Está mal visto decirlo, ¡como tantas cosas!, pero como no me presento a las elecciones ni tengo intereses económicos que me ogliguen a cerrar los ojos, lo digo: Galicia es un impaís. La sociedad gallega se suicida.
Un significativo porcentaje de gallegos --o residentes en Galicia-- menosprecian la cultura gallega, gran parte de
la población joven huye y la sociedad --en términos generales, sin personalizar-- pierde el tiempo en asuntos que carecen de relevancia con vistas al futuro.
Decenas de miles de gallegos, por ejemplo, debilitan sus neuronas, gastan fuerzas o se enfrentan entre si para defender a un equipo de profesionales del fútbol o, peor aún, se sacan los ojos unos a otros a propósito de la lengua que utilizan para vivir y comunicarse.
¿Cultura?, ¿qué es eso?...
Planificar exige estudios y razones. Sobran las consignas
Al mismo tiempo que se organizan o fomentan sucesivas campañas aculturizadoras y de auto-odio, decenas de miles de gallegos se entretienen haciendo cábalas con el folletín del tren de alta velocidad (AVE), infraestructura que --sin menoscabo de que sea legítimo desear-- nada sustancial solventará, aunque facilitará las comunicaciones intrapeninsulares de los miembros de las clases sociales más pudientes, la media-alta y la alta.
Hay líderes sociales, económicos y políticos que insisten en anteponer el AVE a necesidades objetivas que son mucho más urgentes. Hablan y escriben de la ¿necesidad? del AVE con tanta vehemencia que cualquiera diría que el ferrocarril rápido para pasajeros levantará o multiplicará los rendimientos de las economías del pescado y del marisco, del granito y de la pizarra, de la leche y de las carnes, de la madera, de las patatas y de los excelentes vinos de las Rías Baixas o de Valdeorras; algunos parecen convencidos de que el AVE favorecerá a la factoría de aluminio de A Mariña, a la producción de Inditex o a la fabricación de automóviles Citröen, como si los productos que vende Galicia necesitaran un diligente y caro transporte para pasajeros.... Se ha creado la falaz convicción de que el AVE es imprescindible para la producción y para la comercialización de productos.
Sin embargo, el futuro de la inmensa mayoría de los gallegos y del propio país no depende, ¡ni de coña!, de la posibilidad de comprar un billete de 80 euros por asiento que permita viajar a Madrid en cuatro horas... Quizá haya ingenuos convencidos de que en un plisplás, de la noche a la mañana, se multiplicará por 3 o por 4 el número de gallegos que necesiten o quieran pagar una vez por semana y persona 150 euros por un billete de ida y vuelta en tren a Madrid.
Los avemaníacos también alegan que con ese tren el turismo será un maná en el país de la lluvia: ¿alguien cree realmente que el AVE multiplicará por tres o por cuatro --ni siquiera por dos-- el número de madrileños o vallisoletanos que viajarán a Galicia cada fin de semana por motivos lúdicos o en busca de sol y playa...?
A la sacralización del AVE se suman tres aeropuertos de primera categoría que pierden dinero público cada año y que, para colmo, pugnan entre sí y pierden atractivo comercial para las compañías. El dislate y el derroche son mayúsculos [sin mencionar decenas de casas de cultura, pabellones y otros inmuebles públicos construidos con subvenciones de la UE o del Estado y que están en desuso o infrautilizados].
¿Quién planifica las inversiones en Galicia? Todo indica que nadie y que se improvisa en función, básicamente, de objetivos electorales.
¿Quién mantiene tantos absurdos? ¡Todos!, incluidos los contribuyentes que residen en Catalunya, Euskadi o Madrid, de los que tantas veces se hacen comentarios absurdos.
[En Francia y Alemania se han elaborado estudios que alertan de la irrelevancia socio-económica de los mitificados trenes de alta velocidad de uso exclusivo para pasajeros, pues para determinadas geografías y trayectos los estudios constatan, entre otras cosas, que los AVE contribuyen a destruir economías de escala y generan ventajas para unos y desventajas para otros, en especial en el caso de las redes de comunicaciones radiales --como es la española--, pues benefician al centro, en perjuicio de la periferia. Pero esos informes y evidencias no conviene divulgarlos... ¡Todo vale con tal de hacer negocio! Porque en el caso de los AVE para pasajeros centro-periferia el negocio fundamental está en construirlos. Aparte de las rentas complementarias que rinde la táctica política del atontamiento]
El deterioro va más allá de lo político o institucional
Galicia es un país en lento pero progresivo deterioro. Quienes lo niegan faltan a la verdad por interés, por estar desinformados, por estar mal informados o, simplemente, por creerse todo lo que escuchan o leen; más fácil, por no pensar.
