Satanizar, endiosar y creer es más cómodo y rentable que analizar, contextualizar y dudar

viernes, 17 de febrero de 2012

"Esta vez es distinto: Ocho siglos de necedad financiera"

Reproducción facsímile
del texto, publicado en Mercados,
suplemento de economía
de La voz de Galicia  
Y usted, ¿qué opina?, ¿cree que la actual crisis es distinta, o bien considera que sólo cambia el escenario pero que los actores y los hechos son similares a otros precedentes? 
Los autores de este libro, resumiendo, demuestran --o intentan demostrar-- que el proceso que desembocó en el estallido de las subprime en Estados Unidos, o el que finalizó con el reventón de la burbuja inmobiliaria en España fueron semejantes a los habidos en los alegres años veinte o en el Flandes del siglo XVII. Vamos, que el título del libro es un guiño con el que Rogoff y Reinhardt --con tacto y elegancia-- ironizan a propósito de las declaraciones de los expertos que incluso después de haber sido descubierto el engaño de las subprime norteamericanas insistían en que en esta ocasión todo es diferente...
Lo cierto es que las plusvalías carentes de base y las deudas se fueron acumulando en proporciones inusitadas y, para colmo, el despropósito se desarrollaba con el beneplácito de especialistas públicos y privados tan creíbles como Allan Greenspan, el sacralizado expresidente de la Reserva Federal (Fed) de EE UU. Esto tampoco era nuevo.
No obstante, en la crisis actual hay aspectos diferentes, pero a toro pasado. Los hechos previos al estallido --mejor dicho, a la cadena de estallidos; el último es el de las deudas soberanas-- ha sido un remake de excesos precedentes. Pero esta vez, afortunadamente, ha habido reacciones distintas, más rápidas; sobre todo en Estados Unidos.
La posibilidad de que las quiebras bancarias habidas en Norteamérica desembocaran en una larga depresión comparable a la iniciada en 1929 fue real durante el último trimestre del 2007 y el primero del 2008; sin embargo, a fecha de hoy es casi imposible --conviene subrayar el casi.
La Fed y el poder ejecutivo (la Casa Blanca) fueron ciegos o cerraron los ojos durante años; pero reaccionaron a tiempo, apoyaron sin titubeos a las entidades financieras, aseguradoras incluidas, y conjuraron el peligro. Es decir, lo único que ha sido realmente diferente es la reacción, no los vicios en los que han incurrido ni los hechos previos, pues ocurrió lo de siempre: la élite financiera quiso ganar más dinero del que es racionalmente posible --o acumular pagarés en cualquiera de sus múltiples versiones posmodernas.
Cuando coinciden riesgo desmedido y deuda impagable, el resultado sólo puede ser catastrófico.
Es imposible identificar a los responsables de que los activos financieros globales llegaran a superar los 200 billones de dólares y que solo el 25% de ellos estuvieran respaldados con capital.
Hay preguntas obvias: ¿ningún directivo ni experto financiero se dio cuenta?, ¿ningún gobierno se preguntó por las posibles consecuencias de tamaña desmesura?, ¿quiénes fueron los responsables de esa locura global?, ¿quiénes permitieron inflar burbujas como la inmobiliaria que agravó la crisis internacional en países como España?, por citar solo un país, pues hay una treintena de ejemplos.
Entonces, ¿por qué es imposible identificar a los culpables? Porque fueron miles de cómplices por ignorancia o por irresponsabilidad, pues a los altos directivos de las finanzas habría que sumar a quienes asumieron hipotecas y créditos a sabiendas de que jugaban a la ruleta.
Reinhardt y Rogoff demuestran, además, que la economía de numerosos países, así como la global, ha vivido situaciones similares.
Y usted, lea el libro --si le interesa el asunto-- y luego pregúntese otra vez qué hay de nuevo en la enésima historia de codicias grandes y pequeñas.

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