08 abril 2012

Del poderoso Songhai al débil Mali

Estos días Mali es noticia debido al golpe de Estado perpetrado por un sector del ejército. Se trata de uno de los países más pobres del mundo. Su producto interior bruto (PIB) es de 1.180 dólares por persona y año (2011); pero teniendo en cuenta que esa referencia no tiene en cuenta el desigual reparto de la riqueza, conviene relativizar el valor de ese dato para tener una idea cabal de cómo viven los malienses.
Mali forma parte de un vasto territorio, el Sahel, que esta primavera vive una situación que, según Naciones Unidas, precede a la enésima hambruna, con 15 millones de personas subalimentadas y se teme que en las próximas semanas la mortandad infantil —ya de por si elevada— aumente exponencialmente.
La escasez de lluvias y el deficiente aprovechamiento del río Níger, la baja mecanización del agro, la ausencia de clases medias y de inversores, los hábitos tribales, otros factores de efectos menores y sobre todo el pasado político reciente explican la persistente pobreza económica de los malienses.
En 1959, Mali y Senegal se unieron para constituir la llamada República Sudanesa [por abarcar el llamado Sudán francés, que nada tiene que ver con el Sudán anglo-egipcio del oriente africano], conformando la Federación de Mali —cuyas fronteras coincidían en gran medida con las del medieval y poderoso Imperio de Songhai [mapa al pie del post]—, que se independizó totalmente de Francia en agosto de 1960. No obstante, el nuevo Estado se rompió cuatro meses después con la segregación de Senegal.
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Mobido Keita, el primer presidente (1960-68)
Apuesta intervencionista
El primer presidente maliense fue Mobido Keita, un político ecléctico y fuertemente influido por los movimientos socializantes que proliferaron en el África Occidental Francesa, lo que le movió a estrechar relaciones con la Unión Soviética y nacionalizar los recursos naturales del país.
En principio, los malienses experimentaron una notable mejoría de sus condiciones de vida, mas al paso de apenas un lustro la economía zozobró, en parte debido a la ineficiente logística del país y a la miopía de la URSS a la hora de relacionarse con sus aliados africanos y, sobre todo, por los graves errores cometidos al decidir el destino de sus inversiones y ayudas.
Por ende, la población tuareg, minoritaria pero muy cohesionada, rompió su neutralidad. El Gobierno perdió gran parte de su apoyo social y en 1968 una facción militar dirigida por Musa Traoré dio un golpe de Estado.
La violencia se generalizó, casi nada ni casi nadie fue respetado. Keita fue encarcelado y murió entre rejas en circunstancias nunca esclarecidas.
Traoré trató de reconducir la economía. Fue inútil, aunque no tanto por la desorganización institucional y la autarquía reinantes, como porque el Sahel acusó una de las sequías más persistentes desde que hay datos fiables, pues se prolongó desde finales de 1969 hasta 1974. Durante esos años —aunque cabría prolongar el período hasta los primeros de la década de los noventa—, la economía fue de pura y simple subsistencia. Por si fuera poco, los disturbios eran habituales y el Gobierno solo controlaba la capital, Bamako, y una docena de localidades.
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Miseria y violencia
La escasez de lluvias unida al deficiente aprovechamiento del Níger, tres golpes de Estado frustrados y la represión sistemática practicada por Traoré hasta los primeros años noventa mantuvieron Mali en los mapas de la miseria y de la violencia.
Es imposible hacer un cálculo siquiera aproximado del número de muertos habidos durante esos años, unos por causa del hambre y las enfermedades asociadas, y otros por la generalizada violencia: la gubernamental y la de los insurgentes, estos profundamente divididos y en algunos casos mezclados con bandas de delincuentes o con mesiánicos islamistas.
Esa sangría, unida a la de la emigración —sobre todo con destino a Senegal y a los países ribereños del golfo de Guinea—, agravaron la situación económica.
Finalmente, en 1989 Traoré anunció reformas e incluso habló de convocar elecciones, pero acabó desechando la idea. Sin embargo, puso en marcha un programa de ajustes y de racionalización económica que contó con asesoramiento y ayuda internacionales.
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Años noventa, la esperanza
Traoré logró poner coto al desorden y al paso de solo unos meses, espabiló la actividad económica, a lo que contribuyó la esperanza de una pronta democracia. La agricultura recuperó el pulso, el comercio se animó y llegaron las inversiones a la minería (Mali es el tercer productor de oro de África, sólo superado por Sudáfrica y Ghana).
Pero el incipiente éxito económico no evitó —o acaso aceleró— el derrocamiento de Traoré (1991) por una alianza cívico-militar liderada por Alpha Oumar Konaré. El nuevo gobierno redactó una constitución y convocó elecciones democráticas en 1992, en las que venció, lógicamente, Konaré.
Cambios pocos, la violencia disminuyó notablemente pero la política socio-económica diseñada por el nuevo gabinete apenas sufrió cambios respecto al Gobierno depuesto.
Pacificado y con una mayoría deseosa de salir del infierno, Mali inició un largo período de estabilidad con crecimientos interanuales del PIB de dos cifras. En 1996 y 1997 las alzas interanuales llegaron a rozar el 20 %.
Konaré, reelegido presidente en 1997, puso especial énfasis en combatir (o controlar) la generalizada corrupción y en estabilizar el norte del país, donde los tuareg seguían operando económicamente al margen de los criterios, las leyes y las normas estatales.
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Ser el tercer productor de oro de África carece de efectos sociales 
La clave de la economía maliense era y es la agricultura, destacando las cosechas de algodón por ser su principal producto de exportación. Las ventas (exportaciones) de oro constituyen la actividad que mueve más dinero [en África sólo Ghana y la Unión Sudafricana superan a Mali en producción de oro] pero sus efectos en la economía cotidiana son muy reducidos en comparación con los elevados beneficios sociales que reporta el sector agropecuario.
Las caídas del precio del algodón registradas durante el bienio 2002-2003 obligaron a reducir sus plantaciones, lo que otorgó mayor peso al tabaco, maíz, arroz y mijo, que junto a las variadas verduras que se cultivan en las riberas del Níger constituyen el pulmón económico a la vez que el esqueleto que da —o puede dar— estabilidad al país, no en vano el 75 % de los malienses ocupados trabajan en el sector primario (incluida la minería), en tanto que un 18 % lo hace en los servicios y el resto, en la escasa industria existente.
Pero desde hace unos meses el escenario se ha ennegrecido un poco más porque al renacer del segregacionismo tuareg se han sumado un problema mayor, la ofensiva de los yihadistas asociados a Al Qaeda, y la peor de las soluciones: la élite de Bamako ha respondido a los reveses con un golpe de Estado.
Mali, su economía y sus gentes están, como casi siempre, al borde del precipicio.
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MÁS sobre la Historia de Mali, en «La conquista de Tombuctú», episodio acaecido en 1591, cuando la urbe y su comarca fueron sometidas por tropas enviadas por el sultán de Marraquech con la intención de controlar el oro del Sahel y la ya entonces afamada mezquita de la ciudad; el ejército invasor fue dirigido por el morisco andalusí Diego de Guevara, nacido en Cuevas del Almanzora (Almería), que había adoptado el nombre de Yuder Pachá.
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DE INTERÉS: "Azawad (primera parte)", en KILOMBO.
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