27 febrero 2012

Angola, pobres con inmensas riquezas

A tenor de sus riquezas naturales, Angola es uno de los países mejor provistos por la naturaleza para que su población viva con holgura económica.
Sin embargo, los angoleños todavía sufren las secuelas de más de un cuarto de siglo de guerra, primero contra la metrópoli, Portugal, y luego entre las dos angolas, una liderada por el Movimiento Popular de Liberación (MPLA), de corte colectivista o socializante, y la otra capitaneada por la Unión Nacional para la Independencia Total (Unita), vinculada a intereses corporativos y a multinacionales de Occidente.
[En principio, Unita se autodefinía como marxista de tendencia maoísta. Su líder, Jonas Savimbi vivió y se formó políticamente en Pekín. Sin embargo, tras el triunfo del MPLA, el maoísta Savimbi dio un giro de 180 grados y se alineó con EE UU y la Sudáfrica del apartheid, que optaron por abandonar a su suerte al derechista  FNLA y apoyaron a Unita para debilitar al MPLA, que disfrutó del respaldo logístico y financiero del bloque soviético e incluso contó con la colaboración de una fuerza expedicionaria cubana]
Esa pugna, durante la que gran parte de los minerales extraídos eran malvendidos a cambio de armas y apoyos político-militares, explica en buena medida que la economía cotidiana de los angoleños todavía esté lejos de ser la que corresponde a las potencialidades del país, pues los ingresos reales por habitante siguen en la mitad inferior de la clasificación mundial.
La agricultura y la pesca de subsistencia constituyen el principal ingreso para el 40 %, aproximadamente, de las familias y las rentas del petróleo, que aporta la mitad del producto interior bruto (PIB), tienen escasos efectos sociales.
Los sucesivos acuerdos de paz entre el MPLA y Unita, unos más solemnes y «definitivos» que otros —el primero fue pactado en 1994— fueron total o parcialmente conculcados y aunque ahora el grado de pacificación es elevado, el Estado sigue sin controlar vastos territorios. No obstante, hoy ese vacío se debe más a la carencia de medios que a la actividad de la insurgencia, que es residual, de escasa relevancia política y está ligada a actividades delictivas o al pillaje.
[El líder de Unita, Jonas Savimbi, fue abatido en una acción del ejército regular en febrero de 2002; a partir de ese momento, la organización se fue deshilachando y la mayoría de sus cuadros se fueron incorporando a la vida civil, renunciando a la lucha armada]    
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Reproducción facsímile del texto, publicado
en Mercados, suplemento de La voz Galicia
Inseguridad jurídica
Los agentes económicos operan en un escenario escasamente regulado en el que es fácil —a veces incluso es inevitable— actuar de forma irregular o prescindiendo de la legalidad.
Es más, hay operaciones, sobre todo cuando hay empresas extranjeras de por medio, en las que la ley es reinterpretada para hacer posible una concesión, una importación, o la venta al exterior de determinados productos por parte de determinadas empresas.
Sin embargo, desde un punto de vista económico el gran problema de Angola, aparte de la inseguridad jurídica y de la economía negra, es su dependencia de las importaciones en materia alimentaria.
A pesar de esas rémoras, que van corrigiéndose aunque a ritmo desesperante para los ciudadanos comunes, también para los empresarios e inversores, Angola registró durante los veinte años del período 1991-2010 la segunda tasa media de crecimiento interanual del PIB más elevada del continente —siempre de dos cifras y solo superada por Sudáfrica.
En el 2006 el aumento batió marcas, con un alza del PIB del 26 %, más que el ejercicio anterior, durante el que había subido el 18 %.
En el 2009, último ejercicio del que hay datos fiables, la producción de petróleo fue de casi 1.600.000 barriles y las previsiones de los organismos internacionales (OPEP y AIE) es que las extracciones sigan al alza hasta alcanzar en el 2020 los 2 millones, aproximadamente.
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Cabinda
En ese aspecto y por tanto en la economía angoleña en general, juega un papel fundamental el enclave de Cabinda, territorio singular y que está separado del resto del país por una franja de 60 kilómetros de ancho que es de soberanía congoleña.
Esa externalidad, unida al hecho de que los cabindeños vieron frustrada la independencia que les prometió Lisboa —que optó por contentar al entonces cubanizado MPLA—, genera periódicos enfrentamientos.
De hecho, en Cabinda existe un movimiento insurgente que ocasionalmente protagoniza acciones armadas. El alcance de ese conflicto es de orden mayor, pues Cabinda aporta la mitad del crudo que produce y exporta Angola.
El poder económico y por tanto político del petróleo es mayúsculo y lo ha monopolizado Sonagal Group, consorcio estatal que aplica criterios monopolistas —al igual que la antigua Campsa en España—-; esa política y discrecionalidad económicas no solo se aplican en las extracciones y en las exportaciones, sino también en el ámbito de la distribución y comercialización de carburantes en el interior del país.
El intervencionismo, pese a que se ha atenuado durante el último decenio, no solo condiciona el sector petrolero, sino también la mayoría de actividades. No obstante, el afán controlador del Estado ha reportado beneficios; por ejemplo, erradicar casi totalmente el hambre y mejorar de forma exponencial los servicios de salud y enseñanza públicas, si bien en amplias zonas del interior del país el tiempo parece haberse detenido.
Aunque con menor impacto que la insuficiente producción de alimentos, el segundo gran problema económico de Angola es el mismo que el de la mayoría de Estados, sean africanos o europeos: la corrupción, si bien en países como Angola es singularmente dañina porque además de desaparecer dinero líquido y castigar la recaudación fiscal, también volatiliza bienes e instalaciones y arruina servicios básicos .
Pese a todos los problemas y a la corrupción, el extranjero que arriba a la capital, Luanda (4,8 millones de habitantes), tiene la sensación de recalar en un país y en una ciudad pujantes, dinámicos y con futuro; pero si el visitante va por barrios y máxime si pasea por el extrarradio, percibe fácilmente que las carencias son muchas e indisimulables, agravándose a medida que se aleja del centro de la urbe.
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Onerosa lentitud
La pobreza que existe en Angola es menos intensa que las que acusan varias regiones y países de África, como son los casos de Somalia, Sudán del Sur, zonas de Níger o de Kenia. El hambre angoleña, que la hay, se debe a fenómenos de ámbito local y siempre escasamente extendidos, pero hay bolsas de población subalimentada.
En todo caso, aplicando criterios y parámetros de Naciones Unidas, 4 de cada 10 familias acusan graves carencias, —prácticamente todas ellas residentes en zonas no urbanas—, otras 3 viven al día y solo 2 de cada 10 formarían parte de una clase media que por ser tan reducida resulta chocante otorgarle esa calidad. En este punto es obligado dejar constancia que ese 20 % de angoleños aumenta año tras año y, aunque todavía de forma incipiente, constituye el armazón social que da estabilidad política y proyección económica al país.
El 10 % restante de la población angoleña cabría englobarla en una especie de clase privilegiada, influyente o con poder; si bien está muy estratificada y existe una notable brecha entre la cúspide y, por ejemplo, los comerciantes de éxito o los oficiales y jefes de las fuerzas armadas. En resumen, Angola es la suma de un colectivo humano, una organización social y un Estado en fase de construcción, para lo que cuentan con inmensas riquezas naturales, pero que avanza con empobrecedora lentitud.

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