13 diciembre 2011

La debilidad económica de Rusia es proporcional a su extensión

Durante los años noventa, la denominación del Estado que administra mayor superficie terrestre, la Unión Soviética cambió por la de Federación Rusa, perdiendo parte de su territorio debido a la segregación de varias repúblicas, al mismo tiempo que pasaba de una economía centra­lizada (o planificada) y esencialmente autárquica a una de libre mercado.
Sin embargo, la refundada Ru­sia adoptó rasgos del más primi­tivo capitalismo, e incluso ha desarrollado detalles más pro­pios del Antiguo Régimen --en su caso el zarista-- que de un Estado moderno.
En ciertos aspectos, la transfor­mación vivida en los años noventa fue solo parcial, pues han pervivido criterios radicalmente centralistas (algunos claramente pseudoesta­linianos) y el poder político controlan con firmeza el sec­tor público y de forma más o me­nos disimulada, también el priva­do, amén de las grandes entidades financieras y, sobre todo, los inmensos recursos energéticos del país.
No obstante, una vez completado el caótico desmantelamiento de la nomenclatura soviética, el Estado privatizó prácticamente todo, salvo las industrias militares y parte de las vinculadas a los hidrocarburos, aunque manteniendo vigentes numerosas leyes y normas soviéticas que coartan la libertad de em­presa y la iniciativa privada.
Proceso amañado
Ese salto al capitalismo, además de precipitado, fue mani­pulado por la propia Administra­ción; es decir, por el poder político, en el que seguían incrustados los cuadros estalinistas, que por ende en su mayoría eran los menos ideolo­gizados, los mismos que reventaron la transición ordenada que preten­día llevar a cabo Mijáil Gorbachov.
Aquel primer gobierno postsovié­tico, pergeñado durante el extraño secuestro de Gorbachov y al ampa­ro del golpe de Estado incruento que lideró Boris Yeltsin (agosto de 1991), amañó el proceso creando un generoso sistema de créditos al que solo tuvieron acceso determi­nadas personas físicas y jurídicas, que fueron las que en función de las discrecionales decisiones del blo­que de poder que lideraba Yeltsin compraron la mayoría de las facto­rías, equipamientos e infraestruc­turas privatizadas por el Kremlin.
Aquel proceso de privatizaciones es indescriptible sin utilizar pala­bras ajenas al lenguaje económico; prueba del esperpento es, por ejem­plo, que varios millones de vivien­das de propiedad pública que ha­bían sido adjudicadas sine die en régimen de alquiler fueron rifadas para beneficio de sociedades inmo­biliarias constituidas ad hoc y que luego, con la aquiescencia del Esta­do, encarecieron exponencialmen­te los arrendamientos o las vendie­ron, desencadenando situaciones más propias del Londres de Oliver Twist que de un país industrializa­do de finales del siglo XX.
Así fue como se formó la actual éli­te empresarial y financiera rusa --entre cuyos miembros hay excepcio­nes, evidentemente--, que teniendo en cuenta la población del país y sus inmensas riquezas es la más reduci­da del mundo (un Ghota), excep­tuadas las de Corea del Norte, Ara­bia Saudí y algunos países del Áfri­ca subsahariana...
A su vez, esa minoría dominan­te configuró y financió varios par­tidos políticos, entre los que desta­ca Rusia Unida; actualmente lide­rado por Putin, que la semana pa­sada volvió a ganar las elecciones.
Tres detalles ilustrativos
Tres detalles ayudan a hacerse una idea cabal de cómo funciona la eco­nomía rusa:
En el 2010, el 55 % de las opera­ciones comerciales --incluidas las compraventas de inmuebles, fincas y empresas-- se realizaron al mar­gen de los conductos reglamenta­rios y sin intervención de entida­des financieras;
También según datos del 2010, en torno al 60 % de las familias rusas guardan sus ahorros --la mayoría, escasos-- debajo del colchón o en el doble fondo de un cajón; y
Solo una de cada diez inversio­nes realizadas por empresas rusas, sean pequeñas, medianas o gran­des, ha sido financiada parcial o totalmente por un banco.
Intervencionismo
Yeltsin (izq.) y Gorbachov, contrincantes ideológicos  
Debido a ese proceso, actualmente la propiedad de las empresas priva­tizadas está concentrada en cuatro manos y la seguridad jurídica es re­lativa, pues las leyes y normas de­jan la puerta abierta a que las de­cisiones de los empresarios sean condicionadas e incluso anuladas por el Estado, que se ha reservado amplios poderes de intervención.
Paradójicamente, cuando la URSS inició su autodesmantelamiento, con Gorbachov todavía al frente, el proceso se acometió con más venta­jas que en los demás países del blo­que soviético; no solo por las prover­biales riquezas naturales de Rusia, si­no también porque su organización y tejido productivos funcionaban con riguroso mecanicismo; de mo­do que con apenas esfuerzo y con va­rias medidas legales de orden menor hubiera sido posible aumentar ex­ponencialmente la productividad, acabar con los desabastecimientos y evitar que la inflación y el déficit presupuestario se dispararan.
Pero las prisas de un sector del propio PCUS --unida a codicias per­sonales y a presiones exterio­res-- frustró aquellas expectativas. Nada más acceder al poder, Yeltsin y su mano derecha en asuntos económicos, Yegor Gaidar, paraliza­ron la ejecución de las escalonadas reformas diseñadas por el equipo que pilotaba Gorbachov en materias como la fisca­lidad, la propiedad de la tierra y el sistema financiero.
El resultado fue inevitable, en 1999, año en que Yeltsin cedió el poder a su alumno más aventa­jado, Vladimir Putin, Rusia era un gigante con pies de valiosísimo barro: hidrocarburos y minerales de al valor, pero la racionalidad y productividad eran comparables en términos relati­vos a las de la España delos años se­senta y el país acusaba una depen­dencia extrema de los préstamos a corto plazo para financiar los déficit presupuestarios y evitar la suspen­sión de pagos del Estado, que se sucedían año tras años desde 1992.
Lógicamente, la inversión era mí­nima, la tasa de cambio del rublo frente al dólar, el marco o el franco había caído más del 50 %; además, las divi­sas extranjeras no solo habían des­aparecido de las calles, sino también de los bancos; la tasa de inflación anual durante el período 1992-1999 siempre tuvo dos dígitos y el défi­cit presupuestario superó el 20 % del PIB. La calidad de vida de los ru­sos se había desplomado.
Lento despegue
Aunque la economía cotidiana del ciudadano medio sigue siendo infe­rior a la de los comunitarios, exceptuados los residentes en Bulgaria, Le­tonia y Rumanía; a partir del bienio 2001-2002 la economía rusa ha des­pertado de la mano del singular Pu­tin --ex cuadro soviético transfor­mado en una especie de zar formal­mente democrático--. El producto interior bruto (PIB) registra las alzas porcentuales más altas desde la caí­da de la URSS (entre el 4 y el 8 %), el rublo se ha estabilizado, la infla­ción no ha vuelto a superar el 8 % y la inversión privada aumenta, pe­ro poco a poco --el aumento es bajo porque el Estado fiscaliza la inver­sión e incluso la espanta.
Hay un detalle singularmente po­sitivo: desde el año 2002 Rusia es­tá cumpliendo las obligaciones de­rivadas de la deuda pública que es­tá en manos extranjeras y, además, cumple con las amortizaciones de los préstamos recibidos del Fon­do Monetario Internacional (FMI).
En 2010, atendiendo al produc­to nacional bruto (PNB), Rusia se consolidó como la séptima poten­cia del mundo.

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