25 de marzo de 2007

Breve historia del europeísmo. La Unión Europea cumple 50 años

La idea de Europa experimentó un crecimiento constante desde la Edad Media,
hasta constituirse en una institución supranacional que es única en el mundo 
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Medio siglo después de la firma de los Tratados de Roma, constitutivos de la Comunidad Económica Europea (madre de la actual Unión Europea, UE), casi todos los creadores de opinión (dirigentes políticos, empresariales y financieros; sindicalistas, catedráticos, escritores y agentes sociales de todo orden) sólo hablan de europeísmo para referirse a cuestiones de rigurosa actualidad, para tratar asuntos económicos o para lucubrar sobre el futuro de la UE.
Visto, escuchado y leído lo que por lo general difunden los medios, cabe concluir que el europeísmo es una cuestión de dinero y que nació anteayer, como si Locke, Kalergi, Monnet Schuman jamás hubieran existido.
De hecho, la generalidad de los ciudadanos creen que la voluntad de organizar la convivencia entre los europeos es reciente, como si el europeísmo hubiera brotado por casualidad en el desierto que era el Viejo Continente al finalizar la guerra que propiciaron los totalitarismos de la década de 1930. Vamos, que según la percepción generalizada sólo entonces, una vez firmada la paz y la derrota del totalitarismo nazi, en 1945 floreció el europeísmo cual flor de cactus.
Sin embargo, si se tienen en cuenta los afanes de dominio militar o de expansión económica (Julio César, Carlomagno, Napoleón…), bien podría decirse que el europeísmo tiene más de veinte siglos de vida. Obviando exageraciones e ingenuidades, sí es cierto que la idea de Europa como espacio singular es patente en elementos sociales y culturales que desde hace siglos son comunes a la mayoría de las naciones y Estados del Viejo Continente.

Mapa político de la Europa del siglo XVIII,
antes de la Revolución Francesa de 1789
(pulsar para ampliar).
El europeísmo natural
nació siglos antes
que el institucional
De hecho, en la geografía de Europa es difícil trazar fronteras incuestionables. El europeísmo nació mucho después del Imperio Romano, evidentemente, pero no es menos cierto que la expansión de los valores, usos y costumbres de los distintos pueblos fueron creando Europa silenciosamente.
Los dispares y en ocasiones contradictorios procesos que desembocaron en la formación de las naciones, luego las monarquías, los Estados y los Estados-nación avanzaron al mismo ritmo que la formación de la conciencia europea.
Hace ocho, nueve y diez siglos el matrimonio entre la hija de un noble aragonés y el vástago de otro occitano reflejaba mucho más que la existencia de intereses comunes entre dos dirigentes políticos y sociales de territorios vecinos.
Otro tanto ocurría cuando se pactaban uniones entre familias y clanes dirigentes de territorios alejados entre sí; por ejemplo, entre las elites normada y flamenca, germánica y castellana, inglesa y borgoñona, napolitana y austriaca, rusa y francesa...

Población de Europa y del mundo al inicio
de los siglos XVI y XVII.
Fuente: 
http://art.lostonsite.com/67023051-001/ 
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Las semejanzas aumentaban
al mismo ritmo que
se reducían las distancias 
Las distancias fueron reduciéndose y a cada año que pasaba eran más y más los valores, usos y costumbres --base de las leyes-- compartidos por todos y que todos consideraban propios.
En los siglos XVIII y XIX esas similitudes alimentaron el concepto político de Europa. Fue entonces, hace ya casi tres siglos, cuando algunos adelantados empezaron a pensar en Europa como un espacio singular, aunque las razones y los fines de unos u otros fueran dispares.
De hecho, desde el redescubrimiento de América (1492) hasta la constitución de la Comunidad Europea del Carbón y del Acero (1951) la idea de Europa se desarrolló lentamente pero con creciente solidez, a lo que contribuyeron la mejora de los medios de transporte y el incremento de los intercambios comerciales; es decir: la actividad económica. Lo que en cierto modo acabó por avalar la circunstancia de que haya sido la economía el primer pilar de la Comunidad.
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Hambre, guerras, emigración...
incluso los reveses
alimentaron la idea de Europa 
La idea de Europa sobrevivió a las hambrunas y a las guerras, ni siquiera la emigración de decenas de millones de europeos frenó la cada vez más generalizada convicción de que Europa es un mundo singular pese a que los dirigentes y por extensión también los pueblos europeos se han odiado con rabia inusitada y sus habitantes, en contra de ciertas afirmaciones carentes de rigor, han sido los que más han emigrado en la historia de la humanidad.
