cuando este territorio fue declarado provincia lusa (1951). De modo que Cabinda era un territorio independiente (formado, exactamente, por tres protectorados, tal como determinó el tratado de Simulambuco). Y así fue hasta que con motivo de la creación del Estado angoleño, Lisboa accedió a la demanda del Gobierno provisional de su ex colonia.
La traición sufrida por los cabindeños se consumó con la firma del Tratado de Alvor (1975), mediante el que Cabinda fue entregada al nuevo Estado a pesar de las protestas y denuncias formuladas por todos los partidos y organizaciones civiles (incluidas las empresas allí establecidas) del protectorado, que incluso hicieron llegar sus planteamientos a Naciones Unidas, organización que, como en tanto otros asuntos, se lavó las manos.
El ejército cubano y los años de más dura represión
De hecho, en el marco de la larga guerra civil que asoló Angola hasta hace apenas ocho años, Cabinda fue uno de los territorios más perjudicados porque allí también lucharon con las armas en la mano --además de las tres grandes formaciones angoleñas: Movimiento Popular por la Liberación, Frente Nacional por la Liberación y Unión Nacional por la Independencia Total-- los miembros del Frente para la Liberación de Cabinda (organización posteriormente dividida en varios grupos enfrentados entre sí, lo que contribuyó a debilitar su posición y arruinar su proyecto de país).
En Cabinda llegaron a estar acantonados hasta 20.000 soldados --que en su mayoría eran cubanos--, cuya finalidad era defender y garantizar el funcionamiento de las instalaciones petroleras.
Hay datos y testimonios de las periódicas razias ejecutadas por soldados cubanos y angoleños para aplastar la resistencia de los rebeldes cabindeños. Durante el período 1975-2000, según las fuentes, la represión causó entre 1.500 y 2.300 muertes (amén de los fallecimientos vinculados al abandono, las hambrunas y las enfermedades), además de cientos de encarcelamientos y otras represalias.
Si Cabinda no ha logrado hacer valer sus derechos ha sido, básicamente, por tres motivos: primero, por la cómoda actitud del primer gobierno surgido tras la Revolución de los Claveles en Portugal; segundo, por la inhibición de Naciones Unidas (fiel reflejo del desinterés de la comunidad internacional) y tercero, por la presencia durante largos años del bien organizado Ejército cubano, que en los años de mayor actividad insurreccional se empleó con probada eficacia en tareas de represión.
La provincia más rica y la sociedad más mísera
Cabinda es un vergel tropical con importantes reservas de petróleo (produce una media de 950.000 barriles diarios; lo que supone en torno al 55% de la producción total angoleña), además de poseer una desarrollada industria maderera, aunque todavía está escasamente equilibrada desde un punto de vista medioambiental; en todo caso, en Cabinda no se registran las talas incontroladas que son el pan de cada día en los dos Congos.
Sin embargo, pese a ser la provincia angoleña que en términos relativos más aporta al producto interior bruto (PIB) del país, es el territorio donde la miseria social es más profunda, además de ser en la que menos dinero por habitante ha invertido el Estado en infraestructuras.
Nada del pasado ni del presente justifica el ametrallamiento de un autocar de pasajeros, sean estos afamados futbolistas o anónimos trabajadores de una explotación maderera; pero la violencia ciega causa más terror y es más embrutecedora cuando los medios --como así ha aocurrido en el culto Occidente-- despachan el ataque sufrido por los togoleses con informaciones superficiales, pueriles y, a lo peor, idiotizantes.
Nada de lo que ocurre es casual, ni en Europa ni en Cabinda.
ENLACE a la web Cabinda.net, del Gobierno cabindeño en el exilio.
DE INTERÉS, "Angola: La causa de Cabinda, la tragedia de Togo", en 180 LATITUDES.
Excelente entrada amigo. A ver si cunde el ejemplo y se es más serio en el tratamiento de ciertos temas, sobre todo de geopolítica porque muchas veces se escriben verdaderas barbaridades.
ResponderSuprimirun saludo.