También está mal decirlo, pero lo que más daño ha causado desde hace ya más de un siglo es la creencia generalizada de que no hay nada que hacer, lo que a la postre se ha traducido --entre otros males-- en
el desplome del índice de natalicios y en la persistente emigración de personas jóvenes.
Salvo en media docena de territorios, incluido El Vaticano, en ninguna otra nación del mundo se da un envejecimiento poblacional tan extremo como el de Galicia.
Y todo eso no es consecuencia de la política, ni de la democracia, como insisten en decir los ignorantes y los partidarios del antiguo régimen. Es peor: desde hace decenios en Galicia se practica la autodestrucción, perversión psico-social de complejas raíces, amén de ser una perversión cultural y económica que algunos cultivan en beneficio propio.
Si se analizan los criterios de demasiados gallegos es más fácil entender a groso modo porque acontecen ciertas cosas, pues los criterios más exitosos son estos tres:
El primero se enuncia casi siempre en castellano, tonto el último;
El segundo, en gallego, se non o fago eu, o fará outro (si no lo hago yo, lo hará otro);
Y el tercero, en numerosos idiomas, según se aplique en Santiago, Barcelona, Vitoria, Madrid o Bruselas: ¡Vivan las subvenciones y los amigos bien colocados!
Eso sí, mientras el país se desangra la Administración autonómica --gobierne el PP o el bipartido PSdeG-BNG-- lanza cánticos sentimentales y gasta millones de euros en mantener viva la morriña de los cientos de miles de gallegos que residen en el exterior desde hace años y años, hasta decenios, incluidos sus hijos y nietos --que jamás han pisado Galicia--, y entre los que son amplia mayoría los que no tienen ninguna intención de regresar y entre los que abundan quienes miran hacia Galicia con cierto grado de conmiseración [sólo regresan los que tienen una pensión de jubilación decente --siempre que no tengan hijos que se quedan en el extranjero--, los que se han empobrecido y algunos que huyen de persecuciones políticas o situaciones similares].
En ese escenario de creciente deterioro, aquí
resumido muy brevemente, la Administración --así lo han hecho los tres partidos que han gobernado la comunidad en democracia-- gasta varios cientos de millones de euros en
la aberrante Cidade da Cultura; aunque hubiera sido más representativo de la Galicia suicida que la pirámide de Keops-Fraga hubiera sido bautizada Culture's Town.
El humo de las guerras civiles interesadas
Entretanto, a los residentes en Galicia se les entretiene con milongas varias, desde el fútbol y los alardes consumistas (la profusión de hipermercados es económicamente incomprensible) hasta las guerras civiles entre localidades o por pugnas lingüísticas que sólo sirven para laminar el sentido de colectividad y la cultura.
El desmadre, en el que abundan los desprecios y los autodesprecios, es transversal y vertical, de izquierda a derecha y desde la cúpula hasta la base social: el Gobierno de A Coruña (PSOE) se mira el ombligo, desprecia políticamente a los municipios vecinos y cultiva el más atroz de los localismos; la Deputación de Ourense (PP) fomenta y practica criterios elitistas, abona la ignorancia y es manifiestamente nepotista; y desde la vicepresidencia de la Xunta (BNG) han apostado con pasión tercermundista por la cultura del victimismo estéril.
Esas y otras cosas ayudan a entender que la mayoría de los gallegos eviten tener descendencia, animen a sus hijos a emigrar o, cuando son adinerados, acaben casi siempre invirtiendo allende Pedrafita y pagando másteres a sus retoños para que se afinquen lejos del país gallego --eso sí, vendrán en navidad o en el verano a comer marisco y a disfrutar de paisajes verdes y emociones enxebres....
¿Pesimismo? ¡Para nada! Esa es, tal cual, la coyuntura histórica que vive Galicia. Otra cosa es que unos optemos por abrir los ojos y otros --los bien situados-- prefieran cerrarlos.
¿Soluciones?
De entrada, ¡urge pensar en el futuro de los niños y jóvenes que residen en Galicia!, aunque lo cierto es que ya quedan pocos.... Y en segundo lugar, convendría no volver a votar al PP, ni al PSdeG ni al BNG, salvo que sus respectivas direcciones expulsen a los mentirosos e incapaces, sean social-vazquistas, se cubran con boina o birrete, o se escuden detrás de una frase de Castelao.
Galicia se suicida y lo que es peor, la mayoría de los residentes en Galicia parecen convencidos de que la ceguera económica y el auto-odio cultural son consustanciales al país, como si todo cuanto ocurre fuera el sino inevitable de la providencia.