[Ver al pie del post el mapa de migraciones europeas de los siglos XVI-XX y con más detalle las habidas durante el siglo XIX y primera década del XX]
En ningún otro continente o geografía plurinacional se ha vivido similar sangría demográfica. Sueños o consignas como la de Monroe, “América para los americanos”, el moderno panafricanismo, el panarabismo --que tiene inequívocas raíces religiosas-- o la identidad panasiática que Japón o China han impulsado en momentos históricos concretos han obedecido a motivos o a intereses radicalmente distintos a los del europeísmo, cuyo sustento histórico y penetración social, económica y política hacen de Europa un todo que, hoy por hoy, es irrepetible en el resto del planeta.
Los europeos invirtieron y extrajeron fortunas materiales y humanas en el exterior desde la Roma imperial.
Decenas de millones de europeos se han visto obligados a abandonar el continente para huir del hambre, del fanatismo religioso, de las epidemias, de la violencia, de la xenofobia o de tres males que todavía hoy son reales: las desigualdades sociales, la intolerancia (incluidos los siempre premeditados e instrumentalizados odios interétnicos) y las cíclicas crisis económicas del sistema; sin embargo, nada ni nadie ha impedido que entre los europeos creciera la conciencia de que forman parte del mismo mundo.
Todo esto no quiere decir que la consolidación de esa identidad colectiva sea indestructible ni que haya penetrado con similar fuerza en todos los territorios y sociedades. En ocasiones, la idea de Europa ha vivido momentos de grave debilidad. Hoy mismo, hay quienes trabajan para quebrar esa dinámica histórica, que ya está tan acendrada que casi merece la consideración de fenómeno natural. Otra cosa son las políticas comunitarias y el justificado rechazo que generan en variados aspectos.
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Las ideas propiciaron el movimiento
Quienes se dedican a estudiar y sistematizar el conocimiento del pasado coinciden en que el europeísmo eclosionó como tal, aunque en grado incipiente, casi al mismo tiempo que la primera revolución industrial, en la década de 1760.
Al mismo ritmo que las máquinas de vapor y de hilar revolucionaban las economías de Flandes, Inglaterra, Valonia, la cuenca del Rhur y el noreste de Francia verdecieron las primeras referencias a Europa como un escenario compartido en el que, tomando la actividad económica y los valores judeocristianos como aglutinantes, era posible desarrollar un proyecto común.
Por aquel entonces, Locke ya predicó las bonanzas de una Europa de corte federal y armonizada, aunque refiriéndose sólo a la mitad occidental del continente, tal como refleja su ensayo Segundo tratado sobre el gobierno civil. Similares postulados defendieron Montesquieu (El espíritu de las leyes) y John Stuart Mill (Del gobierno representativo).
Poco después, la idea de Europa empezó a calar en España, donde avanzado el siglo XIX gozaron de cierta popularidad las ideas del germano Friedrich Krause (padre del krausismo), que fueron asumidas por la mayoría de los liberales, abrazando la idea de Europa con pasión de conversos.
Las tesis de Krause apuntaban las bases del europeísmo moderno, teoría que él embelleció con herrajes filosóficos en el texto titulado Proyecto de una federación de Estados europeos como base de una paz general. Pocos ensayos del siglo XIX han lucido un epígrafe tan premonitorio.
Durante el siglo XIX, los principales precursores del europeísmo fueron los liberales y los llamados socialistas utópicos. Entre los segundos destacó Claude Henri de Roubroy (más conocido como Conde de Saint Simon), que en 1867 fue cofundador y motor de la Liga para la Paz y la Libertad, un movimiento más filosófico que político en el que se integraron personalidades tan dispares como el literato Víctor Hugo y el sindicalista Mijail Bakunín, pareja que ilustra el alcance y la fuerza con la que se abrió paso la idea de Europa: uno, Hugo, era un liberal que sacralizaba el casi recién nacido Estado moderno y el otro, Bakunín, era el principal ideólogo del anarquismo, cuyo objetivo es arrumbar el Estado. Sin embargo, ambos compartían la convicción de que Europa encierra una identidad y de que los europeos comparten territorio, bienes y sobre todo: necesidades y valores.
Además de los anarquistas y liberales del XIX, a desacralizar las fronteras también contribuyeron los dirigentes de la II Internacional (socialistas) y en menor medida los primeros comunistas (los de antes de la revolución rusa de 1917, pues los estalinistas siempre recelaron del europeísmo).
Tras el Conde de Saint Simon, es obligado destacar la labor pro europeísta de Auguste Comte, que recogió y dio forma a la idea lanzada por Víctor Hugo (el escritor francés fue el primero en hablar de los Estados Unidos de Europa) para perfilar una utopía que bautizó República Occidental Europea, cuyo núcleo estaría constituido por una confederación integrada por Alemania, España, Francia, Gran Bretaña e Italia, y a la que estarían adheridas a modo de Estados asociados Bélgica, Dinamarca, Países Bajos, Portugal y Suiza.
