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| Alberto II, satisfecho |
Sin embargo, pese a la que está cayendo y al papel que juega el Principado en el cenagal financiero, el centenario de su Constitución apenas ha merecido atenciones mediáticas. Es más, el pasado 1 de julio el monarca Alberto II contrajo matrimonio con la nadadora Charlene Wittstock [nacida en Bulawayo (1978), en la antigua Rodesia, hoy Zimbabue; si bien es ciudadana sudafricana], lo que motivó ríos de tinta y de imágenes, pero apenas nada se dijo o escribió de que sólo hace cien años que la finca medieval de los Grimaldi hizo su tardía y teórica transición del Antiguo Régimen al Estado moderno, convirtiéndose formalmente en una monarquía parlamentaria.
Es obligado, pues, reconocer los méritos de Alberto II, de su gobierno y de quienes velan por el futuro del Principado y de los dineros que esconde, pues han logrado que nadie mente al paraíso fiscal por excelencia de Europa cuando se habla o escribe del caos financiero.
Europeísmo rastrero
Mientras la Unión Europea (UE) pasa apuros --bueno, en realidad quienes pasan apuros son los asalariados, los autónomos y los pequeños empresarios europeos--, en Mónaco todo marcha sobre ruedas. El turismo de lujo, el juego y los chanchullos financieros garantizan la buena salud económica de la finca de los Grimaldi, cuyo régimen fiscal es singularísimo, pues sus apenas 30.000 ciudadanos no pagan impuestos sobre la renta; lo que explica que el Principado sea la sede de personas físicas y jurídicas que trasladan allí sus fortunas y cuanto ganan o rapiñan en el extranjero, sobre todo en la propia Europa.
Curiosamente, tan libérrimo como provechoso criterio fiscal no impide que el Estado monegasco sea intervencionista y controle casi todos los servicios, poniendo especial mimo en monopolios como los del tabaco y las telecomunicaciones (el 45% de Mónaco Telecom es propiedad pública).
Abundando en hipocresías, Mónaco no es miembro de la UE pero se beneficia de ella al estar institucionalmente vinculado a Francia, con la que le unen un tratado de unión aduanera y monetaria [el euro también es la divisa del Principado], y además en base a la Constitución que ahora cumple cien años el ejército de Francia es el responsable de defender Mónaco y, en el colmo del dislate, el jefe del Ejecutivo monegasco --oficialmente denominado ministro de Estado-- es un ciudadano francés que el monarca debe elegir entre los candidatos que propone la República Francesa; este extranjero sugerido por París preside el consejo de Gobierno, formado por seis personas y por si fuera poco, por ley es el titular de las competencias propias de los ministros de Defensa e Interior.
Ocultismo sistemático
Hace ahora casi doce años, dos diputados de la Asamblea Nacional francesa [Arnaud Montebourg y Vincent Peillon] obtuvieron información suficiente para acusar a Mónaco de ser un formidable pozo y lavadero de dinero negro, incluido el elegante Casino de Montecarlo. Peor aún, había indicios racionales de que el Gobierno de Mónaco ejercía --todo apunta que lo seguiría haciendo-- presiones sobre el poder judicial para que obstaculizara o paralizara todo procedimiento o pesquisa sobre los movimientos de dinero y los depósitos existentes en la ciudad.
Esa denuncia llovía sobre mojado, pues año y medio antes, en 1998, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE) ya había emitido un informe que incluía a Mónaco en la lista de países "con poca o nula claridad fiscal".
Cinco años después, en el 2003, el Fondo Monetario Internacional (FMI) calificó oficialmente a Mónaco de paraíso fiscal. Y al año siguiente, la OCDE insistió en su denuncia del 98 con el agravante de que el Principado no sólo había evitado colaborar en las investigaciones abiertas, sino que además se negó en rotundo a proporcionar la más mínima información sobre la procedencia del dinero de decenas de sus ciudadanos, la mayoría de ellos extranjeros nacionalizados, o sociedades allí radicadas. En esa relación de sinvergüenzas, Andorra y Liechtenstein son los otros dos pillos del Viejo Continente.
Pero, al parecer, Mónaco y su sistema financiero son tan divinos como el IOR (banco de El Vaticano), ambos están por encima de todo y de todos.
Finalmente, en el 2009, justo cuando Europa sufría el primer agravamiento de la crisis financiera, ¡sorpresa!, Mónaco desapareció de la lista negra...
Extraiga usted, amable lector/a, sus propias conclusiones.
Extraiga usted, amable lector/a, sus propias conclusiones.
[NOTA. Vaya desde aquí una sincera felicitación a Alberto II; aunque no tanto por el centenario constitucional o por la boda --que también--, como por haber logrado que su lavadero pase desapercibido mientras los mercados mueven sin compasión el capital, incluido el que duerme en el antiguo enclave foceo de Monoïkos].
DE INTERÉS: "Bienvenido, señor supermillonario", en El país.
DE INTERÉS: "Bienvenido, señor supermillonario", en El país.

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