14 febrero 2012

Weber vive: «Historia económica general»

Este libro suma dos clásicos y ambos aterrizan una vez más en la actualidad, en esta ocasión de la mano de la editorial Fondo de Cultura Económica, que ha tenido el acierto de reeditar el que quizá es el trabajo del economista alemán más útil para quienes intentan comprender los mil y un rincones que conviene conocer, siquiera superficialmente, para manejar las herramientas de la Economía y entender esa parcela de la realidad.
Max Weber (Erfurt, 1864-Munich, 1920) no es un economista más. Curioso desde niño --con solo 12 años sus padres le regalaban ensayos como Sobre la maldición de la historia alemana, con referencias a las posiciones del Emperador y del Papa, y él, ávido, los leía--. Además de Economía, estudió Filosofía, Derecho, Historia y Sociología.
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El futuro pasado
Considerado uno de los pilares de la ciencia económica moderna, casi un siglo después de su fallecimiento Weber sigue aportando luz: «Una política económica estatal acreedora a este título, esto es, continua y consecuente, solo ha surgido en la época moderna. El primer fenómeno que la propició es el llamado mercantilismo». Y dicho esto, a renglón seguido Weber rememora lo esencial del Antiguo Régimen, al que hoy Occidente parece regresar a la vista de algunas de las decisiones de los gobiernos y de las instituciones internacionales: «Antes de desarrollarse este [el mercantilismo] existían, ciertamente y por doquier dos clases de política estatal: una fiscal y otra asistencial, esta última con el propósito de asegurar el sustento necesario»
Es decir, recaudar dinero y evitar el hambre. Resumiendo: fiscalidad más conjurar el riesgo de situaciones conflictivas.
Weber reconstruye geografías, teje escenarios sociales y legales, retrata a los personajes y cuando el lector ya está metido en harina, sea en la Roma clásica o en la primera revolución industrial, ¡zas!, expone las conclusiones y resume lo esencial como nadie: recaudar dinero y evitar la desestabilización social a fin de garantizar la pervivencia de la monarquía. Justo esa y solo esa, tal como desmenuza y concluye Weber, era la política económica del Antiguo Régimen.
Era inteligente, sí, pero además Weber nunca dejó de beber conocimientos; calidad y actitud que se alimentan mutuamente, lo que propició que fuera capaz de sumergirse en los hechos y prever --a la vez que advertir-- con alto grado de acierto cómo evolucionarían la vida económica y sus agentes.
Así, por ejemplo, en esta Historia económica general el sabio alemán alerta de la creciente burocratización de los mundos productivo, comercial y financiero, y también vaticina la tendencia del Estado a recurrir a la violencia y hacerlo cada vez con mayor asiduidad, a la vez que con más inteligencia --en este punto es obligado subrayar que la violencia del Estado no siempre es física y la sangre que se vierte en nombre de lo que sea no siempre es líquida.
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El pasado futuro
La historia que relata Weber y las tesis que expone --con estilo ameno, aunque hay párrafos que debido a la abundancia de conceptos exigen segunda lectura-- son bien distintas de la que acostumbran la mayoría de autores del siglo XX y todavía demasiados de los que ahora están en boga, propensos a instalarse en las alturas, colgados de la macroeconomía, para referirse sólo de pasada a la economía de los mortales.
No, Weber no levita. Weber necesitaba tocar tierra y sus tesis, aunque vuelen alto, siempre las levantaba partiendo de las comunidades productivas, de los hogares, atendiendo a los linajes y al pueblo llano de las aldeas y de los burgos, a las prebendas de los señoríos y al sudor de los recolectores, campesinos y artesanos.
En definitiva, un vino que conviene beber a sorbos, a temperatura ambiente y paladeando cada párrafo.

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