La estructura institucional pergeñada por Comte fue completada por Pierre Joseph Proudhon, que en El principio federativo esbozó las reglas de juego que regirían en ese utópico Occidente continental unificado.
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Fernando Garrido,
el desconocido pionero español
Ideólogos y políticos hispanos del XIX también participaron en el debate, y de entre ellos cabe destacar a Fernando Garrido, que en 1851 participó en la constitución del Comité por la Democracia Europea, cuyos mentores también preveían una estructura federal. Garrido escribió el opúsculo titulado La república democrática federal universal (1855), en el que, dejando de lado algunas ingenuidades, se perfilan criterios que casi un siglo más tarde esgrimirían los padres de la Comunidad Económica Europea (CEE) para defender la firma del primer tratado (1957).
Durante el largo período de la llamada Paz Armada (1871-1914) --que a la hora de estudiar el europeísmo conviene prolongar hasta el estallido de la guerra civil española, prólogo y aviso de la segunda conflagración mundial-- las elites económicas e intelectuales de las principales ciudades de Europa eran, además de eurocentristas, propensas a hablar de Europa como si de un solo ámbito se tratara.
La idea y la conciencia de Europa ya eran reales.
Durante los siglos XIX y XX, en la construcción de la idea de crear una Europa para la convivencia destacaron las aportaciones de los liberales, de los socialistas (entre los que merecen especial mención, ya en el siglo XX, los miembros de la corriente pacifista que lideraba el francés Jean Jaurès), los anarquistas (empeñados en borrar fronteras), y a partir de la década de 1930 los trostskistas (IV Internacional) y los miembros de los partidos de centro-derecha que expandieron las semillas de las modernas formaciones cristianodemócratas o socialcristianas. Por último, ya avanzada la década de 1960, se sumaron al europeísmo los eurocomunistas, que rompieron con el dogmatismo soviético.
Cada una de esas corrientes políticas, desde posiciones a veces contradictorias, han contribuido a que la criatura llamada Europa ganara peso y creciera.
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La Unión Paneuropea hizo creíble el sueño   
Al margen de mil y un avatares, para explicar el carácter del europeísmo que palpitaba en el continente durante el período de la Paz Armada, nada mejor que la figura de Richard Coudenhove-Kalergi, el aristócrata austrohúngaro que invirtió gran parte de su fortuna y de su vida en fundar, mantener y fomentar la llamada Unión Paneuropea, una entidad de corte elitista a la que se adhirieron intelectuales de diferentes perfiles ideológicos (aunque la mayoría de ellos eran liberales), e incluso tuvo una sede física oficial, en Viena.
La Unión Paneuropea llegó a gozar de notable predicamento e influencia en las clases dirigentes de finales del XIX y primeros años del XX, e incluso obtuvo el apoyo de los inversores e industriales más proactivos de la época; los cuales, por razones fácilmente imaginables y al margen de convicciones ideológicas, deseaban acelerar la internacionalización de la economía --más en concreto, el comercio.
De hecho, un sector de la clase dirigente defendía la tesis de que el progreso (concepto este que entonces tenía un significado bien distinto del actual) aconsejaba superar los proteccionismos económicos, o ultranacionalistas, que eran defendidos por los partidos conservadores, los nacidos al calor de las brasas que dejó el Antiguo Régimen.
Fue inútil. Los conservadores constituían el sector de la clase dirigente más cohesionado y eran mayoría en los gobiernos de la época, de forma que impusieron sus criterios económicos y siguieron parcelando territorialmente la economía y las leyes que la regulan. Resultado: relegaron la idea de Europa. De modo que el afán de Kalergi y de quienes auspiciaban la cooperación trasnacional fue derrotado.
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Mapa político de Europa en 1920 tras la entrada en vigor
de todos los artículos del Tratado de Versalles,
que zanjó la Gran Guerra de 1914-1918
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1914-18: Guerra de origen
europeo y anti-europeísta
Las pugnas entre mercados cautivos y ámbitos de producción --todos ellos controlados por los financieros e industriales de cada país-- están en el origen de la primera gran guerra (1914-18). Dos décadas después, emponzoñadas las viejas y las nuevas contradicciones y tras el crack de Wall Street (1929), los poderes económicos y políticos pergeñaron o consintieron la más sanguinaria de las tentativas de suicidio colectivo que han germinado en Europa.
Paradójicamente, en 1930, mientras el europeísmo languidecía, una tan inoperante como prestigiosa entidad cultural de corte político que nunca llegó a funcionar como partido o alternativa de poder, la Unión Federal Europea (hija de la Unión Paneuropea de Kalergi), acuñó la expresión mercado común y, sin pretenderlo, dibujó las líneas maestras de la futura CEE.
Los textos de la Unión Federal Europea, cuyo funcionamiento cabe describir como el de un lobby intelectual, pueden ser divididos en dos grandes capítulos: los que contienen el análisis de la situación de preguerra que se vivía en Europa y, en segundo lugar, los que dibujan las propuestas o bases del consenso económico, político e institucional que permitirían construir una especie de confederación de Estados.
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Años veinte y treinta, el fin de los imperios modernos 
En lo referente al análisis del escenario, los europeístas de los años veinte y treinta del siglo pasado resaltaban que el Viejo Continente acusaba las consecuencias de la paulatina pérdida de las colonias y la descomposición, más o menos avanzada, de las economías de corte imperial o expansionista en Gran Bretaña, Bélgica, Francia, Alemania, Holanda, España, Austria-Hungría, Rusia, Italia...
Aquellos teóricos del europeísmo ya alertaban contra el auge de los ultranacionalismos económicos y etnicistas, aludiendo expresamente a los que florecían en Alemania e Italia, al tiempo que apuntaban los riesgos que comportaba el auge de los patriotismos belicistas de corte excluyente que ganaban adeptos en Austria, España, Francia, Gran Bretaña, Portugal y Rumania, sin olvidar el singular régimen patriótico que construía Yósif Stalin, que echó mano de criterios etnicistas para, al amparo de excusas económicas, organizar el aprovechamiento productivo de  las llanuras siberianas con la migración forzosa de millones de personas residentes en Ucrania, Crimea, los países bálticos y el Cáucaso.
Durante la década de 1930, los problemas se acumulaban en toda Europa y la Unión Federal Europea ya advirtió de que las economías territorialistas que imponían las clases dominantes deberían ser reordenadas y coordinadas para atemperar las crecientes tensiones entre Estados y, por la vía del consenso, superar diferencias y conjurar el peligro de guerra.
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Tres premisas,
tres premoniciones
En cuanto a las premisas políticas que eran necesarias para construir una Europa estable, los europeístas de la década de 1930 propugnaban, en primer término, fomentar el liberalismo (la tolerancia); segundo, consolidar y extender el imperio del Derecho (los sistemas parlamentarios) y, tercero, regular la inevitable internacionalización de la economía.
A la vista de lo que ocurrió después de la segunda guerra mundial, los análisis y las propuestas de la Unión Federal Europea fueron recogidos casi punto por punto por los padres de la CEE y, en gran medida, siguen siendo útiles para entender el origen y la esencia de los retos que afronta la actual Unión Europea.
Los Adenauer, Spaak, De Gasperi o los españoles Salvador de Madariaga, Ortega y Gasset y Fernando de los Ríos, entre muchos otros, son habitualmente calificados como los precursores del europeísmo. Pero esta consideración es inexacta en el tiempo pues el europeísmo viene de más lejos y, salvo que cambien sustancialmente las condiciones objetivas, todavía hoy son válidos muchos de los fundamentos del europeísmo que se desarrollaron a lo largo del siglo XIX y primeras décadas del XX.
La armonización de las reglas que rigen las economías territoriales y la equilibrada relación entre ellas; la estabilidad institucional; el correcto funcionamiento del aparato de la Justicia; la participación de los ciudadanos en las decisiones que afectan a la colectividad; la cohesión y el equilibrio interterritoriales, y la conveniencia de anteponer la razón a la convicción son algunos de los criterios que, al margen de enunciados formales, ya defendieron Comte, Garrido y Kalergi, que son tres de los cientos de pensadores y activistas que cabe englobar bajo el epígrafe de europeístas primitivos.
De momento, el fruto de esa prolongada ola es la actual Unión Europea (UE), que «es manifiestamente mejorable, cierto, pero que a todos nos conviene evitar que se rompa», tal como razonaba recientemente un texto de opinión publicado en el rotativo francés Le monde, que se complementaba con varios testimonios de personas que vivieron o padecieron las secuelas de la tragedia fratricida que asoló Europa durante los años treinta y cuarenta del siglo pasado.
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NOTA:
Este texto es la ponencia que aporté en septiembre de 2005 al curso que la Universidad Internacional Menéndez Pelayo organizó en el campus de Pontevedra.
Las ponencias están incluidas en el libro Europa, Europa (varios autores, coordinado por A. X. López Mira y C. Cancela Outeda, editado por Tórculo).
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ENLACES DE INTERÉS:
*  Tratados de Roma, firmados el 25 de marzo de 1957, constitutivos de la CEE;
**  "50 reason to love the European Union", texto publicado esta semana en el rotativo británico The independent, cuyo contenido es singular y didáctico, además de alto valor porque Gran Bretaña es el socio comunitario más euroescéptico; y
***  La Unión Europea en breve, en la web de la UE.


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